Una realidad distorsionada #5
Y claro, su corazón se encogió un poco más al darse cuenta de las consecuencias.
Se encontraba tan centrada en lo suyo que ni siquiera se había percatado de lo que sucedía a su alrededor, nada menos que cuarenta y ocho horas antes.
¿Se habría visto involucrado Pablo en aquel tiroteo?
No era posible, se hubiera enterado de algún modo.
De todas maneras Miriam se sobresaltó, sin querer llamar a la mala suerte, pero sabía que su pareja también era propensa a encontrarse con situaciones complicadas, a aparecer en lugares poco apropiados en los momentos más inoportunos.
Y sabiendo que la UCO trabajaba en Marbella por un caso importante, no le extrañaba que Pablo o su equipo se vieran involucrados de alguna manera en aquel embrollo, ya fuera de forma directa al verse envueltos en el caos o indirecta, como investigadores posteriores de lo sucedido.
No se lo pensó dos veces, le daba igual si le pillaba en mal momento; necesitaba escuchar su voz y quedarse tranquila sabiendo que Pablo se encontraba bien.
Buscó nerviosa el teléfono en su bolso, sin fijarse siquiera en los mensajes y llamadas perdidas sin revisar, y marcó con angustia el número del capitán de la UCO.
Tardó cuatro tonos en responder, una espera agónica que no la ayudó a sentirse mejor. Cuando por fin Roncero contestó a la llamada, se oía de fondo el rumor de las emisoras de radio y el griterío de los periodistas o curiosos que se asomaban a un escenario criminal en aquella zona de lujo.
—Pablo, por fin te encuentro. ¿Estás bien? —soltó ella sin preámbulos.
—Sí, tranquila, yo estoy bien. Disculpa, ahora no puedo hablar. Esto es un puto desastre —la voz de Roncero sonaba quebrada, exhausta—. Tenemos tres cadáveres más y esto es un caos, te puedes imaginar. Oye, ¿por dónde andas?
—Sigo por Sotogrande, ya te dije que estaba investigando para un reportaje importante y…
—Ah, sí, es verdad —pareció recordar Pablo en un tono que no terminó de convencerla—. Espero que acabes pronto por ahí y regreses a casa, a Madrid. Esto se está convirtiendo en un polvorín y ahora no puedo pensar en tu seguridad.
—Tranquilo, ya tengo muy encarrilado el reportaje —mintió a su pesar, sabiendo que la alternativa no era mucho mejor, dispuesta a cambiar de tema enseguida—.
En las noticias dicen que ha sido un ajuste de cuentas, espero que no os salpique demasiado.
No sé si tendrá algo que ver con lo que ya estabais investigando.
Creo que los ánimos están caldeados por allí, con el asesinato del juez y alguna movida que no me enteré muy bien el otro día cuando leí un titular suelto.
¿Puede ser un caso de corrupción en el juzgado? No sé si vosotros…
Hubo un silencio al otro lado de la línea que no auguraba nada bueno. Miriam conocía ese silencio; era el muro profesional que Pablo levantaba cuando se acercaba a una zona prohibida, el famoso secreto del sumario.
—No se sabe muy bien todavía, parece una pelea entre bandas. Yo me encontraba en Málaga, pero a mi equipo les ha pillado a pocos metros, se han visto envueltos en el tiroteo y…
—¿No me digas que Milene…?
—Sí, ella y Andrade. Pero están bien, no te preocupes, se han librado por los pelos. Y del otro tema imaginarás que no puedo hablarte, seguimos investigando. Por cierto…
Un nuevo silencio se instaló en la línea y supo que Pablo iba a sentar cátedra de alguna manera que a ella no le iba a gustar.
—No me gusta que andes indagando por ahí, en sitios tan peligrosos como el Campo de Gibraltar o Algeciras, donde los narcotraficantes campan a sus anchas.
Y, por si acaso, que ya nos conocemos, no quiero que te acerques por aquí si tus pistas te indican que ese blanqueo que investigas tiene su origen o alguna de sus patas afincadas en la Costa del Sol. ¿Me has entendido?
Miriam sintió un escalofrío al escuchar a Pablo; la conocía demasiado bien y la tenía calada, sin conocer siquiera el oficial de la UCO las ramificaciones del asunto que ella investigaba.
Y eso que, instantes antes, pensó por un momento en contarle lo que le había sucedido, sin ser aún plenamente consciente de la suerte que había tenido.
Rememoró primero su reunión con Kiko y toda la documentación que había estudiado hasta tener más claro el embrollo de una organización con demasiados tentáculos.
Y entonces recordó el susto sufrido en la nave de Guadarranque, los movimientos nerviosos del Facilitador y sus hombres o la presencia insospechada de ese sumergible que parecía una bala de fibra de carbono.
Pero algo la detuvo en seco. Si se lo contaba, Pablo le ordenaría dejar el caso o, peor aún, se sentiría obligado a intervenir y arruinaría su investigación para siempre.
Tal vez fuera una egoísta o una kamikaze, pero no pensaba estropearlo todo.
Al menos de momento, claro, mientras se viera con fuerzas para continuar.
Aunque tal vez, al final, tuviera que llamar a la caballería.
—Tranquilo, ya me queda poco por aquí. Prometo tener cuidado y espero que tú hagas lo mismo, parece que Marbella se ha convertido en un polvorín —se limitó a decir.
—Eso espero, pero mantenme informado de cualquier novedad. Insiste si no te puedo coger el teléfono, pero por el amor de Dios, no te metas en más líos. Cuídate, cariño. Un beso.
—Lo mismo digo, Pablo. Hasta muy pronto.
Colgaron el teléfono a la vez y Miriam se quedó mirando el aparato.
Tal vez Pablo creyera que el peligro real estuviera afincado en Marbella y alrededores, entre casquillos de bala y mafias del Este.
Pero ella también había visto otra cara de una moneda criminal que no sabía si confluía de algún modo, con aquel dispositivo silencioso que navegaba bajo las turbias aguas de la bahía de Algeciras.
Un tipo de peligro que, de momento, no disparaba balas ni hacía tanto ruido, pero podía acabar en otro desastre de proporciones para las que no estaban preparados.
Mucho en lo que pensar y, sobre todo, que analizar antes de proseguir.
Miriam sabía que se asomaba a las fauces del lobo, o al filo del abismo, pero le daba igual.
Eso era lo que la motivaba, la chispa que le daba la vida, el peligro latente en cada esquina.
Se sentía mal por mentirle a Pablo, o más bien por ocultarle información, pero esperaba poder avanzar en su caso sin necesitar ayuda externa.
Solo le quedaba encontrar el eslabón perdido de aquella cadena logística cuyo ingrediente secreto había descubierto gracias a sus desvelos.
Una operación clandestina que tal vez la llevara a descubrir lo que de verdad ocultaba la Red del Estrecho.