El monedero del diablo (Bermejo y Roncero 7) Los cimientos de barro #4
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Los cimientos de barro #4

—Eso no es cosa tuya, ya me preocuparé yo de mi cuello llegado el momento —respondió el Turco, sosteniéndole la mirada—. Cumplid con el objetivo y traédmelo enseguida. Eso o no volváis a poner un pie en Málaga en vuestra puta vida, estáis avisados…

Vio cómo los sicarios se alejaban hacia el Defender oscuro aparcado fuera.

El Turco se quedó un momento más en la mesa, observando el punto rojo en la pantalla, que pronto sería interceptado por dos cazadores siniestros.

Sabía que la Sierra de las Nieves se podía convertir en un laberinto de caliza y pinsapos donde era fácil perderse, pero Alarcón estaba a punto de cometer su peor error como aficionado.

Si confiaba en que la soledad milenaria de las montañas le protegería de sus perseguidores, iba a comprender pronto que se había equivocado de manera lamentable.

Pura ley de Darwin, solo sobrevivían los más fuertes y preparados.

Aranda se montó en su coche, a salvo de oídos indiscretos, sin saber que alguien conocido le vigilaba desde una corta distancia.

Sacó su segundo teléfono, el que tenía el canal encriptado, y se preparó para la siguiente parte del juego, una que le obligó a tragar saliva antes de continuar, buscando su mejor presencia de ánimo.

Tenía que informar a sus superiores, pero debía hacerlo con la precisión de un informe de inteligencia.

Primero contactaría con el maldito contable y luego, si de verdad hacía falta, con el jefe supremo.

Ese era el que de verdad le causaba auténtico pavor, y eso que no solía asustarse ante nadie.

Con el hombre de Dubái, la impaciencia se traducía en consecuencias desagradables para sus subalternos, y él no quería engrosar la lista de bajas en aquella guerra soterrada.

—Lo tenemos, mis hombres están a punto de cazarle —dijo el Turco en cuanto escuchó la señal de línea segura, saltándose todo protocolo de saludo ante alguien que no le caía especialmente bien.

—¿Hacia dónde se dirige? —La voz del Facilitador sonaba metálica y distorsionada por el encriptado, pero el Turco detectó el rastro de pánico que intentaba ocultar.

—Hacia la Sierra de las Nieves, ya me he encargado del asunto. Mis hombres saben lo que tienen que hacer, no habrá más errores, se lo he dejado muy claro. Pero tenemos un problema colateral.

El Turco le relató brevemente el avistamiento del Corolla en Guadarranque.

No habían podido averiguar quién lo conducía, aunque tenía algunas sospechas.

Lo único que tenía claro era que alguien externo había estado cotilleando en aquella nave, un lugar prohibido para cualquier persona ajena a la organización, sobre todo mientras ellos intentaban sellar la escotilla del sumergible para poder cumplir con los plazos.

—No podemos permitirnos más distracciones, aunque intentaré poner remedio a la situación antes de que nos estalle en la cara —replicó el Facilitador—.

El hombre de Dubái está perdiendo la paciencia y no es plan de cabrearlo más aún con minucias, yo me encargaré de informarle de lo que más nos convenga.

Marbella se ha convertido en un polvorín desde lo del tiroteo en los muelles, con las autoridades y los medios pendientes de cualquier movimiento en falso.

Pero el bloqueo de los sudamericanos está a punto de volverse insostenible, así no podemos seguir; amenazan con no mandarnos más mercancía y cobrarse con intereses lo que les debemos, aparte de otro tipo de represalias.

Si no liberamos esos veinticinco millones en las próximas doce horas, la Red puede estallar en cualquier momento.

El Turco apretó los dientes. Conocía el nombre real del famoso hombre de Dubái, porque como viejo exsubinspector había hecho sus deberes, consiguiendo además otros datos relevantes sobre su persona.

Se trataba de un emir qatarí, o un jeque árabe con influencias y buenos contactos, heredero de un antiguo traficante de armas que se había metido en todo tipo de fregados en sus buenos tiempos.

Una saga legendaria en el sector, unos fantasmas que habían pasado de vender fusiles de asalto de la guerra de los Balcanes a gestionar fortunas digitales en rascacielos de cristal.

En definitiva, un hombre peligroso que no aceptaba los fallos técnicos como excusa.

Y si no tenía que hablar con él, mucho mejor para su úlcera de estómago.

—El sumergible estará listo a tiempo para transportar la carga —mintió el Turco con soltura—.

Los operarios están trabajando a destajo, no habrá problema.

Y en cuanto solucione el tema del secretario todo irá sobre ruedas, no te preocupes.

Con las claves adecuadas recuperaréis el dinero y el flujo de salida será más limpio.

De ese modo podréis mover una buena cantidad de cripto sin levantar sospechas, evitando las alarmas de la Interpol.

Y aunque se lleguen a enterar, el pago ya estará realizado y desbloquearemos el resto del problema.

—Eso espero, nos va la vida en ello. Estamos en un callejón sin salida, no podemos fallar de nuevo.

La comunicación se cortó con un chasquido seco.

El Turco se quedó mirando el salpicadero de su coche, sintiendo el peso del mundo sobre sus hombros.

Davor y Nico creían que trabajaban para una mafia de alto standing , quizá rusos o alguna nueva corporación del crimen organizado europeo.

No sabían nada de Dubái, ni de jeques árabes, ni de la tecnología que debían trasladar con el sumergible.

Y así debía seguir siendo, mejor tenerlo todo bien compartimentado.

Cuanto menos supieran los perros de presa, más barato le salía el contrato y en menos problemas se meterían todos.

Se quedó pensando en sus cosas durante unos minutos. Entonces, un nuevo mensaje entró en la pantalla de su teléfono. Parecía que al final no se libraría del rapapolvo del jefazo. Era un mensaje de texto simple, enviado desde una pasarela internacional encriptada:

«El desierto no olvida sus deudas. Tráenos las claves o quédate en la sierra con el secretario. Último aviso».

El Turco guardó el teléfono y arrancó el motor.

El sol empezaba a reflejarse sobre el asfalto de la carretera de montaña, creando intervalos de sombra al abrigo de las estribaciones montañosas.

No era un hombre propenso al miedo, pero sabía que estaba caminando sobre el filo de una navaja.

Si Alarcón lograba destruir el dispositivo o si los sicarios cometían una carnicería innecesaria antes de obtener las claves, su carrera, y muy probablemente su vida, terminaría en una cuneta de la Sierra de las Nieves.

Puso el coche en marcha y pensó en enfilar la subida.

Tenía que estar cerca de la acción, pero lo suficientemente lejos como para no mancharse las manos hasta que fuera estrictamente necesario.

Al fin y al cabo, seguía siendo un policía en el fondo, el que siempre llegaba para levantar el cadáver después de que el trabajo sucio estuviera hecho.

Pero al final se arrepintió, no quería tener ningún problema con el coche ahí arriba, solo esperaba que sus hombres no la pifiaran.

Se dirigiría de nuevo hacia Guadarranque para agilizar el resto de las tareas pendientes antes de que sus mentiras fueran descubiertas.

Si no se daba prisa no iba a poder disfrutar de ese dinero guardado en paraísos fiscales, con el horizonte de una jubilación total en alguna playa paradisíaca que se había planteado al terminar aquella operación.

Aunque igual se dirigía mejor al piso franco que poseían en Ronda, dependiendo de lo que sucediera en la Sierra de las Nieves entre el secretario y sus secuaces.

Mucho todavía por planificar, no debía cometer ningún fallo.

Se santiguó por inercia, quizá buscando en instancias superiores la ayuda necesaria para lograr esquivar los peligros que se cernían sobre él.

Había tenido que delegar algunas tareas, no podía encargarse de todo, por lo que solo le quedaba rezar para que todos cumplieran su parte.

Y si no era así, se iría de este mundo por la puerta grande.