La nostalgia del pasado #3
Bermejo dudó un momento, pero al ver en pantalla los detalles supo enseguida a qué se refería Palacios: el Boletín Oficial del Registro Mercantil. Allí podrían averiguar si el Turco tenía algún cargo oficial en empresas que estuvieran registradas.
El técnico consiguió algún dato que corroboró después en otros sistemas, consultando además el registro de la propiedad y cruzando datos con bases de datos estatales y otras herramientas de las que disponían en la unidad.
—Se supone que trabaja en una empresa llamada Logística del Estrecho S.A.
, o al menos aparece dado de alta en la Seguridad Social bajo ese epígrafe.
Pero esa empresa no parece existir luego, su sede social es un despacho de abogados de Algeciras y no aparecen más datos. Pero he encontrado otra cosa…
—No tengo todo el día, Palacios, siento ser un aguafiestas. ¿De qué demonios se trata? No veo nada destacable entre tanta letra y números que no me dicen nada…
—Casualmente, Manuel Aranda aparece como administrador único de otra empresa denominada Consulting EDG Sur. Y esa empresa subarrienda una nave en el polígono industrial de Guadarranque. Vamos a ver dónde se encuentra exactamente.
A Bermejo, eso de EDG le sonó al Estrecho de Gibraltar, pero no podía estar seguro. Vio cómo Palacios abría Google Maps y después una aplicación más puntera en otro de los monitores para intentar localizar con vista satelital el interior de la dichosa nave.
—Parece que está en el entorno de los muelles auxiliares del polígono, cerca de la desembocadura del río.
Es una zona de astilleros y mantenimiento de embarcaciones de recreo, aunque el trapicheo con narcolanchas entre los clanes de la zona está a la orden del día.
Lo malo es que no tenemos la ubicación exacta, el satélite no lo localiza y la información de la que disponemos no es completa.
—¡Maldita sea! Pero al menos tenemos una zona concreta sobre la que trabajar, ¿no?
—Te puedo dar esto —afirmó Palacios antes de darle al botón de imprimir—.
Te he sacado un pantallazo de la zona y he marcado en rojo la ubicación más probable.
Por lo que he visto, en ese polígono hay tres naves algo diferentes al resto, parece que cuentan con mayores medidas de seguridad.
Son estas tres, puede que tu amiga esté en una de ellas.
—Tendrá que valerme, me voy directo hacia allá —gruñó Bermejo—. Si el Turco está ahí y mi amiga Miriam ha ido a husmear, ya tengo una ubicación aproximada. ¿Hay alguna cámara de tráfico en el acceso a ese polígono?
—Solo una, en la rotonda de entrada de la CA-34.
Pero no podemos obtener un volcado en tiempo real, se guarda en el centro de control de tráfico de la Jefatura.
Podría intentar pedir el acceso de las últimas veinticuatro horas alegando una investigación de ciberdelincuencia, pero me va a llevar un buen rato y me van a preguntar para qué.
Bermejo miró el reloj, negando con la cabeza.
—No te molestes, pero gracias, tengo que espabilarme. Si Miriam ha entrado con su coche en la zona, estará todavía por allí. Creo que es un Toyota gris o azul oscuro, pero tampoco es seguro. Me largo a la carrera, no puedo perder más el tiempo. ¿A qué distancia estamos de allí, más o menos?
—Son casi ciento cincuenta kilómetros, Bermejo, vas a tardar un buen rato, sea por autopista de peaje o carreteras convencionales. Y si el Turco es el hombre que pensamos, tendrá ojos en cada esquina. No puedes aparecer allí como un elefante en una cacharrería…
—Tendré cuidado, solo quiero averiguar si mi amiga está por allí y hacerme una composición de lugar.
Ya estoy mayor para jugar a los héroes, llamaré a la caballería si me encuentro algo gordo.
Mientras voy conduciendo, a ver si puedes sacarme algún otro dato que me sirva y me lo envías, siento el atraco.
Y gracias de nuevo por tu ayuda, Nacho, te debo una.
Bermejo devoró los kilómetros de la AP-7 con una urgencia que no sentía desde sus tiempos en la UDEV, dejando atrás tres enclaves tan turísticos como Torremolinos, Benalmádena y Fuengirola a más de ciento cincuenta kilómetros por hora.
No le apetecía tener que vérselas con ninguna patrulla de la Guardia Civil de Tráfico ni darles explicaciones de su misión, algo que le haría perder un tiempo precioso del que no disponía, por lo que puso el navegador de su móvil y se dejó guiar, frenando cuando aparecía algún radar y acelerando en los tramos más limpios.
Su coche se portaba bien, pero la sucesión de túneles entre Marbella y Estepona le produjo una sensación de claustrofobia que no lograba sacudirse. A su izquierda, el Mediterráneo brillaba con un azul metálico bajo el sol de la tarde, pero para él, aquel paisaje era solo un borrón de colores.
No tenía tiempo de reflexionar sobre lo que había cambiado en las últimas décadas esa Costa del Sol que conoció de adolescente, en un viaje familiar que le traía muy buenos recuerdos.
De los pequeños pueblos de pescadores de antaño ya no quedaba nada, y no sabía si el cambio a esas urbanizaciones de lujo cortadas todas por el mismo patrón terminaba de convencerle.
Ni siquiera se permitió una pizca de culpabilidad al cruzar por la comarca de Marbella, a sabiendas de que la unidad operativa de la UCO se encontraba muy liada, trabajando en varias líneas de investigación.
Aunque eso le llevara a plantearse que Miriam Monfort, la pareja desde hacía muchos años de su buen amigo Pablo Roncero, capitán de la Guardia Civil, se encontraba probablemente en un peligro incierto del que todavía no sabía si él sería capaz de protegerla.
El reloj volaba más que las ruedas de su vehículo sobre el asfalto y Bermejo sintió por un momento que se le acababa el tiempo.
Esperaba llegar a su destino antes de lo que le marcaba el navegador, pero se adentraba en territorio desconocido, sin ningún tipo de cobertura, e ignorando la situación en la que se encontraba la chica.
Una pizca de angustia le acongojó la garganta y pisó aún más el acelerador sin darse cuenta, casi por inercia.
El cambio de paisaje a lo largo de su periplo no sirvió para aquietar su estado de nervios, ni calmar su inquietud creciente.
Alejó de sus pensamientos esas imágenes terribles en las que Miriam caía en las garras del Turco, un desaprensivo que no tendría demasiados miramientos con la periodista si se sentía acorralado.
Intentó llamar a Miriam varias veces a lo largo del viaje, con resultado infructuoso.
En todas ellas, el tono de llamada se alargó hasta que el buzón de voz, con la voz alegre y despreocupada de la periodista, le devolvió a la realidad.
Eso no era buena señal, por mucho que intentara engañarse a sí mismo, mientras su mente volaba hasta escenarios que prefería no visualizar por el bien de su salud mental.
Si no se calmaba y se concentraba en la tarea, fracasaría antes siquiera de comenzar la misión.
—Maldita sea, Miriam, cógelo de una vez —masculló entre dientes, tirando el teléfono sobre el asiento del copiloto.
La culpabilidad, esa vieja amiga que tan bien conocía, se apareció de nuevo por el horizonte como ese jinete del Apocalipsis que nunca descansa.
A lo largo de su carrera se había enfrentado a varias situaciones semejantes, e incluso a misiones de rescate en las que debía intentar salvar a personas a las que le unía un fuerte vínculo emocional.
Y no siempre había salido victorioso de esas refriegas, por lo que la duda se implantó de nuevo en su mente, sabiendo que sus mejores años como policía ya habían quedado atrás.
Pero no podía fallar otra vez. Por Miriam y por Pablo, eso sobre todo, una pareja a la que consideraba de la familia desde hacía mucho tiempo.
Después, por su trayectoria profesional, y por esa labor de tantos años como servidor público, esa determinación que le hacía sacar fuerzas de flaqueza aunque no le quedara un átomo de reserva.
Por último, por él mismo, por sentirse de nuevo una persona útil a la sociedad que tanto le había dado.
Y, sobre todo, por el recuerdo de Macarena, a la que le falló en tantas ocasiones que le dolía en el alma solo con evocarla, rasgándole por dentro por el mero hecho de rememorar su impresionante presencia.
Por el camino intentó hablar también en varias ocasiones con Palacios, que al menos le dio una buena noticia cuando consiguió localizarle.
Al parecer, Manuel Aranda, alias el Turco, conducía un Range Rover último modelo de color negro y lunas tintadas, registrado oficialmente a su nombre en la base de datos de la Jefatura Provincial de Tráfico de Málaga.
El delincuente supondría que no tenía nada que esconder en ese caso y que no le hacía ningún mal tener ese vehículo a su nombre en vez de aparecer registrado por parte de cualquier sociedad pantalla.
Ese pequeño fallo quizá le ayudara un poco, y las ayudas siempre eran bienvenidas en circunstancias tan complicadas como las que se encontraba en ese momento.
A la altura de San Roque el entorno cambió drásticamente, al igual que la densidad de un aire que comenzó a cargarse de elementos químicos.
El lujo de las urbanizaciones de Sotogrande dio paso a la silueta colosal de la refinería: una selva de chimeneas, antorchas y tuberías que recortaban el horizonte como un monstruo de acero.
El aire empezó a oler a azufre y a salitre sucio, a mezclas insalubres que no podían hacerle ningún bien a nadie.
A lo lejos, la imponente silueta del Peñón de Gibraltar le saludaba con una mueca distante.
Bermejo tomó a continuación el desvío hacia Guadarranque, entrando en un laberinto de carreteras secundarias donde los camiones cisterna levantaban nubes de polvo asfixiante entre un tráfico pesado que no le convenía a esas alturas de la tarde.
Su destino se encontraba a poca distancia y la angustia avanzó de nuevo, de forma inexorable, ante lo que pudiera encontrarse allí.