La nostalgia del pasado #4
Siguió las instrucciones apuntadas en el pantallazo de Palacios, fijándose también en las indicaciones de su propio navegador, a tiempo de percatarse de que le quedaba muy poco para llegar a su objetivo.
En lontananza, pudo atisbar varios polígonos industriales que parecían abandonados, lugares desolados ajenos a la desesperanza que se había instalado en su seno, temiendo llegar tarde a su cita con el destino.
Su pensamiento esquivo le condujo de nuevo por vericuetos indeseables, comparando aquel páramo industrial con un cementerio de naves de hormigón donde el tiempo parecía haberse detenido.
Redujo la velocidad, agradeciendo que su coche fuera un modelo impersonal que se mimetizaba bastante bien con el entorno, oteando el paisaje para fijarse en cualquier elemento discordante.
Decidió ordenar sus ideas y prepararse para el ataque final.
En ese momento, Bermejo detuvo el Peugeot en el arcén de la vía de servicio, justo antes de que la carretera se bifurcara hacia el corazón del polígono.
Desde esa posición elevada, tenía una vista limpia del embudo de salida en el que se convertía aquel nudo de comunicaciones.
Una atalaya inmejorable para controlar un cruce de caminos bastante complicado.
Su cerebro tardó en asimilar la imagen que captaban sus ojos.
Sí, allí estaba. A unos cien metros de su posición vio un destello gris que escapaba a toda velocidad: un Toyota de gama baja que subía hacia el enlace de la AP-7 con una urgencia suicida.
No podía distinguir al conductor desde su posición, pero el pálpito fue tan fuerte que casi le dejó sin respiración.
«¡Santo cielo! Esa tiene que ser Miriam escapando», pensó en ese momento, sintiendo un nudo en la garganta.
Pero antes de que pudiera reaccionar, un nuevo participante se unió a la fiesta de Guadarranque.
Un impresionante Range Rover negro asomó por el carril derecho, moviéndose con una parsimonia depredadora hacia la CA-34, husmeando en busca de su presa.
Bermejo comprendió que si seguía al Toyota, Miriam se encontraría en franca desventaja.
Así que esperó un segundo más, intuyendo que en ese vehículo con las lunas tintadas viajaba el Turco con alguno de sus secuaces.
Si su enemigo decidía subir a la autovía desde allí, podría cazar a Miriam antes de incorporarse al carril de aceleración de la autopista.
Había sentido un alivio que le supo a gloria al descubrir que Miriam se encontraba a salvo, pero le duró menos que un suspiro.
Ni siquiera pudo relajarse un instante, intentando regresar a la normalidad tras aguantar la respiración durante unos segundos, cuando se percató de que el Turco viraba en otra dirección.
Al menos, el delincuente no perseguía a Miriam de forma directa.
Tal vez el tipo pensara que ella se había escondido en algún lugar del polígono antes de salir a campo abierto.
En una persecución por la autovía, Miriam tendría las de perder ante un coche con mucha mayor potencia, por lo que podía estampar el todoterreno contra su pequeño vehículo, intentar sacarla de la carretera o cualquier otra barbaridad que se les ocurriera.
Y esa fue su salvación, el error de cálculo del Turco.
O las inefables ganas de escapar de la chica, sin tiempo siquiera para ponerse a pensar en un plan de huida.
Si de verdad había escapado tras descubrir algún secreto importante de una organización clandestina tan poderosa, tendría que asumir las posibles consecuencias por su inesperada incursión en tierras enemigas.
Bermejo no terminaba por decidirse, con el coche al ralentí en mitad del carril y el motor del Peugeot vibrando bajo sus manos al volante.
Al final, prefirió vigilar al sospechoso, salvaguardando las distancias, sin terminar de creerse que no fuera de forma directa a por la chica.
Y, ya de paso, podía aprovechar para intentar averiguar qué tramaba aquel individuo fuera de la ley.
Con muchos años de experiencia a sus espaldas y con todo tipo de seguimientos efectuados en multitud de operativos por toda la geografía española, a Bermejo no le costó demasiado perseguir al Turco, aunque fuera en un entorno desconocido para él, lleno de trampas y vías de escape.
Manuel Aranda no iba en busca de Miriam de forma directa, pero eso no impedía que pudiera cazarla más adelante.
Aunque la indolencia con la que se movía el vehículo con las lunas tintadas no le terminaba de aclarar la situación en la que realmente se encontraban.
Mantuvo tres coches de distancia para no perderlo, aunque aquel vehículo tan llamativo no pasaba precisamente desapercibido en una zona industrial como aquella.
El Range Rover empezó a brujulear poco después por el entorno de San Roque, moviéndose con una parsimonia amenazante entre las rotondas de la refinería, como si estuviera barriendo el sector con la mirada, tal vez en busca de su presa.
Bermejo sintió un sudor frío. Miriam no se encontraba todavía a salvo.
Si el Turco salía a la autovía desde allí, en una posición situada mucho más al este que la entrada por la que había accedido Miriam a la AP-7, siempre podría interceptarla en su camino hacia Sotogrande.
Solo esperaba que la periodista ya hubiera pasado por esa intersección y se encontrara más allá, camino de un puerto seguro al que aferrarse tras su huida precipitada.
—Vamos, Miriam, vuela… Aprieta a tope el acelerador para alejarte de esas bestias —susurró Bermejo, imaginando cómo el Toyota desaparecía en el acceso elevado de la autopista a más de la velocidad permitida en carretera.
Bermejo prefirió seguir con su estrategia y marcar de cerca al Range Rover.
Continuó persiguiéndolo a una distancia prudencial mientras el todoterreno completaba otra ronda por los alrededores de San Roque antes de decidirse, finalmente, a incorporarse a la AP-7 en dirección este.
Durante varios kilómetros, Bermejo fue la tercera pata de un triángulo invisible, aunque ignoraba dónde se encontraba en esos momentos el primer vértice del polígono de tres lados: Miriam y su Toyota.
La periodista iba unos kilómetros por delante, o eso esperaba al menos, mientras el Turco conducía dentro de los límites de velocidad en la misma dirección.
Él, mientras tanto, cerraba la marcha y permanecía agazapado, esperando su momento.
Todavía no tenía muy claro si el sospechoso perseguía a Miriam o se dirigía a algún otro sitio.
Pocos minutos después salió de dudas, relajándose al menos un poco al comprobar que Miriam se encontraba completamente a salvo, lejos de las garras de aquellos desgraciados.
El Range Rover se desvió unos kilómetros más allá, en dirección a La Alcaidesa, otro entorno desconocido para Bermejo que le pareció muy diferente a San Roque o Guadarranque, aunque estuviera situado a escasa distancia.
Una zona residencial de alto nivel, muy exclusiva, que no tenía nada que envidiar a otros enclaves pijos de la costa andaluza.
Al menos, en su primera impresión al adentrarse en ese ecosistema.
El seguimiento duró hasta que el sol desapareció del todo, lo que le permitió camuflarse mejor entre las sombras al acercarse a una urbanización silenciosa y muy vigilada.
Desde la distancia, Bermejo divisó al coche del Turco adentrándose en una finca de alto standing , en cuyo interior parecía dormitar un chalet discreto, con un perímetro de muros altos y cámaras de seguridad en cada esquina.
Aparcó su Peugeot a dos manzanas, en una calle sin salida desde la que podía vigilar el portón de entrada sin ser visto ni llamar demasiado la atención, y se dispuso a esperar.
Decidió permanecer allí de momento, su instinto policial le avisó de que sería mejor pasar una mala noche antes que perder aquella pista.
Su estómago no solía equivocarse en ese tipo de apreciaciones, aunque hubiera ido perdiendo fiabilidad con el tiempo, por lo que Bermejo prefirió quedarse de guardia mientras evaluaba sus opciones.