El monedero del diablo (Bermejo y Roncero 7) Una noche de insomnio
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Una noche de insomnio

—¡Por el amor hermoso, Miriam! —exclamó Bermejo—. ¿Estás bien? Me has dado un susto de muerte, no sabes de la que te has librado.

—Lo siento mucho, inspector, no me había dado cuenta de los intentos por localizarme desde esta tarde. Tenía el móvil en silencio y yo…

—Déjalo, chica, no cuela… Fue Kiko el que me avisó, preocupado por ti, de la jaula de tiburones en la que te estabas metiendo. No llegué a tiempo, pero en cuanto te vi salir a escape de Guadarranque, con el Turco pisándote los talones, temí que te cazara en la autovía.

—¿Cómo que el Turco? —inquirió Miriam con miedo en su voz.

Bermejo le explicó con detalle lo que había sucedido a lo largo de una tarde tremendamente complicada. Ella pareció negarlo todo en un principio, pero comprendió al final que Bermejo estaba de su parte y solo pretendía cuidar de ella, por lo que tuvo que dar su brazo a torcer y confesar la verdad.

—Creo que has dado con un asunto peligroso, Miriam, a mí no me engañas.

Esos tipos ocultan algo gordo en Guadarranque y pensé que iban a ir a por ti con todo.

Al final se desviaron y estoy aquí, atento a sus movimientos, pero me tienes que contar lo que ha pasado en aquella nave industrial.

Con pelos y señales, no omitas ningún detalle.

—De eso debería encargarse la policía o la Guardia Civil, ¿no? Creo que un asesor ministerial no tiene jurisdicción para vigilar, perseguir o detener a criminales, ¿me equivoco?

—No te lo tendré en cuenta, Miriam; sé que son los nervios los que te hacen contraatacar por pura defensa, pero yo no soy tu enemigo.

Y me parece a mí que no te haría ninguna gracia si yo llamara ahora mismo a cierto capitán de la UCO para contarle lo que está pasando, ¿verdad?

Así que déjate de monsergas y no eches más balones fuera. Soy todo oídos, desembucha de una vez.

Entonces Miriam pareció derrumbarse, al menos dejó escapar unos suspiros que Bermejo pudo escuchar a través del altavoz de su teléfono. Intentó calmarla porque la escritora comenzó a hablar de forma atropellada y no se enteraba de nada.

—Tranquila, explícamelo todo desde el principio.

La joven obedeció tras soltar un par de hipidos y atemperar sus nervios, y le contó todo lo que sabía.

Desde el comienzo de sus investigaciones en Madrid, el blanqueo de capitales, las sociedades pantalla, el tráfico de mercancías a través del Mediterráneo y otras zarandajas que no le permitían llegar al quid de la cuestión.

—Kiko me puso en la senda de la Red del Estrecho, como yo la llamo, aunque sigo sin saber muy bien cómo funciona su infraestructura.

Quizá pequé de optimista presentándome yo sola allí, a la aventura, pero es que no lo puedo evitar.

Y entonces me encontré con algo que no esperaba en aquella nave de Guadarranque.

—¡Al grano, por favor! —gritó Bermejo, nervioso—. Perdona, no quería alterarte, es que no soy muy amigo de circunloquios. ¿Qué viste allí, por el amor de Dios?

Miriam le detalló entonces todo lo que había descubierto.

La brutal estructura logística de una nave con más seguridad de la habitual.

El tipo de gente que trabajaba allí, entre sudorosos operarios en traje de faena, sicarios armados a modo de guardaespaldas, el contable del traje de lino o la llegada del que parecía el jefe de aquella tropa, el famoso Turco a bordo de su Range Rover de malvado de Marvel.

Y, sobre todo, la joya de la corona, el misterioso sumergible que intentaban poner a punto para lanzar de nuevo al agua, con una misión secreta que no podían dilucidar a esas alturas.

—Vaya, eso sí que no me lo esperaba. No sé muy bien lo que significa, pero llamaré a mis contactos en la policía de Málaga para que se pongan las pilas, aunque no tengan jurisdicción sobre el Campo de Gibraltar.

Seguro que Palacios tiene ganas de apuntarse un tanto con sus jefes, dejaré que ellos se encarguen de este tema. ¿Dónde te encuentras ahora, Miriam?

Miriam no tenía por qué saber quién era Nacho Palacios, pero eso no importaba ahora. Lo único que le preocupaba era que la chica se encontrara a salvo.

—Estoy en un apartamento en Sotogrande, espero que nadie sepa dónde me encuentro. Es una urbanización cerrada, con seguridad, pero al estar fuera de temporada no hay muchos inquilinos por la zona.

—Ciérrate con llave por dentro, baja las persianas y corre las cortinas, por si acaso.

No te asomes a las ventanas ni salgas a la calle, al menos hasta que sepamos mejor a qué atenernos.

Pasa la noche ahí y, en cuanto amanezca, coge el coche y regresa a Madrid.

Y no es por meterme en tu vida, pero deberías ser tú la que hable primero con Pablo.

—No puedo irme ahora de aquí, inspector, estoy muy cerca de encontrar la pieza que me falta del rompecabezas. A Pablo le encantaría también que yo regresara a Madrid, pero no ha llegado todavía el momento. Y si esta gente tiene que ver con lo que está sucediendo en Marbella, quizá yo debería…

—¡Alto ahí, muchacha! —exclamó Bermejo, cabreado—.

Una cosa es que yo intente protegerte y haga la vista gorda en algún momento, pero no puedes tomarnos a todos por el pito del sereno.

Sabes que lo hacemos por tu bien, por tu integridad, pero tampoco puedes inmiscuirte en investigaciones en curso.

Yo que tú no me acercaría por Marbella. Primero, por tu seguridad.

Y segundo, por el bien de todos nosotros.

Ya conoces a Pablo; no querrás que se desespere, se preocupe por ti y deje de lado su trabajo o cometa cualquier equivocación que luego acabemos pagando todos.

Tú ya me entiendes, así que mejor regresa a casa.

No sé si he sido lo suficientemente claro…

Bermejo sabía que no podía oponerse legalmente a los movimientos de Miriam, pero esperaba que la joven tuviera en cuenta su opinión, sus años de experiencia y el cariño que los profesaba tanto a ella como a Roncero.

No le apetecía tener que organizar otra vez ningún tipo de operación de rescate, ni rememorar escenas del pasado que le ponían los pelos de punta solo con evocarlas durante un instante.

Miriam era cabezota y le gustaba salirse con la suya, pero al expolicía no le dolerían prendas si tenía que tomar algún tipo de medida más drástica para salvaguardar la integridad de la periodista.

Y, sobre todo, para que no metiera sus narices de investigadora sin placa donde no la llamaban, una afición demasiado peligrosa a su entender.

—Hablaré con Pablo, lo prometo. E intentaré volver a Madrid y terminar desde allí mi reportaje. Pero si tengo que regresar aquí para seguir cualquier pista o rematar los flecos que me falten, no lo dudaré ni un instante. Como si tengo que ir a Dubái a buscar el origen de toda esta organización.

—¡Ni se te ocurra! —soltó Bermejo, asustado ante las posibles implicaciones—. Solo nos faltaba organizar un conflicto diplomático. Mejor te quedas en Madrid. Y aquí paz, y después gloria.

—Vale, prometo portarme bien, al menos de momento. Mañana llamaré a Pablo, no quiero importunarle más a estas horas. Todos tenemos que descansar, aunque me parece a mí que alguien se quedará esta noche en vela.

—Gajes del oficio, no te preocupes. Yo duermo poco, así que tampoco será para tanto. Y me quedo más tranquilo si me haces caso, aunque sé que las palabras se las lleva el viento.

—Buenas noches, inspector. Gracias de nuevo por cuidar de mí y perdón por las molestias. Buen servicio…

—Cuídate, Miriam. Y mantenme informado de cualquier novedad, haz el favor.

Bermejo colgó el teléfono con una sensación agridulce. Se habían librado de una situación potencialmente peligrosa, pero no se creía ni por un segundo que Miriam fuera a quedarse quietecita. Le daría un voto de confianza, pero tendría que hablar con Roncero en cuanto tuviera la menor oportunidad.

Tampoco podía descuidarse ni un segundo con lo que se traía entre manos, debía efectuar otra llamada importante antes de acomodarse en su vehículo para continuar con la vigilancia sobre el Turco.

No eran horas de molestar a nadie, por lo que, aunque Bermejo fuera de la vieja escuela, envió primero un mensaje a Palacios para ver si podían hablar, asegurándole que era importante.

Fue el mismo Nacho Palacios el que le llamó a él, sin tan siquiera contestar a su mensaje.

—Ya sé que a las personas mayores os cuesta conciliar el sueño, pero algunos tenemos que madrugar —comenzó diciendo Palacios en un tono mordaz.

No se lo tendría en cuenta, al menos su interlocutor pretendía quitarle hierro al asunto intentando bromear, algo que no se le daba demasiado bien—. ¿Qué tripa se te ha roto a estas horas?

—Esto es serio, Palacios. Escucha con atención, a ver si puedes hacer algo…

Bermejo le contó la situación, omitiendo algunos detalles importantes, como la relación entre la amiga periodista a la que supuestamente había sacado de un apuro, y el capitán de la Guardia Civil que se encontraba ahora en Marbella investigando unos casos complicados.

Total, tampoco era de su incumbencia ni le afectaba a la hora de tomar decisiones.

—Hombre, sabes que eso escapa de mis competencias, pero lo escalaré desde aquí. Por lo que dices, esa gentuza tiene montada toda una operación clandestina en Guadarranque. Y no creo que el submarino sea para ir a buscar pulpos ni los hombres armados estén allí de adorno.

—Gracias, Nacho, te debo una. No sé si te acuerdas de Juan Carlos Calderón, un viejo conocido de las trincheras, estaba por Madrid en nuestra época… Igual si hablamos con él podemos acelerar las cosas, ¿no crees?