La nostalgia del pasado
De todas maneras, parecía que el caso estaba bastante claro, no iba mucho más allá.
El tiroteo se trataba de un ajuste de cuentas entre clanes, nada más, sin ninguna aparente relación con su caso, aparte de la confluencia en tiempo y espacio.
Aun así, Bermejo tiró de contactos y estuvo hablando con gente del lugar: trabajadores de los juzgados, abogados de altos vuelos, policías retirados y algún antiguo confidente de la zona, por si podía sacar algo en claro.
De hecho, eso le había hecho regresar a Málaga, aunque fue una falsa alarma y estaba a punto de tirar la toalla.
Tampoco había hablado mucho con Roncero, que estaba muy ocupado, al igual que su unidad operativa y el resto de la policía judicial del cuartel de Marbella.
Entre lo que ya tenían entre manos y la movida de la balacera, allí nadie tenía ni un minuto de respiro.
Así que el antiguo miembro de la UDEV decidió tomarse unos minutos de descanso, calibrar sus opciones a partir de ese momento y estudiar muy bien los siguientes pasos a seguir.
Tampoco quería quedarse en fuera de juego, debía buscar otras alternativas.
En ese momento ignoraba que el destino no le iba a permitir tomarse un rato de sosiego, ya que le iba a poner en la pista de algo que requeriría de toda su atención.
Se estaba terminando un bocadillo de lomo en un bar cerca de la Malagueta cuando el teléfono vibró en su bolsillo.
Al ver el nombre de Kiko en la pantalla, sintió un leve estremecimiento.
Para el veterano servidor de la ley, Kiko sería siempre el hijo díscolo de Macarena, un abogado de mafiosos que había intentado rehacer su vida tras aquella terrible metedura de pata en la costa valenciana que casi acaba con todos ellos de una forma o de otra.
—Buenas tardes, Francisco, soy Kiko. ¿Te pillo en buen momento?
—Lo sé, tengo tu teléfono apuntado en mi agenda —contestó Bermejo algo mosqueado—. Tranquilo, me pillas comiendo e intentando descansar un poco. ¿Te ocurre algo?
Tampoco es que ambos hombres hablaran demasiado entre ellos.
Después del encontronazo que sufrieron nada más conocerse, con aquel malentendido en el ático de Macarena en Valencia, Bermejo había intentado llevarse bien con el hijo de la jueza, consiguiéndolo a duras penas.
Ambos se toleraban al menos, pero no eran grandes amigos.
De hecho, no habían vuelto a hablar desde que se solucionó todo el tema de la herencia y el reparto de propiedades de Macarena tras su fallecimiento.
Así que el instinto de Bermejo se activó al instante, aquella llamada no era de cortesía. Y le daba en la nariz que no le iba a gustar ni un pelo su contenido.
—A ver, no sé cómo decirlo… Hace unos días, Miriam Monfort contactó conmigo por un reportaje de investigación que estaba realizando entre Algeciras, el Campo de Gibraltar y Sotogrande.
Nos reunimos en persona y yo le di unas pautas de lo que se estaba cociendo por aquí, avisándole de los peligros que conllevaba meterse en determinados jardines y…
—¿Qué has hecho qué? —soltó Bermejo alarmado, sobre todo al conocer la querencia de Miriam por meterse en problemas de lo más variopintos—. Explícame todo lo que sabes, desde el principio.
Bermejo ni siquiera sospechó en un primer momento que aquel reportaje de Miriam tuviera algo que ver con lo que él, la Brigada de Ciberdelincuencia o la misma UCO estuvieran investigando en la Costa del Sol.
Solo quería asegurarse de que Miriam estuviera bien, una muchacha algo alocada a la que había terminado por coger cariño.
Aparte de que era la pareja de su amigo Roncero, por lo que intentaría ayudarla en la medida de sus posibilidades.
Y si no se veía capaz, llamaría sin falta a Pablo para ponerle al corriente.
Mejor ganarse una reprimenda de Miriam que arrepentirse más tarde por no haber hecho nada.
Kiko le explicó con pelos y señales lo que habían hablado.
Al principio, el joven pareció callarse algunos detalles para no ponerse en evidencia, como si Bermejo fuera a creer que el abogado sin licencia había vuelto a las andadas, juntándose de nuevo con indeseables.
Así que el asesor ministerial tuvo que apretarle un poco las clavijas, asegurándole que se encontraba a salvo y aquello sería casi como un secreto de confesión, pero que necesitaba todos los datos para poder ayudar a Miriam.
—Creo que está a punto de meterse en un buen lío. He hablado de nuevo con ella, pero no ha querido entrar en razón, a mí no me escucha, por eso te he llamado —dijo Kiko de corrido—. Y todo es culpa mía, no le debería haber hablado de esta gente.
—Respira, Kiko, así no vamos a ningún lado. ¿Qué ha pasado ahora para que te pongas tan nervioso? Deberías saber que tras contarle esos detalles a Miriam iba a ir hasta el final, esta chica no se arruga tan fácilmente.
—Ya, pero es que me han llegado rumores chungos que coinciden con algo que me ha dicho ella.
Me comentó que había encontrado indicios de actividades fraudulentas en una nave de Guadarranque y que pensaba acercarse por allí a meter la nariz.
Le dije que se olvidara del tema, y más si estaba metido el Turco en el asunto, un tipo peligroso que…
—¿Has dicho el Turco? —preguntó preocupado Bermejo.
—Sí, el mismo. Un antiguo policía corrupto que trabajó en la Costa del Sol antes de pasarse al lado oscuro. Creo que desapareció durante un tiempo, pero ha vuelto a lo grande. ¿Lo conoces?
Bermejo asintió en silencio sin percatarse de que Kiko no le estaba viendo.
No había tenido el disgusto de conocer personalmente al Turco, un tal Manuel Aranda, según recordaba, pero su nombre salió en alguna conversación en la sede central en Madrid.
Un tipo con muy mala baba que acabó saliendo de la policía por la puerta de atrás, aunque no conocía bien todos los pormenores de su causa.
Tendría que hablar con Mardones, seguro que él se acordaba.
O mejor no molestarle ni ponerle sobre aviso, tal vez Palacios y sus frikis pudieran conseguirle algo de información.
—Lamentablemente, he oído hablar de él no muy bien, por ser suave, pero nunca nos hemos cruzado. Imagino que ese tipo se creerá el ombligo del mundo por esa zona, ¿me equivoco?
—Es peligroso, Francisco. Gente de mala calaña, ya me entiendes, de los que no se asustan por matar a alguien y tirarlo al mar, de ese tipo de personas estamos hablando.
No sé bien lo que se trae entre manos, pero en el Campo de Gibraltar y su entorno todo el mundo sabe que no debe tocarle las narices ni asomarse por sus dominios, donde al parecer llevan a cabo algún tipo de actividad poco habitual, que es lo que Miriam intenta averiguar.
Ahora me siento mal por haberle hablado de esta gente, una nueva mafia que opera en la zona y que…
Bermejo intentaba atar cabos. ¿Qué podría guardar el Turco en aquella nave de Guadarranque?
¿Por qué tanto secretismo y esas amenazas a los clanes que operaban en la zona?
Si una periodista metía las narices en ese tipo de asuntos y le ponía en la picota de alguna manera, el Turco no se andaría con tonterías.
Si de verdad se había convertido en alguien tan miserable, Miriam se encontraba en un peligro real.
Y por lo que Bermejo conocía de ella, no pararía hasta dar con la exclusiva, pesara a quien pesara.
Por otro lado, Bermejo también le daba vueltas en la cabeza a lo que le había dicho Kiko sin darse cuenta.
Esa nueva organización clandestina, una mafia desconocida que operaba en la zona con métodos diferentes, con el Turco como mamporrero, podía estar relacionada de alguna manera con algunos de los hechos acaecidos últimamente en Marbella y aledaños.
La muerte del juez, la desaparición de un secretario judicial y veinticinco millones en criptomonedas, los tiroteos a plena luz del día y otros delitos de mayor o menor fuste habían puesto la Costa del Sol en el disparadero.
Demasiadas casualidades, su olfato de sabueso le decía que había que investigar a fondo.
Al fin y al cabo, Guadarranque y el Campo de Gibraltar se encontraban a tiro de piedra de Málaga.
Sin olvidarse de Algeciras y su gigantesco puerto, otro lugar repleto de contenedores de carga que podían albergar cualquier tipo de mercancía, como lamentablemente pudieron comprobar años atrás en el puerto de Valencia.
Bermejo dejó el bocadillo a medio camino; se había quedado sin hambre. Tenía que ponerse en marcha, antes de que fuera demasiado tarde.
—¿Alguna pista más que me pueda servir para localizar a esta gente?
—preguntó Bermejo—. No sé si sabes en qué vehículo se mueve la periodista, igual así es más fácil dar con ella.
Voy a llamarla directamente, a ver si consigo localizarla, aunque igual es contraproducente ahora mismo por si la pillo en una situación comprometida.
—No demasiado. Creo que tienen naves cerca de la desembocadura del Palmones, poco más. Escuché algo de empresas dedicadas al mantenimiento de lanchas, no tengo datos concretos. Ah, y juraría que Miriam conduce un Toyota pequeño o similar, de color oscuro.
Bermejo agradeció para sus adentros que el muchacho se hubiera tragado el orgullo para llamarle y ponerle sobre aviso.
Al fin y al cabo, sabía perfectamente lo mucho que le costaba a Kiko levantar el teléfono para pedir ayuda a alguien de su pasado.
También almacenó en su memoria el dato del coche de Miriam, por si pudiera necesitarlo más adelante.
—De acuerdo, Kiko, muchas gracias. Voy a ver lo que averiguo por mi cuenta e intentaré localizar a Miriam antes de que se meta en un lío. Y si encuentro algo de interés, llamaré a la caballería para que acabe con el Turco de una vez por todas.