Una noche de insomnio #2
—¡Coño, claro! —exclamó Palacios—. Ni me acordaba de Calderón, que le han nombrado hace poco comisario jefe en Algeciras.
Yo me encargo, no te preocupes, creo que guardo todavía por ahí su teléfono.
O me busco la vida, pero esto tiene que saberlo.
Como si hay que hablar con los picoletos, cuantos más seamos mejor.
Me da a mí en la nariz que esta organización es poderosa y cuenta con buena financiación para disponer de medios tan sofisticados.
—Tampoco conozco todos los detalles, pero la periodista los ha bautizado como la Red del Estrecho. Al parecer, es una organización internacional, con tentáculos en muchos sitios y músculo financiero, tal vez organizado desde Dubái.
—Eso es interesante, Paco, gracias por el apunte.
Les diré a los míos que se pongan las pilas, hemos detectado en los últimos meses algunos movimientos extraños, de tipo financiero me refiero, desde cuentas españolas a otras radicadas en Oriente Medio.
Y algunas transacciones en criptomonedas bastante sospechosas apuntaban en esa dirección.
Sin olvidarnos del dichoso contable holandés al que pillamos con los veinticinco millones en activos digitales, supuestamente para blanquear las actividades ilícitas de sus jefes, unos que dice desconocer porque solo contactaban con él a través de plataformas online.
O eso es lo que ha dicho el pollo en los interrogatorios.
—Hombre, pues demasiada casualidad me parece a mí, ¿no?
Criptomonedas por todos lados, redes mafiosas desconocidas, asesinatos y otros crímenes que parecen relacionados en la Costa del Sol.
Y ahora, una nave repleta de hombres armados con un misterioso submarino en barbecho, listo para zarpar, a no demasiada distancia de Málaga, aunque sea en pleno Campo de Gibraltar.
Yo creo que merece la pena investigar y poner más medios, esto tienen que saberlo los de arriba. ¿Quieres que hable con Mardones?
—Joder, ¿no creerás que…? Maldita sea, puede que tengas razón.
Quizá el dichoso submarino sea la pieza que nos falte para aclarar todo este entramado criminal.
Si es que al final está todo relacionado, claro.
Buff, tengo que hacer muchas llamadas. No sé si esperar a mañana por la mañana o despertar a algunos picatostes, pero esto tiene que ser prioridad.
Ah, y no, de momento no molestemos al todopoderoso secretario de Estado.
—Eso como tú veas, yo no me meto. Ya os he puesto sobre aviso, esto puede ser mucho más grande de lo que creemos. De momento me quedaré por aquí vigilando al pájaro, ya te avisaré si hay alguna novedad. Estoy en una zona residencial de La Alcaidesa, imagino que la conoces.
—¿Quieres que hable con Jefatura para que te envíen una patrulla al menos? Si no es nuestra, que vayan los de Algeciras. Total, si tengo que hablar con Calderón me da igual llamarle ahora que más tarde. No puedes quedarte ahí solo, expuesto, ni enfrentarte a una gente armada hasta los dientes.
—Tranquilo, tendré cuidado. He vivido mucho, pero tampoco tengo ganas de exponerme de más y que me vuelen la cabeza por idiota. Estaré atento a cualquier movimiento sospechoso, pero no intervendré sin apoyo, ya he escarmentado. Lo prometo, palabrita del niño Jesús.
Se despidieron en buenos términos, prometiendo mantenerse en contacto.
Bermejo no sabía bien lo que ocurriría en las próximas horas, pero tampoco tenía por qué contarle todo lo que hiciera a Palacios.
Para empezar, ni siquiera le dio la ubicación exacta de Miriam, por si podían enviarle algún tipo de protección, porque tampoco se terminaba de fiar de nadie.
No es que pensara que Palacios fuera a venderle de alguna manera, pero no conocía a todos sus hombres y al final, era mejor que los detalles importantes los conocieran solo unas pocas personas.
No sería la primera vez que se encontrara con oficiales corruptos en el seno mismo de la policía, por lo que se andaría con ojo.
Y viendo lo ocurrido en los juzgados de Marbella, nadie estaba a salvo.
No podrían descartar que esa nueva organización criminal, con ramificaciones poderosas, pudiera tener algún tipo de infiltrado, ya fuera en los juzgados, en la policía o en la misma Guardia Civil.
El dinero lo corrompe todo y siempre hay gente dispuesta a venderse al mejor postor.
Había aparcado en una calle lateral, a la sombra de unas adelfas que empezaban a soltar su aroma nocturno.
Se preparó para una vigilancia complicada, de esas largas y silenciosas a las que ya no estaba acostumbrado después de dejar la policía.
Tampoco podía salir a estirar las piernas, ni iba preparado para la ocasión.
Nada de comida a bordo ni un termo de café, que siempre venía bien para tales ocasiones.
Al filo de la medianoche, recibió un mensaje de Miriam con las fotos del sumergible, la confirmación del horror logístico que escondía esa nave y una panorámica de los hombres que allí trabajaban, ya fuera cargando equipamiento, arreglando el submarino o custodiando el perímetro.
Eso sería oro para Palacios, así que se lo reenvió para que utilizara esas imágenes como necesitara.
—Buen trabajo, Miriam —le respondió—. Ahora a descansar, mañana será otro día.
Palacios se lo agradeció también a su manera, con un emoticono del que no sabía muy bien su significado. Él ya había hecho su trabajo, ahora que los demás hicieran el suyo.
Bermejo se acomodó en el asiento del Peugeot, tratando de encontrar una postura que no le castigara más la espalda.
La noche en La Alcaidesa se volvió gélida, con una humedad que calaba los huesos.
Pasó las horas entre la duermevela y el escrutinio del portón del chalet, con el móvil de Miriam en la cabeza: un sumergible, cajas con QR, una red logística clandestina y a saber qué más detalles.
Demasiado para una sola jornada de trabajo.
Dormitó a ráfagas, con el asiento reclinado y el oído puesto en el rugido de cualquier motor, en un estado de nervios poco favorecedor.
Hasta que la espera dio sus frutos a las cinco y diez de la madrugada, cuando el rocío comenzaba a empañar el parabrisas.
Fue el momento exacto en el que el Range Rover apareció de nuevo en la palestra.
Sus luces de xenón cortaron la bruma matinal y el Turco salió del garaje con una determinación diferente que Bermejo reconoció al instante, la de la urgencia por resolver un problema.
El rugido del potente motor le despabiló a él y a media urbanización a esas horas tan intempestivas.
Debía seguirle a distancia sin que se diera cuenta, por lo que con el silencio de la madrugada decidió arrancar unos segundos después, tomando el mismo rumbo sin encender las luces del coche, por si el Turco se mosqueaba al divisar faros detrás de él en plena noche.
—Ya vas tarde, Manuel —susurró, metiendo primera.
El seguimiento fue tenso en el interior de La Alcaidesa.
El Turco no escatimaba en velocidad; ahora ya no brujuleaba sin sentido por los polígonos de Guadarranque y parecía tener muy claro su destino.
Con las luces apagadas de su Peugeot, por lo menos hasta que salieran a carretera general dejando atrás aquella zona residencial, Bermejo solo podía guiarse por los destellos rojos del Range Rover frenando en la distancia, por lo que tenía que jugársela en cada giro.
Menos mal que salieron pronto al tramo sin peaje de la A-7, donde podría camuflarse mejor con su utilitario y efectuar el seguimiento con más calma, aunque el tráfico no fuera demasiado denso antes del amanecer.
Sobrepasaron pronto Sotogrande, lo que le hizo pensar indefectiblemente en Miriam.
Se encontraba a muy poca distancia de esos tipos y aunque en principio el Turco no tenía por qué conocer su paradero, Bermejo no estaba del todo tranquilo.
En cuanto acabara con el seguimiento y tuviera más claros los siguientes movimientos, insistiría para que la escritora abandonara ese lugar en busca de un refugio más seguro.
Y si ello era posible, a seiscientos kilómetros de distancia de la costa andaluza.
Después dejaron atrás Manilva y Estepona, ya en la AP-7, acercándose a Marbella a buena velocidad. Cuando Bermejo pensó que su presa se adentraría en la ciudad, cogió el desvío para la A-355, en dirección a Ojén y Coín.
—¿Dónde narices me llevas? —soltó Bermejo en voz alta.
La senda comenzó a empinarse y a complicarse kilómetro a kilómetro.
Cuando el Turco se desvió por la carretera que trepaba hacia el puerto de Ojén, Bermejo supo que se avecinaban problemas.
En aquel entorno no podía camuflarse como en la autovía, por lo que tendría que volver a jugársela.
Todavía quedaba para que saliera el sol a esas alturas de diciembre, y solo contaba con un leve reflejo de la luna como iluminación. Era hora de arriesgarse de nuevo.
Cuando por fin alcanzaron una zona de curvas cerradas y visibilidad casi nula, Bermejo blasfemó de forma vehemente.
No conocía la carretera, más peligrosa de lo que se hubiera imaginado, y no podía pegarse a su presa.
Así que apagó de nuevo las luces del vehículo y se guio por los destellos rojos del Range Rover en la distancia, rezando para no salirse de la trazada o chocar con alguna roca suelta.
Finalmente, el todoterreno frenó en el parking de una venta que ya estaba abierta a esas horas de la mañana, en un día festivo que tal vez recibiera muchas visitas a partir del mediodía.
Un establecimiento hostelero ubicado en un edificio de piedra que parecía un fantasma bajo la luna menguante.
Cuando vio que el Turco se apeaba de su vehículo, Bermejo apagó también el motor y dejó que el coche rodara por la inercia hasta quedar oculto tras un murete de piedra.