El monedero del diablo (Bermejo y Roncero 7) Una noche de insomnio #3
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Una noche de insomnio #3

El Turco salió del coche solo y se adentró en el establecimiento. Bermejo supuso que el policía corrupto pretendía reunirse con alguien a esas horas, en un lugar alejado de la mano de Dios. Y enseguida pudo comprobar que había acertado de pleno en su vaticinio.

Pocos minutos después llegó otro todoterreno y aparcó al lado del Range Rover.

Todavía con la penumbra previa al alba, Bermejo creyó ver a dos tipos de porte militar entrando también a la venta.

No podía distinguirlos bien desde la distancia, sin prismáticos ni una luz en condiciones, pero aquellos individuos le dieron mala espina.

Bermejo supo que el tiempo de observar se estaba acabando, pero decidió darles unos minutos más de margen.

Poco después, salieron los dos recién llegados del establecimiento y se quedaron parados junto a su coche, hablando entre ellos en voz baja.

Bermejo consiguió distinguir un fulgor en la distancia, el brillo de lo que podía ser una tablet o un móvil grande, un aparato electrónico en el que se estaban fijando con detalle.

Los dos hombres se montaron en su coche justo cuando el Turco salía de nuevo al exterior.

Les hizo un gesto de despedida con la cabeza antes de montarse en el Range Rover, justo cuando el otro coche arrancaba y reanudaba la marcha, internándose por la pista que subía hacia lo más profundo de la Sierra de las Nieves.

Bermejo se quedó a oscuras todavía unos instantes, valorando sus opciones, con el corazón martilleando contra las costillas con un ritmo en allegro .

No sabía a quién buscaban esos tipos, pero decididamente iban a por alguien.

Bermejo ignoraba su relación con el Turco o la supuesta Red del Estrecho, pero esos hombres tenían una misión que cumplir, se veía a la legua la determinación en sus gestos.

Y su instinto, forjado en mil guardias en los bajos fondos de Madrid, le gritaba que esos dos tipos no eran transportistas de la red de Guadarranque ni simples recaderos.

Sabía que no le quedaba otra salida, sobre todo cuando vio que el Turco también se ponía en marcha, pero en este caso de regreso a Marbella, o al menos en esa dirección.

Bermejo miró el teléfono con el dedo suspendido sobre el contacto de Pablo Roncero sin decidirse a pulsarlo.

Le había prometido a Miriam darle tiempo, pero necesitaba ayuda.

Y le daba en la nariz que aquellos tipos podrían interesarle a su amigo de la Guardia Civil.

«Perdóname, muchacha», pensó al saber que tendría que contarle a Pablo detalles que no le agradarían. Pero tal vez sería mejor que la chica se enfadara con él a tener que flagelarse después por no haber podido evitar una desgracia. Pulsó la tecla de llamada; ya no había vuelta atrás.

Al otro lado del teléfono, la voz de Pablo sonó pastosa, arrastrada por el sueño interrumpido. Pero el oficial de la UCO se puso enseguida alerta en cuanto reconoció al interlocutor.

—Bermejo, ¿qué pasa? Son las cinco y media…

—Pablo, escucha un momento. Estoy en la carretera de Ojén, subiendo hacia la sierra, a no demasiados kilómetros de Marbella —Bermejo hablaba bajo, como si pudieran oírle a kilómetros—.

Ya te lo explicaré con calma, fíate de mí ahora.

He estado siguiendo a un tipo peligroso al que llaman el Turco, un expolicía corrupto que ahora trabaja para algún tipo de mafia.

Y se ha reunido con dos mercenarios en una venta cerca ya de Ojén, creo que les ha marcado un objetivo, ya sabes.

De esos que hay que eliminar de la ecuación al precio que sea.

—No entiendo nada, la verdad, ¿de qué me está hablando? No son horas para estar persiguiendo a criminales por carreteras de montaña, Bermejo, no tiene jurisdicción ni cobertura de ningún tipo —dijo Roncero en un tono en el que comenzaba a asomar la voz de mando.

—De verdad, no tenemos tiempo, creo que todo está relacionado.

No te pongas como las cabras, que nos conocemos, pero debes saber que todo ha comenzado por una investigación de Miriam.

La chica está bien, te lo prometo. Lo que ignoras es el tipo de reportaje que está preparando.

Y siento ser yo quien te lo cuente, ella me prometió hablar contigo en cuanto despertara, pero esto es urgente.

—¿Cómo que Miriam? Ahora sí que no entiendo nada, anoche hablé con ella y no me comentó nada de…

Bermejo le explicó en pocas palabras a su amigo lo que había sucedido en las últimas horas, ocultando algunos detalles sobre el peligro que había sobrevolado la cabeza de Miriam.

Incluyó aspectos de la conversación con Palacios, sobre todo las posibles relaciones entre los delitos que se estaban cometiendo en los últimos días en esa parte de Andalucía.

—¡La madre que me…! Joder, siempre igual con Miriam. Esta vez me va a oír de verdad, esto pasa ya de castaño oscuro.

—No hay tiempo para el informe completo, centrémonos.

Miriam se encuentra bien, está ahora mismo a salvo en Sotogrande, o eso me aseguró al menos.

Por otra parte, ya se están encargando de averiguar desde Algeciras y Málaga qué demonios hace una base logística en Guadarranque con un sumergible, seguro que os informan en cuanto esté todo más claro.

Pero lo que de verdad nos importa ahora es que el jefe de esa movida acaba de reunirse con dos sicarios en una venta y estos suben hacia la sierra con algún tipo de localizador. No sé si te cuadra…

—Pues ahora mismo yo no… —respondió Roncero confuso.

—Esos tipos son profesionales, te lo digo yo.

Van armados y llevan mucha prisa, y me he acordado también del asesinato del juez en Mijas.

No sé a quién buscan, pero si tenéis a alguien importante escondido por esta zona, creo que van a por él.

Me han parecido sicarios extranjeros, Pablo, no sé si me explico.

Hubo un silencio largo en la línea. Quizá Roncero estaba procesando todavía la información sobre Miriam, aunque sabía que el guardia civil priorizaría en ese momento su labor como policía judicial. Y allí parecía a punto de cometerse un crimen, por lo que no podían perder más el tiempo.

—No sé si tiene algo que ver, pero Andrade me comentó que se cruzó con dos tipos extraños en el tiroteo de los muelles de Puerto Banús. Y si sumamos dos y dos, puede que los sicarios estén buscando a la misma persona que nosotros: al secretario judicial huido con las criptomonedas.

—¡Claro, eso es! Tenéis que daros prisa, Pablo.

Yo voy a ir en busca del Turco. No sé si regresa a su cubil, pero voy a asegurarme.

Los sicarios van monte arriba y no me apetece meterme en una ratonera con este coche, creo que me quedaría tirado ahí arriba.

Aparte de que no quiero enfrentarme a ellos en medio de un peligroso barranco, eso os lo dejo a los jóvenes.

—Ni se le ocurra moverse de ahí, inspector, ya nos encargaremos nosotros.

Páseme la ubicación por mensaje ahora mismo y yo avisaré a mi equipo.

Tengo que coordinar todo el operativo y también hablar con Miriam, no quiero más sustos.

Y no vaya a cometer ninguna estupidez, que ya somos todos mayorcitos. ¿Me escucha? ¡Bermejo!

Pero el antiguo inspector de la UDEV ya había colgado, no quería perder a su presa.

A Bermejo le gustaban más los hechos que las palabras, sobre todo si eran pronunciadas en forma de órdenes que no le apetecía cumplir.

Guardó el teléfono, metió primera y, sin encender las luces, comenzó a descender de nuevo la pendiente, camino de Marbella.

Más arriba podía distinguir en lontananza el rastro de polvo que los supuestos asesinos habían dejado suspendido en el aire frío de la madrugada.

Todas las piezas de ajedrez estaban en movimiento, buscando su lugar en el tablero de juego. Ahora quedaba averiguar si las blancas ganarían la partida o tendrían que inclinar la cabeza de su rey ante el poderío de los trebejos negros.