Los cimientos de barro
Su salida del Cuerpo Nacional de Policía no se fraguó finalmente con la patada en el culo que buscaban los de Asuntos Internos desde hacía tiempo, sino con un apretón de manos silencioso para que no enredara más la situación.
Aquí paz y después gloria, llegó a pensar entonces; a nadie le convenía un escándalo bajo aquellas circunstancias.
Todo había comenzado a finales de los años noventa en la Costa del Sol del ladrillo y el champán barato que corría por doquier, la nueva cuna de la famosa jet set y el papel cuché.
En esa época, el Turco, por aquel entonces todavía conocido como el subinspector Manuel Aranda, aunque el mote que le habían puesto tras un operativo infiltrado comenzaba a ganar enteros en su entorno, entendió que la línea entre el orden y el caos era una construcción puramente estética.
De ese modo, empezó aceptando sobres por avisar de una redada en un club de alterne de Estepona y siguió por «perder» de manera lastimosa el informe sobre un alijo de hachís que nunca llegó a los juzgados de instrucción.
Pequeños descuidos que le proporcionaron pingües beneficios, algo necesario ante la precariedad de un oficial de policía en esa España cañí.
«La ley es como una gigantesca red de pesca», solía decirle su primer mentor en la Brigada de Estupefacientes. «A los peces grandes no los detiene, solo los hace más fuertes porque aprenden a nadar y a escaparse entre los orificios más complicados».
El Turco no solo aprendió a nadar en corrientes adversas, también a tejer esos mismos agujeros que le proporcionaron el negocio de su vida.
Su gran salto llegó cuando se dio cuenta de que los narcos gallegos y los clanes del Estrecho tenían mucha logística pero contaban con nulo asesoramiento, lo que él llamaba conocimiento institucional.
Él les dio eso y mucho más, sin cortarse un pelo.
Les proporcionó las frecuencias de radio de la Policía y la Guardia Civil, las rutas de las patrulleras y, sobre todo, la tranquilidad de que nadie iba a mirar donde no debía.
Cuando la sombra de un jeque poderoso de Oriente Medio se proyectó sobre la costa una década atrás, el Turco ya era el que movía los hilos en la sombra, el hombre que sabía qué juez tenía un hijo con problemas de juego y qué aduanero necesitaba pagar una hipoteca en Sotogrande.
Todo en aras de beneficiar a sus nuevos empleadores, sin remordimiento alguno por provocarles terribles problemas a sus antiguos compañeros en la Jefatura Provincial de Málaga, aun a costa de vidas inocentes.
Después de batallar con clanes familiares del Campo de Gibraltar, gente insignificante que se pensaban que estaban por encima del bien y del mal, el Turco subió de categoría.
Tampoco le servían ya esos narcos gallegos trasnochados, que seguían pensando que el verdadero negocio en el Estrecho se podía tratar como el antiguo contrabando de tabaco en las Rías Baixas.
No, todo eso le quedaba pequeño y no pensaba volver a la casilla de salida.
De ese modo se involucró con una gente peligrosa que no se andaba con miramientos.
Era la evolución lógica para su carrera criminal, metiéndose en el meollo de una organización con ramificaciones por medio mundo, pero con una base fija en Dubái, un lugar del que nunca se había preocupado cuando ni siquiera sabía ubicarlo en un mapa, pero que aprendió a las malas su funcionamiento y la idiosincrasia de los hombres allí establecidos.
De hecho, las malas lenguas y sus antiguos contactos, ya fueran policiales o esos confidentes que tan buenos resultados le dieron en sus operativos, le avisaron del nido de víboras en el que se estaba metiendo.
Al parecer, uno de los jefazos era un antiguo traficante de armas que se codeaba con lo más granado de la sociedad internacional, incluyendo familias reales de otros países del Golfo Pérsico, directivos de la OTAN, lobbies europeos o americanos y empresarios del más alto nivel.
Sin olvidarse de ministros y parlamentarios de diferentes países con intereses de todo tipo, aparte de mafias y organizaciones criminales de distinto pelaje.
Un tipo peligroso, sin escrúpulos, que no admitía equivocaciones ni daba segundas oportunidades por lo que había llegado a sus oídos.
Alguien que poco a poco, granito a granito, había creado una monstruosa red en torno al Estrecho de Gibraltar, el sueño húmedo de Manuel desde que se introdujo en las profundidades de aquel negocio turbio.
Un nombre real que no le gustaba pronunciar en voz alta pero que, gracias a sus contactos, consiguió averiguar, no sin esfuerzo, por lo que pudiera suceder en un futuro.
Esa red necesitaba hombres de confianza, estilistas finos en determinadas artes, no carniceros ni aprendices sin formar.
Y él era el mejor cirujano de la zona, le había costado lograr ese estatus a lo largo de los años y de algo debería servirle su experiencia.
El Turco sabía cómo mover material sensible, cómo contratar a profesionales para todo tipo de trabajos, ya fueran conductores de lanchas, sicarios provenientes de media Europa, o estibadores con ganas de trabajar sin preguntar.
Pero eso no era todo, algo que todos sus anteriores jefes habían tenido en cuenta.
Manuel era un tipo discreto pero audaz, justo pero cruel, alguien que no se arrugaba fácilmente.
Un conseguidor, al fin y al cabo, el mejor hombre para lidiar a pie de calle.
Y lo mejor de todo, era el hombre más leal a la causa, sabía cómo mantener la boca cerrada.
Para Dubái, se había convertido en alguien imprescindible, un eslabón importante de la cadena que se cuidaba muy mucho de que nadie pudiera relacionarle con actividades criminales.
Más bien se trataba de un consultor de gestión de riesgos en un entorno hostil, el último hombre en el que confiar para que las cosas salieran bien.
Justo en ese momento, un pitido agudo en su bolsillo interrumpió sus pensamientos.
No se trataba de un teléfono cualquiera, era un dispositivo electrónico con el que controlaba de forma remota el receptor de una baliza instalada convenientemente.
Sacó el diminuto aparato de alta tecnología y consultó su pantalla táctil.
El punto parpadeante, que hasta hacía diez minutos había permanecido estático en una zona a las afueras de Cártama, acababa de cobrar vida.
—Ahí estás de nuevo, amigo Diego —masculló para sí mismo, sintiendo una mezcla de desprecio y admiración por el secretario judicial—. Tienes el valor de los desesperados, pero yo te voy a cazar como a un conejo. Guardas algo que nos pertenece…
El punto se movía con una lentitud cautelosa, pero la dirección era inequívoca: se alejaba del entorno cercano a la costa y buscaba el interior de la provincia de Málaga. El Turco dedujo que Diego no huía hacia adelante, más bien perseguía la manera más adecuada de quedarse con el premio gordo.
Sabía que los veinticinco millones de euros no estaban en una cuenta bancaria, pero ignoraba todavía su destino definitivo.
Gracias a su extensa red de contactos, le llegó la información de que aquel tipo había comprado un dispositivo en el que poder guardar las criptomonedas, algo que todavía no había realizado.
De todas formas, intuía que Alarcón guardaba como oro en paño la secuencia de palabras que le abriría las puertas del paraíso.
Un terrible fallo en la cadena de custodia judicial que le había permitido huir sin que nadie se percatara de sus movimientos.
Y eso que le tenían vigilado desde el primer momento, tras conocer quiénes iban a hacerse cargo de la instrucción del caso, pero al ofuscarse con el juez Valcárel perdieron un tiempo precioso que el secretario aprovechó para huir.
Menos mal que le habían puesto una baliza en su coche particular; un error de novato al escapar en su propio vehículo, algo que le venía que ni pintado al Turco para ahorrarse problemas.
Había llegado la hora de la verdad, una encrucijada en la que no podían volver a fallar.
El Turco no iba a permitir que ese dispositivo electrónico se perdiera en un barranco, si es que allí se guardaban los dichosos activos financieros.
Y para ello, precisaba de la mejor versión de unos hombres que no solían fallarle.
Algo que le había puesto en el disparadero ante el jefe de la organización, la misma que no solía permitir errores a sus empleados.
Apuró el café, que ya estaba frío, y dejó una moneda de dos euros sobre la mesa.
Haberle colocado aquella baliza magnética en los bajos de su coche el día del crimen había sido clave.
El secretario era un aficionado por huir en su propio vehículo, pero se había escondido en Nerja con el móvil apagado.
El Turco no había enviado a los sicarios antes para no asustarlo antes de tiempo y obligarle a salir a campo abierto.
Vio entrar por la puerta a las dos sombras que esperaba. Davor, el sicario croata con su andar rígido de exmilitar, y el chico holandés, Nico, oculto tras unas gafas de sol que no pegaban con la luz mortecina del amanecer.
Era hora de activar la jauría de perros, la caza debía llegar a su fin.
La Sierra de las Nieves era un lugar idóneo para esconderse, pero también para desaparecer para siempre, algo que Alarcón les había servido en bandeja de plata.
Y el Turco conocía cada recodo de esos caminos mejor que el propio secretario judicial.
Al fin y al cabo, él mismo había ayudado a enterrar más de un secreto en aquellas laderas antes de que el mundo se volviera digital.