Los cimientos de barro #2
Davor entró primero al local, con un evidente cabreo pintado en su semblante.
Les habían despertado a una hora intempestiva, de madrugada, con un mensaje muy claro.
Debían reunirse con el Turco en un establecimiento situado a escasos kilómetros de Marbella, cerca ya de Ojén, pero mal comunicado por una carretera estrecha y llena de curvas.
Así que tuvieron que espabilar para llegar a la hora convenida tras un periplo complicado por caminos poco convencionales.
Menos mal que la noche anterior se habían deshecho del coche con el que cometieron sus anteriores tropelías, un vehículo ya quemado, agenciándose a partir de entonces, gracias a un antiguo contacto, un vehículo limpio que no llamara la atención sobre ellos más de la cuenta.
Igual era un poco ostentoso, pero en esa ciudad aquel armatoste, un Land Rover Defender de color negro mate, también podía pasar desapercibido.
Entendía que su jefe quisiera reunirse en un lugar tranquilo, lejos del bullicio de Puerto Banús, sin cámaras ni posibles testigos molestos que les interrumpieran o molestaran durante la reunión.
Pero le estaba cargando demasiado aquella actitud chulesca del Turco, su ordeno y mando cuándo y dónde quería.
De tenerles dando vueltas como idiotas por el muelle de Ribera, siguiendo una pista falsa que solo les condujo a una trampa mortal de la que se libraron por los pelos, a atosigarles con una importante reunión que debía celebrarse en el culo del mundo.
Aquel rictus de suficiencia de su empleador, de amo del cotarro, tampoco le agradaba lo más mínimo.
Ya había tenido superiores similares, tanto en el ejército croata como en alguno de los trabajos que había realizado a lo largo de su provechosa carrera profesional, ya fuera como mercenario, sicario o la función que fuera necesaria en cada momento, y a más de uno le había bajado los humos para que no siguieran tocándole las narices, algo que también había pensado en ese caso para darle una lección a semejante desagradecido.
Si no lo había hecho todavía era por dos razones principales, ambas igual de poderosas.
Una, que el Turco tenía todavía la sartén por el mango y les debía mucha pasta que no llegarían a cobrar a no ser que cumplieran con todas sus exigencias, por muy estúpidas que fueran.
Y la segunda, quizá la que de verdad le frenaba, era saber que su patrón estaba muy bien considerado en la organización para la que trabajaban, por lo que cualquier movimiento de ese estilo podría volverse en su contra.
Sin olvidarse de lo que se decía en los mentideros por los que ellos solían moverse, con la sombra siniestra del jefe supremo de aquella mafia revoloteando a su alrededor.
Así que se guardó su animadversión hacia el Turco durante un rato más, un odio personal que también pesaba en la parte profesional, ya que les mareaba con órdenes absurdas.
Como con la cagada de la información facilitada sobre el juez Valcárcel, una encerrona que Davor decidió terminar de un modo que nadie le había encargado.
Quizá los que de verdad mandaban en esa empresa no estaban muy contentos con su resolución, pero le daba igual.
Si no querían acabar en el disparadero, tanto político, como policial, judicial y mediático, que le hubieran proporcionado la información adecuada.
Él no dejaba cabos sueltos y ese tipo les había visto la jeta a dos palmos de distancia.
Con esa imagen en la mente, Davor recordó el reciente encontronazo que habían tenido en Puerto Banús, cuando se vieron en medio del fuego cruzado de dos bandas enfrentadas.
La situación era complicada de por sí, pero lo que de verdad le puso en tensión en aquellos momentos fue toparse con la mirada de aquel tipo con aire marcial.
El sicario no sabía bien de quién se trataba, pero intentaría indagar a su manera.
Le pareció un individuo peligroso, de esos que te buscaban las vueltas y acababan por meterte en problemas si te descuidabas un instante.
Pero en ese momento, debía olvidarse de todas esas disquisiciones y centrarse en lo que estaba por llegar.
Así que entró al establecimiento sin saludar siquiera, dejando traslucir en un rostro normalmente más inexpresivo, todas las emociones que guiaban su cuerpo a esas horas tan intempestivas.
Se sentó frente al Turco sin pedir permiso, moviendo la silla con un chirrido agudo que hizo que el camarero, situado al fondo de la barra, decidiera de repente que era un buen momento para irse a la cámara frigorífica.
«Chico listo», pensó Davor antes de afrontar la reunión matutina.
Nico, el joven neerlandés, se quedó un paso por detrás, apoyado en una columna de madera mientras jugueteaba con un palillo entre los labios.
Davor había aprendido a convivir con él, con sus pros y sus contras, por lo que tampoco se preocupó demasiado por su comportamiento.
El chico no parecía tan disgustado como él, más bien había adoptado ese pasotismo inherente a los de su generación, como si aquello no fuera con él.
Eso sí, le agradeció que bajo aquella fachada de turista de clase alta que acababa de bajar de un yate atracado en Puerto Banús, siguiera pendiente de su trabajo.
De hecho, incluso a través de sus sempiternas gafas de sol le pareció distinguir esos ojos claros que se te clavaban como dos esquirlas de hielo, dos pupilas que se movían a un ritmo frenético, escaneando sin parar las posibles entradas y salidas de la venta.
—Creo que os habéis librado de una buena de milagro, ¿no? —comenzó diciendo el Turco, por si los ánimos ya no estuvieran lo suficientemente caldeados.
Davor inspiró ruidosamente, tragó saliva y se tomó su tiempo para contestar.
No iba a permitir que semejante sujeto le pusiera más nervioso de la cuenta, por lo que le pagaría con su propia moneda de desprecio.
Eso sí, sin pasarse de la raya, todo con mucho respeto, pero sin dejarse ningunear.
Comenzó a hablar en un español bastante decente, aprendido en sus numerosas incursiones en la costa malagueña y otras localizaciones peninsulares, con un acento duro y cerrado que sonaba algo amenazador.
—Quizá es que había demasiado ruido en Marbella, o que alguien nos encaminó en la dirección equivocada —dijo Davor.
Su voz parecía una lija de grano grueso.
Se limitó a dar el parte, sin estridencias, aunque la sangre le hirviera en el interior de las venas—.
Dicen que fue una pelea entre serbios y albaneses, clanes que conozco perfectamente, como os podéis imaginar, pero algo allí parecía fuera de lugar.
No sé si es cierto que los irlandeses contrataron a los serbios para el trabajo sucio, pero había demasiada testosterona en el aire.
Y no nos llevamos una bala de milagro, muchas gracias por enviarnos al matadero.
—A ver, ha sido mala suerte, nada más —replicó el Turco—.
Yo no tenía ni idea, como os podéis imaginar, solo quería que siguierais a la mujer del secretario.
Y encima se os escapó también, voy a tener que prescindir de vuestros servicios, son demasiados errores seguidos.
Ah, y tampoco me extraña tanto lo del contrato entre los irlandeses y los serbios.
Se ve que van escasos de personal y pretenden mantener su estatus criminal en la zona, pero les están comiendo la tostada el resto de los clanes. Por no hablar de…
—¿De qué va esto, Manuel? —preguntó entonces Davor con altivez, sin amedrentarse lo más mínimo ante las afirmaciones de su empleador—. Lo del tiroteo fue mala suerte, eso puedo admitirlo. Pero si nos sigues mareando o dando mala información, es imposible que podamos hacer bien nuestro trabajo.
Nico asintió levemente, sin mojarse demasiado; tal vez no quisiera cabrear más al Turco uniéndose con sus lamentos al discurso vehemente de Davor.
El croata lo tenía muy claro, a él no le vacilaba nadie.
Y si tenía que encargarse de ese fulano antes de que lo despacharan a él, lo haría de mil amores.
Esa cara regordeta, con esos mofletes colorados y esos ojos de sapo, se le habían atravesado desde un principio.
Y esas cosas no solían terminar bien para el que se convirtiera en su adversario.
El Turco le sostuvo la mirada sin inmutarse, era también un profesional curtido y no iba a mostrarle todas las cartas.
Davor sabía que llevaba las de perder al enfrentarse a su jefe en un entorno que no controlaba, elegido expresamente por él para la reunión.
Pero desde luego, le iba a dejar muy claras unas cuantas directrices.
El expolicía ni siquiera pestañeó cuando Davor le llamó por su nombre de pila real, uno que jamás les había proporcionado a lo largo de sus colaboraciones profesionales.
Pero en aquel submundo todos se conocían, por lo que era entendible que dicho nombre hubiera llegado a sus oídos sin tan siquiera molestarse en preguntar por él.
Davor no esperaba que el Turco les pidiera perdón por sus supuestas meteduras de pata a la hora de elegir los objetivos. Pero tampoco iba a permitirle que dudara de su profesionalidad, por lo que tendrían que encontrar un punto medio, por el bien de todos.
—Os mandé allí porque me pareció la mejor pista a seguir, según los rumores que corrían por el juzgado y otras fuentes de las que dispongo —respondió el Turco con una calma gélida—.
No estaba mal tirada, era muy plausible que Alarcón fuera a reunirse con su mujer o que buscara una salida al embrollo en el que se ha metido.
Pero de todas formas, todo esto nos viene bien.
—¿A qué te refieres? —intervino de forma sosegada Nico en inglés, el idioma en el que también se entendía con Davor.