El monedero del diablo (Bermejo y Roncero 7) Una realidad distorsionada #4
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Una realidad distorsionada #4

Pero aquel pequeño aparato no parecía adecuado para soportar grandes viajes ni profundidades abisales con las que evitar los sonares y los radares de vigilancia aduanera.

Ese sumergible era otra cosa, aunque también estaba diseñado de forma específica para alguna tarea especial y fundamental para sus dueños.

Los obreros se afanaban en su tarea, trabajando sobre una de las compuertas y el lateral del submarino.

Utilizaban la resina epoxi, el soldador y otros elementos que no lograba diferenciar desde su posición.

Tal vez estuvieran sellando algún compartimento estanco para que no se filtrara el agua, una idea que le vino entonces a la cabeza, totalmente plausible.

Si pretendían transportar algo delicado en su interior se convertía en una maniobra de lo más corriente, sobre todo si ya se habían detectado fugas o problemas derivados de la navegación en el pasado.

Desde allí, Miriam no podría averiguar lo que transportaban y quizá, en ese momento de precariedad, era lo menos importante de la ecuación.

Sí pudo colegir, al menos en su modesta opinión tras ver el secretismo y los nervios con los que todos se movían en aquella nave, que aquella construcción era una parte importante en la infraestructura de la organización.

Ignoraba si era el único dispositivo similar o sí contaban con más sumergibles en su poder, pero se trataba de un elemento diferenciador de la red y por eso lo cuidaban con mimo.

Miriam se lo imaginó como una moderna mula de carga diseñada para navegar entre dos aguas, transportando toneladas de lo que fuera sin ser detectada.

Quizá trabajara entre algún buque nodriza cercano a la bahía de Algeciras, o un portacontenedores con bandera de un lejano país, y esa nave industrial con acceso fluvial u otras similares repartidas por la comarca.

Si aquella organización pretendía introducir en España algún tipo de material que no querían que pasara por las aduanas oficiales, la mejor manera era utilizar ese tipo de aparatos para esquivar los radares policiales.

De ese modo, una vez llegara el submarino a su destino, podrían estibar la mercancía recién recogida en los muelles improvisados de aquella nave con acceso directo a los canales de agua que comunicaban con mar abierto.

Una forma sibilina y muy audaz de engañar a las autoridades.

La periodista sintió un ligero estremecimiento y algo hizo entonces clic en su mente.

No creía que fuera droga lo que transportaban, o al menos no solo eso.

Vio cómo una grúa pequeña depositaba con mimo unas cajas estancas de aluminio reforzado, selladas con códigos QR y etiquetas de tránsito internacional.

Eso le hizo acordarse de la dichosa triangulación de la que habló con Kiko en su encuentro.

Ahí entraba también Dubái y toda la estructura societaria de la que creía haber destapado parte de su funcionamiento interno a la hora de organizar sus operaciones transnacionales.

Tal vez el dinero se moviera en la nube, pero la tecnología que permitía ese movimiento, ya fueran servidores de última generación, tecnología de grado militar o incluso los propios activos físicos resultantes del blanqueo, necesitaba un transporte que no dejara rastro en las aduanas de Algeciras.

Y los criminales habían encontrado un modo original y discreto que satisficiera todas sus demandas.

De repente, un todoterreno negro con los cristales tintados frenó en seco frente a la oficina de la nave.

De él bajó un hombre corpulento, ataviado con ropa de faena, nada tan llamativo como el traje de lino de su colega.

No emanaba el nerviosismo del otro individuo, al contrario, emitía una particular aura que le llegó a Miriam hasta su posición.

Se movía con una urgencia algo ansiosa, mirando constantemente por encima del hombro mientras los obreros allí reunidos parecían cuadrarse ante su llegada.

Le pareció otro miembro relevante de la organización que no sabía muy bien qué papel ocupaba en el organigrama, aunque parecía importante.

Miriam contuvo el aliento y disparó una ráfaga con su cámara, aprovechando el traqueteo de un camión que pasaba por la carretera cercana para ocultar el sonido del obturador.

—Estáis nerviosos —murmuró ella, sintiendo cómo el corazón le golpeaba las costillas—. Algo no funciona como es debido en vuestra cadena de suministros, debo averiguar lo que sucede realmente.

Miriam se dispuso a tomar una última ráfaga de fotos, asegurándose de que el sensor captara el brillo del aluminio de las cajas y la cara del que parecía un contable y también del recién llegado.

Pero, justo cuando terminaba la tarea, un sonido extraño cortó el aire: el crujido metálico de algo pesado sobre la chatarra, justo a su espalda.

No fue un descuido de ella, ni mucho menos.

Fue el viento, algún gato despistado o quizá el destino, nunca lo sabría.

Una de las planchas de zinc que le servía de parapeto cedió unos milímetros bajo su peso, emitiendo un chirrido agudo, casi un lamento que sonó como una detonación en aquel entorno repleto de hombres susceptibles.

En la nave, un silencio atronador se apoderó del ambiente.

Los obreros dejaron de maniobrar con sus herramientas, los tipos importantes se callaron y por un instante, toda la escena se detuvo como por encanto.

Miriam contuvo el aliento, con el corazón martilleando contra sus costillas con tanta fuerza que temió que los hombres pudieran oírlo desde su posición.

—¡Eh! ¿Quién anda ahí? —bramó una voz ronca desde la entrada de la nave.

Miriam creyó que se trataba del hombre que acababa de llegar en el todoterreno, pero no quiso arriesgarse a comprobarlo asomándose ni un centímetro fuera de su precaria situación.

Entonces vio de manera tangencial, casi por el rabillo del ojo, cómo un tipo de complexión hercúlea señalaba hacia su duna de escombros.

Miriam no esperó a comprobar si la habían visto bien o si solo era una sospecha de que algo extraño sucedía.

Se colgó la cámara al cuello, se pegó al suelo todo lo que pudo y gateó con una agilidad que no sabía que poseía hacia la sombra de unos matorrales secos.

Desde allí quizá tuviera una oportunidad de escapar.

Escuchó pasos pesados corriendo sobre el hormigón, gritos y prisas apresuradas en una nave en pie de guerra.

El sonido de un motor arrancando, no sabía muy bien si se trataba de una motocicleta o quizá un quad, la espoleó para salir a escape de allí.

Corrió agachada, con los pulmones ardiendo por el aire cargado de azufre de la refinería, hasta alcanzar el Corolla, oculto tras una fila de contenedores oxidados mientras las primeras sombras del invierno comenzaban a devorar la tarde.

Entró en el vehículo, arrancó el motor sin encender las luces para no revelar su posición y salió de allí derrapando sobre el barro seco, con la vista fija en el retrovisor.

No vio faros siguiéndola, pero el sudor frío que le recorría la espalda le decía que había escapado por los pelos de una trampa mortal.

Ignoraba si alguno de los allí presentes podía dar una descripción decente de ella o de su coche, pero sí sabía que habían detectado su presencia.

Y eso solo podía significar problemas a corto plazo; su anonimato en la zona había saltado por los aires, por lo que ahora tendría que moverse de otro modo, sin hacer sonar las alarmas de unos tíos ya de por sí paranoicos.

Media hora más tarde, Miriam cerró la puerta de su alojamiento en Sotogrande con doble vuelta, temerosa por lo que pudiera pasar.

Nada más entrar, se apoyó en la pared del recibidor, contenta por haber salido del trance sin ningún rasguño.

De todas formas, notó enseguida que todavía tenía los nervios a flor de piel, sobre todo al cerciorarse de que no podía evitar el temblequeo de sus manos mientras buscaba el interruptor de la luz.

El silencio de la casa la recibió como un bálsamo, pero la inquietud seguía allí instalada, pegada a su piel como el polvo de Guadarranque.

Aquel alojamiento no contaba con mueble bar, y en aquellos momentos un buen trago de licor de alto octanaje quizá le ayudara a templar los nervios.

Tampoco pensaba salir ahora a la calle, por lo que tendría que calmarse de otra manera.

Y aquel silencio sobrecogedor tampoco ayudaba a mitigar sus temores, por lo que necesitaba ruido que la hiciera entrar de nuevo en contacto con la realidad.

Encendió la televisión por pura inercia mientras se despojaba de la chaqueta, lanzándola sobre el sofá sin miramientos. Se encaminó a la cocina por si encontraba por allí alguna botella olvidada de vino, pero se detuvo en seco al oír una palabra que la hizo girarse hacia la pantalla: Marbella.

«...Se ha producido un terrible tiroteo a plena luz del día en el centro mismo de Puerto Banús», decía la presentadora con un tono de urgencia que Miriam conocía demasiado bien.

«Se habla de un ajuste de cuentas entre bandas internacionales.

La policía ha acordonado la zona y se confirman varias víctimas mortales y numerosos heridos... ».

Miriam se quedó petrificada, con el bolso todavía en la mano.

Las imágenes grabadas con móviles mostraban el caos desatado a su alrededor en lo que parecía el famoso muelle de Ribera de Puerto Banús en una tarde de sábado para olvidar.

Después, los reporteros mostraron imágenes más actuales, enfocando los numerosos casquillos encontrados en un escenario criminal en el que las fuerzas del orden desplegaban sus efectivos para hacerse cargo de la situación.

Su mente, que todavía procesaba la imagen de la silueta gris del sumergible y las cajas con códigos QR, intentó encajar la pieza de Marbella en el puzle.