El monedero del diablo (Bermejo y Roncero 7) Una realidad distorsionada #2
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Una realidad distorsionada #2

«¿Y qué significaba todo esto, aparte de lo obvio?

», se preguntó Miriam: que se trataba de zonas de negocio particulares con sus propias normas.

Lo de la propiedad extranjera permitía un control total de la empresa, sin necesidad de un socio local emiratí.

Con sus formidables ventajas fiscales conseguían una exoneración de impuestos de sociedades o renta, y la remisión total de capital y beneficios.

Además, lograban una liberación de derechos de aduana dentro de la zona franca, todas especializadas en sectores específicos (tecnología, medios, finanzas, logística o comercio).

De hecho, la JAFZA les servía para eso y mucho más, ya que se trataba del área franca más grande de la región, específica para logística, fabricación y comercio.

Una amalgama ideal para todo tipo de transacciones mercantiles internacionales, en unos lugares en los que, seguramente, no se declararía oficialmente ni la mitad de lo que se desembarcaba.

Sin olvidarse de los petrodólares que se moverían en un entorno similar para que los ojos adecuados miraran para otro lado.

Si sucedía en aduanas supuestamente controladas y legales de media Europa, nadie se sorprendería de que ocurriera también al otro lado del mundo.

Las ideas revoloteaban en su mente, aquello parecía mucho más grande de lo que había supuesto en un principio.

Sus dedos recorrieron la tinta de las notas garabateadas con prisa sobre el famoso Facilitador, el verdadero nexo que unía la realidad de los puertos españoles con las entregas por medio mundo.

Un individuo que no se correspondía con el fenotipo de los narcos locales, esos clanes familiares acostumbrados a los fardos de droga y lanchas rápidas quemando fuel a reacción.

Más bien se trataba de un ejecutivo leal, un arquitecto de lo ilícito.

Alguien que transformaba toda esa mercancía y el beneficio obtenido de forma fraudulenta en dinero contante y sonante, blanqueado de tal manera que no pudiera llamar la atención de las autoridades.

«¿Y si las dichosas criptomonedas incautadas en Marbella pertenecían a esta trama?

», se preguntó Miriam al relacionar todo que sabía.

Kiko lo había dejado caer, sin querer, cuando ella le preguntó por el nombre de la organización.

Él solo mencionó que se trataba de una amplia red que trabajaba desde América hasta Asia, pasando por Europa.

Un grupo fuera de la ley que operaba con un punto central como nudo de comunicaciones, el estrecho de Gibraltar.

Así que Miriam, al menos en sus notas, comenzó a llamar a aquella mafia desconocida como la Red del Estrecho.

No conocía mucho del mundo de las criptomonedas o los activos digitales, pero sabía que ese dinero no podía quedarse de modo indefinido flotando en redes virtuales.

Necesitaban una salida física, una transformación en activos que pudieran tocarse.

Y ahí entraba su intuición periodística, los silencios de Kiko o los datos que había obtenido en los últimos días.

Todo apuntaba a una dirección a la que quería acercarse, al menos para echar un vistazo, intentando no meterse en demasiados líos.

Por su bien y por el de Pablo, que pondría el grito en el cielo en cuanto se enterara de sus intenciones.

Su mejor baza eran unos astilleros clandestinos de los que había oído hablar, aunque fuera de forma velada.

Tenía una pista sobre una nave industrial situada entre las desembocaduras de los ríos Palmones y Guadarranque, en pleno Campo de Gibraltar, a escasa distancia de Algeciras.

Un lugar estratégico, escondido pero a mano de todo, en el que el óxido y el abandono a ojos vista podían servían de camuflaje perfecto para cualquier tipo de ingeniería avanzada al servicio del crimen.

Aunque en ese momento ignoraba lo que de verdad ocultaba semejante agujero en el infierno.

No había marcha atrás, estaba decidido. Solo le quedaba prepararse para una misión de las suyas, una en la que esperaba no tener que jugarse la vida.

Intentó calmarse antes de su nueva función, inhalando y exhalando aire con fuerza, en busca de esa templanza que le sería muy necesaria a la hora de la verdad.

Se miró en el espejo del pasillo antes de salir, con algo de coquetería casi olvidada.

Seguía teniendo ese encanto personal que los fotógrafos perseguían en las presentaciones de libros, el atractivo de una mujer que ya no era tan joven, pero todavía arrancaba miradas de envidia o admiración cuando se arreglaba para algún evento especial.

Bajo esa mirada sofisticada ocultaba también una frialdad que solo otorgaba el sufrimiento al que se había enfrentado en el pasado.

En algunas de esas ocasiones a las que el coronel Antúnez, el jefe de Pablo, solía llamar sus intromisiones, había salido escaldada para lograr sus objetivos.

No terminaba de comprender que cada paso que daba fuera de la ficción podía poner en jaque la carrera de su pareja y, posiblemente, su propia vida.

Pero su instinto era mucho más fuerte que el miedo, por lo que se preparó para una nueva aventura emocionante que le diera sentido a su vida.

—Solo voy a echar un vistazo, nada más — se mintió Miriam a sí misma mientras cogía las llaves del coche y su cámara de alta gama camuflada en un bolso de lona—. Solo una inspección ocular de rutina, no pienso meterme en ningún lío.

Se caló unas gafas de sol de pasta ancha, se recogió su pelo lacio en una coleta tirante, salió al garaje y se montó en el aburrido Toyota Corolla que había alquilado para la ocasión, dispuesta a pasar desapercibida en un mundo en el que quizá no sería bienvenida.

No creía tener el control de la situación, pero se obligó a calmarse, buscando los puntos fuertes de un plan con demasiadas fisuras.

De ese modo, mientras enfilaba la salida de Sotogrande en dirección a Algeciras, una punzada de ansiedad comenzó a recorrerle el estómago.

Quizá se tratara de una premonición, ya que estaba a punto de patear en aquel puerto clandestino un termitero demasiado grande para una única persona.

Enseguida saldría de dudas, solo esperaba tener una pizca de suerte para dar con el rastro adecuado sin demasiados rasguños.

Se detuvo un momento en una zona de servicios de la CA-34, un lugar lo suficientemente vulgar para no llamar la atención.

Miriam se cambió los tacones por unas deportivas desgastadas y se puso un cortavientos oscuro de marca técnica, de esos que usaban los regatistas y que le hacían parecer una profesional de la náutica o, en su defecto, alguien que sabe pasar desapercibida entre el mobiliario portuario.

Algo complicado de conseguir, pero que no iba a arredrarla a esas alturas.

En su camino hacia su destino dejó a un lado la desembocadura del rio Palmones, más cercana a Los Barrios.

En aquel núcleo logístico y de polígonos industriales, flanqueado por una zona de marismas y un paseo marítimo con vistas a las grúas del puerto de Algeciras, no creía poder encontrar su particular cueva del tesoro.

Y es que ella buscaba un lugar oculto a plena vista, donde tal vez pudiera responder a algunas de las preguntas que pululaban por su mente.

Así que regresó a su vehículo y siguió buscando su particular aguja en el pajar.

Quizá obtuviera más premio en las inmediaciones de la desembocadura del Guadarranque en San Roque, ese escenario real de los narcos locales, acostumbrados a un lujo decadente que no pegaba en aquel entorno.

A la sombra de una gigantesca refinería, Miriam fue consciente del contraste de aquel inframundo industrial en el que parecía una simple hormiguita buscando la salida.

La había sobrecogido el enorme tamaño de algunos elementos allí reunidos.

A un lado, las torres de fraccionamiento de la refinería escupían llamaradas de gas sobrante sobre el cielo azul; al otro, se cruzaba con diferentes naves de chapa oxidada decoradas con todo tipo de grafitis.

El pavimento no era un asfalto limpio e impoluto, más bien transitaba por una mezcla heterogénea de gravilla, restos de redes de pesca y manchas de aceite que formaban extraños arcoíris en el suelo.

Un entorno brutalista que no olía precisamente a mar. La mezcla pesada de azufre, gasoil quemado y lodo podrido de las marismas al bajar la marea se convertía en un olor agreste, un hedor insano que se le pegaba en la garganta y le hacía sentir que sobraba en aquel submundo real e imposible.

En ese lugar angosto, turbio y desasosegante a plena luz del día, una zona de guerra en la que se mezclaban naves industriales aparentemente abandonadas con chalets impresionantes con sus propios embarcaderos privados, creyó encontrar la senda definitiva.

Aparcó el Toyota tras un contenedor de escombros en una calle sin salida donde el asfalto moría en un terraplén repleto de cañizos y barro.

Al bajar del coche, el aire la recibió con un bofetón de olor a brea y marejada estancada.

Tal vez tuviera suerte, aquel sitio parecía especialmente diseñado para que nadie mirara dos veces.

Solo le quedaba encontrar el escondite perfecto en el que la logística legal de los puertos se mezclaba con las irregularidades que de verdad le hacían ganar dinero a los amos de todo aquel engranaje.

—Bienvenidos al patio trasero del mundo —murmuró Miriam, ajustándose la correa de la cámara—.

Aquí es donde tal vez los números virtuales de esos empresarios de éxito se convierten por arte de magia en dinero contante y sonante.

O al menos, en algún tipo de mercancía o transacción que le permita encaminarse hacia su objetivo.