El monedero del diablo (Bermejo y Roncero 7) La nostalgia del pasado #2
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La nostalgia del pasado #2

Se despidieron con la promesa de mantenerse en contacto, algo que ambos sabían que no cumplirían si no era estrictamente necesario. Bermejo le estaba de todas formas agradecido a Kiko por haberle avisado, así que intentaría que aquella llamada sirviera de algo.

Estuvo tentado de avisar a Roncero, pero no quería asustarlo ni meter la pata de manera lamentable sin asegurarse primero de lo que estaba sucediendo.

Le mandó un mensaje a Miriam, advirtiéndole de que estaba al tanto de sus movimientos y que, por favor, no hiciera ninguna locura y se pusiera en contacto con él antes de meterse en la boca del lobo.

El mensaje no llegó a su destino, así que Bermejo se preocupó.

Pagó la consumición en el bar y llamó a Palacios de camino al coche.

Necesitaba su ayuda para localizar a un tipo, a ver si con todos sus medios tecnológicos podía echarle una mano.

A malas, se iría directamente a Guadarranque, aunque sin algo más concreto sería como buscar una aguja en un pajar.

Por no hablar de que le olerían a un kilómetro de distancia en aquel entorno y cualquier vigía de la zona podía dar la alarma tras su llegada, tenía que ir a tiro fijo.

Esperaba que Miriam no se hubiera metido de cabeza en un lugar del que no pudiera salir.

Bermejo recordó entonces aquella otra vez en la que él le hizo de acompañante, una especie de guardaespaldas para una reunión extraña en el castillo de Peñaranda de Duero, en Burgos.

Una misión nocturna que acabó sin sobresaltos, aunque estuvieron a punto de cruzarse con alguien peligroso, detalle que Roncero les echaría en cara a ambos en cuanto tuvo conocimiento de su excursión.

Bermejo sintió un punzada de nostalgia, un pinchazo lacerante que le arañó el alma por dentro al evocar la situación.

Aquellos días en la Ribera del Duero fueron los últimos en los que las dos parejas coincidieron de forma tan cercana, en un caso en el que tanto Pablo como Miriam y Macarena habían puesto su granito de arena para solucionarlo.

Una época que ya no regresaría jamás, para desgracia de todos los que conocieron en vida a la jueza Velasco.

Debía olvidarse de sentimentalismos y pasar a la acción.

Tal vez Miriam se encontrara en verdadero peligro y eso sí que no se lo perdonaría por nada del mundo si él podía hacer algo por evitarlo.

Se montó entonces en su vehículo y salió a escape hacia la sede de la Brigada de Ciberdelincuencia de Málaga, donde Palacios ya le esperaba.

El reloj se había puesto en marcha y la caza del hombre estaba a punto de comenzar.

Bermejo entró en la Brigada de Ciberdelincuencia con paso apresurado.

Antes de adentrarse en sus oficinas tuvo que pelearse de nuevo con el tipo de la entrada, algo que no era la primera vez que le ocurría cuando acudía a un recinto oficial fuera de Madrid.

Algunos de los policías allí destacados le miraron con extrañeza cuando pisó con firmeza el suelo de un pasillo bastante nuevo, camino del despacho del responsable de la unidad.

Le importaba bien poco si sabían quién era él o lo que hacía allí, pero con la seguridad en sí mismo consiguió que nadie le saliera al paso.

Saludó con un leve gesto de cabeza a uno de los técnicos con los que había departido en anteriores visitas, siempre en compañía de su superior al mando, y llegó enseguida hasta la antesala de su destino.

Llamó brevemente con los nudillos a la puerta del despacho y tras escuchar un breve «Adelante», se adentró en los dominios de Palacios.

El jefe de la brigada se encontraba rodeado de monitores que escupían datos en tiempo real.

De hecho, parecía el perfecto contrapunto digital al instinto analógico de Bermejo, un hecho que los diferenciaba, pero no tenía por qué enfrentarlos.

Afortunadamente, ambos investigadores habían aprendido a olvidar sus diferencias para poder trabajar juntos sin mayores problemas, llegando a un punto de entendimiento y, tal vez, si alguien lo miraba desde fuera, de respeto mutuo, algo fundamental para el éxito de sus respectivas misiones.

El mismo Palacios le confesó a Bermejo que era factible que un viejo inspector de la UDEV, con años de calle a su servicio, viera detalles reales que a los algoritmos se les escapaban.

Bermejo se fijó en las ojeras de Palacios, que parecía llevar horas plantado en su silla, dejándose la vista en los monitores que le trasladaban datos reales, imágenes de cámaras o cualquier otro detalle que le ayudara a conseguir su objetivo.

Palacios ni siquiera levantó la vista de la pantalla antes de hablar con una pizca de hastío.

—Siento ser un poco desabrido, Bermejo, pero estamos a tope de trabajo.

Desde Marbella, con intervención directa de mis jefes para allanar el camino y alguna que otra llamada de un ente superior de las que te puedes imaginar, nos han solicitado ayuda y estamos colaborando en la investigación del tiroteo de Puerto Banús. Estoy cruzando datos y…

—Tranquilo, Nacho, no quisiera molestarte.

Ahora mismo no me importan demasiado los casquillos de Marbella; yo también cometí el error de meterme en ese berenjenal, pero no tiene relación alguna con el motivo que me ha traído hasta Málaga.

Pero esto es urgente, tal vez se trate de un caso de vida o muerte.

—¿De qué estamos hablando exactamente? —preguntó Palacios suspicaz.

—He recibido un soplo sobre unas supuestas actividades delictivas en Guadarranque que no sé muy bien si nos cuadran con todo lo que ya tenemos encima.

Y una periodista amiga mía está a punto de meterse en la boca del lobo, tengo que adelantarme a los acontecimientos.

Al parecer, un viejo conocido y antiguo compañero nuestro se encuentra al mando de dicha operación clandestina. ¿Te acuerdas del Turco?

Palacios detuvo el tecleo y levantó la vista, extrañado.

—¿El Turco? ¿De qué me suena a mí ese tío?

—Sí, hombre, creo que fue un caso sonado por aquí. Igual todavía no andabas por estos andurriales, es un tipo oscuro al que expedientaron y salió de aquella manera de la policía. Un tal Manuel Aranda, ¿te sitúas ahora?

—La verdad es que me quiere sonar de algo, pero no termino de ubicarme.

Espera un momento… —Palacios empezó a teclear con desgana, más por cortesía profesional que por convicción—.

Ten en cuenta que aquí los archivos de personal están blindados si no hay una investigación interna abierta, no sé si encontraré algo.

—Quizá veas algo en los registros de bajas incentivadas.

Y si no, yo probaría en las bases de datos de seguridad privada del Ministerio —insistió Bermejo, apoyando las manos en la mesa—.

Ese tipo no se ha jubilado sin más ni pasa su tiempo cuidando a los nietos o dando de comer a las palomas, te lo aseguro.

Me fio del que me ha dado el soplo, debe andar por el Campo de Gibraltar, jugando a los barquitos en alguna nave de Guadarranque.

Palacios suspiró y se ajustó las gafas. Parecía al menos dispuesto a perder unos minutos de su tiempo en ayudarle, detalle que tendría que agradecerle.

Ni siquiera un experto como él podía hacer magia de la nada, por lo que el proceso no fue inmediato.

Se sucedieron varios minutos incómodos de silencio sepulcral, solo interrumpidos por el rítmico tecleo del experto en IT y el zumbido de los ventiladores.

Bermejo observaba los monitores, incapaz de descifrar las tablas de datos que desfilaban ante él, pero no quería importunar al hombre que podía ayudarle.

—Veamos…, sí, aquí está. Aranda, Manuel Aranda.

—Palacios señaló la ficha con una foto de carnet antigua de un hombre con cara de pocos amigos y mandíbula cuadrada—.

Salió de la policía hace diez años, más o menos.

Lo único que he encontrado es que se le abrió un expediente disciplinario por conductas incompatibles con el honor del cuerpo.

Una forma elegante de decir que era un corrupto pero no pudieron pillarle con el carrito del helado.

—Sí, algo de esa información me había llegado a mí también en su momento. ¿No tienes nada más? ¿Alguna relación de este tío con Guadarranque?

—Nada oficial por lo que veo en primera instancia, pero espera un momento —Palacios frunció el ceño mientras abría otra pestaña—.

Figura como empleado de una consultoría de seguridad que, casualmente, tiene su sede social en Algeciras.

Eso no anda muy lejos de Guadarranque, pero tampoco es algo definitivo.

—Tampoco me sirve demasiado ese dato, Nacho. ¿No puedes hacer nada más? —preguntó Bermejo algo desesperado—. No sé si podríamos localizarle de algún modo con el teléfono oficial que tenga en los registros. O mejor, si te doy el teléfono personal de mi amiga, la periodista, puede que…

—Alto ahí, Bermejo, no puedo hacer eso —replicó Palacios enfadado—.

Primero, porque no tenemos causa probable ni orden judicial, sea para localizar al Turco o a tu amiga, que encima es periodista, para que luego nos busquen las vueltas.

Aparte de que eso no es tan sencillo, ya conoces el procedimiento.

Las operadoras tardan horas, incluso días, en responder a un requerimiento, y hace falta que un juez lo firme.

Esto no es una película de ficción, no funciona así.

—Cierto, perdóname, me he dejado llevar. Un poco alucinado ante el despliegue técnico de medios que tenéis aquí he pensado que igual había otra manera y…

—Tranquilo, te entiendo. Y si esa periodista es alguien que te importa, es normal que intentes ayudarla. Sin embargo, puede que tengamos suerte por otro lado. Uno que no tiene nada de magia ni ciencia-ficción, pero a veces depara resultados sorprendentes. ¿Conoces las maravillas del BORM?