El monedero del diablo (Bermejo y Roncero 7) Una realidad distorsionada #3
52%

Una realidad distorsionada #3

Caminó con cuidado por los terrenos colindantes con la desembocadura del Guadarranque, bordeando los límites de las instalaciones industriales de la refinería.

El aire allí tenía un sabor metálico, denso, que le impedía respirar con normalidad.

No ayudaba tampoco el escape de los cargueros que esperaban turno en la bahía de Algeciras.

Se había colado en el patio trasero del Campo de Gibraltar, un laberinto de cañizos, naves de chapa ondulada y desguaces alegales que servían de pantalla para todo lo que no debía ser visto desde el aire. El mejor escondite del mundo.

Antes de continuar, revisó la captura de pantalla que había guardado en su móvil, un extracto del Registro Mercantil que mencionaba una sociedad limitada, Servicios Náuticos Bahía, con domicilio social en una nave de la desembocadura del Guadarranque.

Una sociedad que aparecía en algunos de los papeles en los que había estado trabajando en las últimas semanas.

Había llegado hasta allí tirando del hilo de una serie de facturas de suministro eléctrico desorbitadas para una empresa que, sobre el papel, solo reparaba fuerabordas.

Alguien estaba consumiendo mucha energía en esa nave, y no era para iluminar oficinas.

Y lo extraño era que aquellos albaranes se mezclaran con otro tipo de transacciones que no tenían nada que ver, algo que la escamó desde un principio.

Miriam se agazapó tras una duna de escombros y sacó sus prismáticos de alta definición.

Al otro lado de una valla de tela metálica rematada con concertinas se alzaba una nave que no figuraba en los mapas oficiales de la zona.

Astilleros del Sur, rezaba un cartel desconchado que colgaba de un solo tornillo.

No era el mismo nombre empresarial que le había llamado la atención, pero su instinto se activó y decidió echar un vistazo más largo.

—¿Quién será ese tipo trajeado? —susurró Miriam, ajustando el foco, tras recorrer todo el entorno con los bifocales en busca de la presa perfecta y toparse con un individuo que no le cuadraba en ese ambiente.

Allí no se cruzó con coches o yates de lujo, y aquel tipo tan estirado, vestido con un traje de lino que no pegaba en ese entorno, parecía ajeno al submundo que Miriam había encontrado tan cerca de la bahía de Algeciras.

Por allí pululaban obreros con monos de trabajo aceitosos y gestos de pocos amigos, moviendo unos bidones de resina epoxi y ese hombre no pintaba nada allí plantado, a no ser qué en realidad fuera el jefe de semejante tinglado.

O alguien con mando en plaza, quizá enviado por el que de verdad partía el bacalao.

¿Se habría topado al fin con el rastro del famoso Facilitador?

Quizá fuera su día de suerte, por lo que la periodista decidió forzar un poco más la máquina antes de escabullirse sin que la vieran.

—Veamos qué escondéis —musitó.

Lo que vio no cuadraba demasiado con una reparación náutica convencional, todo realizado en una nave supuestamente dedicada a esos menesteres.

Lo que sí percibió fue una tensión eléctrica en el ambiente, algo que se palpaba de una forma casi física.

También divisó a otro grupo de tres hombres, con tatuajes en brazos y cuello, que vigilaba el perímetro de la rampa de botadura con los típicos gestos de quien no tiene nada que perder.

No parecían simples estibadores ni obreros fluviales.

Al contrario, le llamó la atención su actitud un tanto chulesca.

Se movían como si realizaran una vigilancia demasiado agresiva: llevaban las manos muy cerca de las cinturas, donde el bulto de las armas cortas era evidente bajo las camisetas sudadas.

Entonces vio una forma extraña que despertó mucho su interés. Debía acercarse más o buscar un mejor sitio de acomodo para fiscalizar aquel elemento diferente que parecía ser el foco de todo.

Antes de colocarse en un parapeto mejor, Miriam comprobó que otra cuadrilla de individuos parecía cargar unas cajas de polímero negro, del tamaño de maletines de herramientas.

La rapidez con la que trabajaban denotaba urgencia, casi desesperación.

Incluso se percató de que uno de los hombres discutía acaloradamente por teléfono, gesticulando hacia el horizonte y mirando en dirección al mar.

No parecía una charla de negocios, más bien se disculpaba o pedía algún tipo de favor.

En la otra esquina se encontraba el grupo más numeroso de personas, media docena de hombres sudorosos moviendo bidones, gritando consignas, y el tipo trajeado, allí plantado en medio de aquella coreografía pasada de moda.

Miriam no sabía bien dónde mirar, así que decidió buscar de nuevo aquella forma peculiar tapada de forma algo tosca.

Sus ojos se dirigieron hacia el verdadero punto caliente de una nave perdida de la mano de Dios. Y entonces, como si todos los peligros a los que se había enfrentado en el pasado se le aparecieran de nuevo en su mente para atormentarla, un siniestro presagio le nubló la vista por un instante.

«¿Qué es eso?», se preguntó Miriam.

Volvió a ajustar los prismáticos y siguió observando aquel esquinazo donde parecía haber más ajetreo en esos momentos.

Divisó unos movimientos extraños en la zona de la rampa de botadura y reparó en algo similar a una lengua de hormigón que se hundía en las aguas turbias del río.

Bajo una red de camuflaje de grado militar, medio sumergida en aquel canal maloliente, se adivinaba una silueta que no guardaba ninguna relación con la náutica de recreo a la que se dedicaban en aquella empresa, al menos según los papeles oficiales.

Se formó un pequeño remolino de personas alrededor de aquella construcción hasta entonces oculta.

Alguien probó un soplete de acetileno en medio de la nave, arrojando destellos de fuego que iluminaron los rincones más oscuros, por lo que Miriam se ocultó aún más tras su parapeto antes de ser pillada in fraganti .

El Facilitador, o el tipo al que había llamado así en su mente tras verlo en acción, habló en voz baja con dos hombres que se le acercaron y después impartió en voz alta otro par de órdenes al grueso del grupo de obreros vestidos con monos de trabajo.

Órdenes que la periodista no terminó bien de comprender desde la distancia por mucho que las gritara, pero algo le quedó claro.

Esos movimientos nerviosos le indicaron la urgencia del tipo por qué se solucionara alguna clase de problema que tenían con aquella construcción.

Uno de los obreros levantó entonces la protección que cubría el elemento diferenciador que tal vez le acercara a su objetivo y Miriam preparó de nuevo los binoculares, ajustando los parámetros para no perderse ni un detalle. Y entonces salió definitivamente de dudas.

Aquella lengua extraña, lo que parecía una pestaña gigante de color gris mate, se convirtió en un aparato de unos seis metros de largo.

Una estructura opaca que parecía construida con fibra de carbono y kevlar, sin ningún distintivo en su superficie que pudiera llamar la atención.

Ni nombre escrito, ni luces o faros a simple vista.

Parecía una bala gigante o un arma submarina a punto de ser introducida en su tronera particular dentro de una embarcación más grande. ¿Y si…?

«¡Claro, eso es!», se sorprendió Miriam al percatarse de la realidad.

No era un proyectil de seis metros a punto de ser cargado en el tubo porta torpedos de un submarino, pero tenía mucho que ver con ese tipo de tecnología.

Aquel engendro marino parecía un sumergible o semi sumergible rígido, una construcción fabricada con un francobordo tan bajo que en mar abierto sería invisible para cualquier radar convencional.

Miriam intentaba atar cabos a toda velocidad, con la adrenalina recorriendo su cuerpo al darse cuenta de lo que significaba aquel descubrimiento.

Si la red que perseguía utilizaba ese tipo de infraestructura era por alguna muy buena razón.

Y allí estaba ella para averiguarlo, aunque supiera que, cuanto más tiempo permaneciera allí agazapada en tan mala posición, más posibilidades había de que la descubrieran.

Y no le apetecía lo más mínimo enfrentarse a esos hombres rudos y acabar destripada, o algo peor, antes de dar con sus huesos en el fondo de cualquiera de los canales que circundaban aquella vetusta nave industrial.

«¿Para qué querrá esa gente un sumergible de esas características?

», se preguntó entonces. No parecía un submarino capaz de sumergirse o navegar a grandes profundidades, ni tenía la capacidad suficiente para transportar cantidades importantes de droga o de otras mercancías.

Y mucho menos si el viaje se realizaba a través del peligroso océano Atlántico desde alguna costa sudamericana hasta arribar a territorio de la península ibérica.

Miles de kilómetros de travesía, impensables para un aparato de semejantes características.

Miriam recordó un reportaje en el que participó de forma tangencial cuando tuvo conocimiento de los narco submarinos que habían sido interceptados en territorio español en los últimos años, transportando toneladas de cocaína desde Sudamérica hasta las costas gallegas principalmente.

Una logística y una tecnología de nueva generación, específicamente diseñada para una función que parecía algo irreal hasta entonces: el transporte clandestino de droga a través del océano, en condiciones inhumanas para los pobres desgraciados que tenían que acompañar esos envíos encerrados en un ataúd de metal bajo toneladas de agua helada del Atlántico.

Todo para evadir a las autoridades y los controles fronterizos que tantos quebraderos de cabeza les acarreaban a los grandes empresarios de la cocaína en el mundo.