Los cimientos de barro #3
—Es muy fácil, muchachos —siguió el Turco en su propio idioma—.
En este negocio, ya deberíais saberlo, hasta el más tonto hace relojes.
Y si por un casual no cubrimos todas las salidas, el ratoncito que perseguimos se te puede escapar por la alcantarilla menos probable.
A estas alturas, me da igual si mis contactos se equivocaron.
Sí, no me miréis así, no estoy loco… Quizá todo el ruido de Marbella nos venga de perlas.
Mientras la policía cuenta casquillos en la Milla de Oro, nosotros tenemos el campo libre para actuar.
Ha llegado vuestro momento, no me podéis fallar.
Nico dio un paso adelante, dejando que el palillo cayera al suelo. Parecía que iba a repetir su frase anterior, que vendría como anillo al dedo viendo los antecedentes, pero Davor decidió adelantarse.
—¿De qué demonios hablas? —preguntó el croata—. Nos haces perder el tiempo con chorradas, nos metes en un tiroteo y ahora nos vienes con acertijos. ¿Sabes algo del dichoso Alarcón? El secretario no es ningún profesional, no puede estar muy lejos. Si tienes alguna pista, suéltala de una vez.
El Turco giró la pantalla de un dispositivo electrónico que llevaba para que pudieran verla.
Parecía el receptor de algún tipo de baliza, y no precisamente de última generación.
El punto rojo parpadeaba sobre una cartografía digital que mostraba un relieve accidentado que subía desde la costa malagueña hasta el interior de la provincia.
—Al parecer, nuestro amigo ha estado agazapado hasta ahora en un piso franco en Nerja —explicó el Turco, señalando el rastro previo—.
Creo que ha estado esperando a sentirse lo suficientemente seguro para moverse, y por eso decidí esperar un poco para no adelantarnos.
Si nos llega a ver aparecer, podía haber destruido lo que buscamos, lanzarlo al mar desde el acantilado más cercano a su alojamiento o cualquier otra tontería, no podía jugármela.
Necesitábamos que se sintiera ganador, que saliera a campo abierto.
Ahí es cuando podemos pillarle in fraganti , creo que ni siquiera contempla que le tengamos localizado, aunque vive en una paranoia permanente debido a la tensión del momento.
—¿En serio? —preguntó cabreado Markovic—. ¿Has tenido todo este tiempo la ubicación en tiempo real del secretario, o al menos de su vehículo, y nos has tenido dando vueltas por Marbella?
—No te enfades, Davor, que se te pone una cara muy fea —bromeó el Turco para intentar destensar el ambiente—.
Yo también tengo que mirar por mis intereses.
Tengo varios frentes abiertos y quería controlar todas las opciones, aunque puedo haberme equivocado.
Pelillos a la mar, chicos, ahora sí que ha llegado la hora.
El croata no le compró su discurso buenista y estuvo a punto de levantarse de la mesa. Miró a Nico y este le hizo una señal imperceptible para que no se moviera; debían terminar la misión, aunque fuera por encima de ese impresentable.
—¿A dónde narices se dirige? —inquirió el chico de Rotterdam—. A partir de aquí, es todo zona montañosa, ¿no?
—Mira tú qué listo nos ha salido el muchacho —replicó el Turco, socarrón—. Efectivamente, has acertado. Yo le llevo vigilando desde hace rato, el tío ha ido sorteando obstáculos desde Nerja, en un viaje que no le deseo ni a mi peor enemigo.
—Explícate mejor, no somos adivinos.
—Tranquilo, Davor, te lo voy a explicar muy clarito —soltó el Turco con mala leche, mientras iba señalando en el mapa digital la ruta que les indicaba—.
El muy cabrón me ha desvelado esta madrugada, menos mal que tenía programado un aviso por si se movía de su escondrijo.
Ha salido en plena noche de Nerja y ha subido hacia la Axarquía.
Se olvidó de la AP-7, buscando carreteras menos vigiladas y se encaminó hacia Frigiliana.
Entonces se dirigió al oeste, pasando después por Vélez-Málaga y otros pueblos perdidos.
Más tarde rodeó la capital por el norte, chico listo, y se adentró a continuación en la autovía del Guadalhorce.
Es una carretera rápida, pero que se interna en el campo, lejos de los hoteles y las cámaras de la costa.
Dejó atrás Cártama y Pizarra, pero eso no es lo mejor.
Luego se dirigió hacia este embudo de aquí, en Coín, y ahí fue cuando os llamé a la carrera.
—Eso está muy cerca de aquí, ¿no? —contestó Davor, ansioso—. Veo que el punto se mueve despacio, ¿hacia dónde va ahora?
—Parece que se dirige hacia la Sierra de las Nieves, una zona con orografía complicada que yo conozco bien, pero en esta ocasión no puedo acompañaros.
Además, vosotros lleváis un todoterreno más preparado, apto para caminos de cabras, y yo no quiero cargarme mi coche nuevo, aunque creo que también se portaría bien por esos andurriales.
Para eso os pago, tendréis que encargaros del trabajo vosotros solitos.
Creo que el secretario va a esconder algo, sean las pruebas o a él mismo, si es que cuenta con algún tipo de refugio en la zona.
—O a reunirse con alguien, sea para ayudarle a escapar o para deshacerse del monedero y las criptomonedas.
La afirmación de Nico estaba bien tirada, pensó Davor.
Ignoraban si el secretario controlaba la conversión de activos digitales a dinero contante y sonante, más al tratarse de movimientos de semejante tamaño.
Igual podía haber quedado con alguien a quien no le importara asumir los riesgos de dicha operación, con los legítimos dueños del dinero y las autoridades persiguiéndoles como lobos hambrientos.
Ese tipo podía ofrecerle una rebaja considerable sobre el montante real sustraído, pagarle en metálico o de algún otro modo, y quitarle el problema para que él desapareciera del todo.
Si nadie sabía quién era ese intermediario, podía convertirse en una jugada maestra que conviniera a ambas partes.
—No creo, muchacho, o al menos espero que no aciertes o le pilléis antes de que haga esa transacción.
Entiendo que va allí a esconderse él o a deshacerse de algún modo de lo que de verdad le quema en las manos desde que decidió lanzarse a la aventura.
Así que tenéis que espabilar y pillarle antes de que cometa alguna otra tontería por el camino.
Davor se inclinó sobre la pantalla y analizó la topografía con ojos expertos.
—No me gusta este sitio —dijo después—, podemos encontrarnos con emboscadas en multitud de lugares.
—No te preocupes. Tampoco creo que el maldito secretario se haya convertido ahora en Tom Cruise en Misión Imposible , entiendo que podréis manejar la situación. Además…
El Turco hizo una pausa, bajando la voz. El ambiente en la venta se volvió incluso más denso, cargado por la mención tácita de lo que estaba en juego.
—Escuchadme bien, no lo voy a repetir más veces. No me importa el coche de ese tipo, ni en realidad me preocupa tampoco el destino del puñetero secretario —dijo a sabiendas, clavando la vista primero en Nico y luego en Davor—. Lo único que realmente importa es lo que lleva encima, ¿me entendéis?
—Pero…
—Ni peros ni peras, Davor, a lo que estamos.
Capisci ? Sea apoderándonos de un dispositivo físico ya cargadito o consiguiendo la frase semilla o como se llame la puta contraseña de los cojones, no podéis regresar sin los veinticinco millones de euros.
A los de arriba no les importa el cómo, les importa el resultado.
Y si por lo que sea acabáis con Alarcón antes de que os entregue las claves, o estas se pierden por cualquier casual, cayendo por uno de los barrancos de la zona, mejor no regreséis aquí y escondeos en el último agujero sobre la faz de la Tierra. ¿Me he expresado con claridad?
—Cristalino, Manuel —contestó Davor, retador—. No somos tan idiotas, aunque pueda parecerlo. Sabemos hacer nuestro trabajo, ni que fuéramos matones de tercera. Trataremos al secretario con delicadeza, por lo menos hasta que cante o nos entregue lo que buscamos.
—Así me gusta, chicos. ¿Veis como no era tan difícil?
Nico sonrió de lado, con una expresión carente de toda calidez. A ninguno le habían hecho gracia las amenazas del Turco, pero ya tendrían tiempo de ajustarle las cuentas. Ahora tenían que hacer un trabajo, cobrar lo estipulado y desaparecer de la Costa del Sol por una buena temporada.
Davor se levantó a continuación, ajustándose una chaqueta de loneta que ocultaba la funda de su pistola.
—¿A qué distancia real estamos del objetivo? —preguntó el croata.
—No perdáis el tiempo ni un minuto más, podéis pillarle si acortáis por la carretera de montaña —dijo el Turco con un deje de excitación, quizá anticipándose al resultado favorable para sus intereses—.
Por lo que estoy observando no va muy deprisa, conduce con cuidado.
A nosotros nos da igual, mientras no quite la baliza de su vehículo lo tenemos pillado por los huevos.
Si apretáis el paso, le daréis caza antes de que llegue a los tajos más profundos de la sierra.
El Turco sacó un sobre grueso del bolsillo interior de su chaqueta y lo puso sobre la mesa. Dijo que no se trataba del pago final, solo era un poco de pasta para imprevistos diversos: efectivo para gasolina, sobornos rápidos o lo que pudiera surgir.
—Id por él —ordenó—. Y recordad: en la sierra no hay mucha cobertura, pero tampoco hay testigos fuera de las zonas turísticas, y menos un festivo de madrugada. Hacedlo limpio y sin fallos. Es vuestra última oportunidad.
Nico asintió y salió de la venta sin atisbos de duda en su rostro, con la tranquilidad o la inconsciencia del que no se ha enfrentado nunca a problemas similares, ni a emboscadas en terreno enemigo. Davor se demoró un segundo más, mirando al Turco con arrogancia.
—Tú también te estás jugando el cuello con esto, ¿verdad? —preguntó el croata—. Seguro que los jefes no están muy contentos contigo, por mucho que te esfuerces en disimularlo.