Una realidad distorsionada
Miriam Monfort cerró los ojos y dejó que el silencio de la urbanización de Sotogrande la envolviera, aunque fuera solo por un instante.
Llevaba todo el fin de semana dándole vueltas a los ingredientes de una operación complicada, una que había pasado de ser una suma sencilla a una ecuación diferencial de orden superior con diferentes grados de complejidad.
Contempló la panorámica a través del ventanal del salón de su alojamiento temporal, tratando tal vez de atemperar lo que agitaba su mente.
Recrearse en aquella hermosa estampa, la imagen del Mediterráneo extendiéndose como una balsa de aceite azul verdosa hasta donde alcanzaba la vista, le habría servido en otras ocasiones para oxigenarse y tomar distancia con lo que estaba por llegar.
Pero en ese momento, con la cabeza a punto de estallar por las ideas que se interconectaban a toda velocidad en su cerebro, no logró ese objetivo ni por asomo, porque la quietud del mar en calma contrastaba violentamente con el caos que bullía en su cabeza y, sobre todo, con el maremágnum de datos cruzados que llenaban las páginas de su cuaderno de notas.
Sobre la mesa de cristal del apartamento, su ordenador portátil emitía un zumbido casi imperceptible, un hormigueo ininteligible que la anclaba a su presente, sin saber todavía lo que la depararía el futuro.
Un sonido hueco que le servía para poner los pies en el suelo y recordarle que aquella jaula de oro convertida en refugio de lujo en su aventura por el triángulo de las Bermudas no podía convertirse en algo estable.
De ahí su nerviosismo ante los siguientes pasos que debía acometer si quería meterse de lleno en las fauces del dragón.
La realidad de sus últimos años la golpeó con saña, sin avisar, devolviéndole flashes inconexos de algunos de los sucesos más traumáticos por los que había pasado en su vida.
Y no solo por su mala cabeza a la hora de involucrarse demasiado en investigaciones periodísticas que se habían salido del guion establecido.
Se levantó para servirse un café cargado y notó la rigidez de sus hombros.
Ser la pareja de Pablo Roncero nunca había sido fácil, pero tras años inciertos, cambio de planes y roles en una pareja con altibajos, pensaba que había llegado el momento de centrarse un poco y disfrutar de su vida en común.
Algo que sus respectivos trabajos no permitían con sencillez, encargándose siempre de poner piedras en un camino de por sí arisco y complicado para dos personas de carácter y fuertes convicciones.
Recordó con una sonrisa amarga de contradicción una época en la que ambos se centraron en sus respectivos oficios, pasando más tiempo en aviones y hoteles por media Europa, cuando Pablo trabajó para la Interpol y Miriam se dedicó a labores de marketing y promoción de sus exitosas novelas.
Una época en la que, casualmente o no, tuvieron menos quebraderos de cabeza, menos discusiones entre ambos y, sobre todo, menos peligro a la hora de enfrentarse a esos monstruos que acechaban tras las esquinas.
«¿Qué nos ocurre?», pensó Miriam. La escritora nunca podría olvidar la forma en la que volvieron a coincidir Pablo y ella en la vida, durante un enfrentamiento contra el mal absoluto que les dejó a ambos cicatrices de por vida, físicas y mentales, que le recordarían siempre el precio de la verdad.
Una pesadilla común que acabó por unirlos de una forma que quizá un psicólogo de prestigio calificaría como demasiado traumática y poco afortunada para sentar las bases de una relación duradera a través de los años.
Una relación que, con el tiempo, se había convertido en un delicado equilibrio de silencios pactados.
Algo que parecía haberse moderado hasta que Álex Barreiro apareció en sus vidas para ponerlas de nuevo del revés, en un duelo a muerte con consecuencias funestas para algunas de las personas que más estimaba en el mundo.
Una confrontación venenosa en la que se vio involucrada sin comerlo ni beberlo, y no precisamente por su mala cabeza a la hora de afrontar sus investigaciones periodísticas, sino por un cúmulo de desgraciadas casualidades que a una mente destruida le convino para montar su propio aquelarre contra lo que consideraba eran sus enemigos acérrimos.
En sus discusiones a lo largo de semejante trayectoria, siempre había un mantra que flotaba en el ambiente, algo que su pareja se encargaba de repetirle sin cesar, a veces de manera algo insistente y cansina.
Una idea que Miriam podía entender, ya que para que el capitán de la UCO pudiera centrarse en su complicado trabajo, debía al menos sentir que ella se encontraba a salvo, lejos de peligrosos criminales que pudieran hacerle daño de algún modo.
Pero algo que no podía compartir, porque su alma errante de aventurera no le permitiría abandonar sus instintos más primarios.
Pablo quería algo muy simple y a la vez complicado de lograr.
Solo pretendía que se centrara en sus novelas y se olvidara de peligrosas incursiones en busca de esa exclusiva que la pusiera de nuevo en el disparadero.
Incluso podía evocar sus palabras en alguna de esas muchas ocasiones en las que el tema había vuelto a la palestra.
—Tú solo tienes que escribir, Miriam, olvídate de otras historias. Inventa monstruos de papel, de esos que no muerden. Y déjanos a los que trabajamos en esto que nos enfrentemos de verdad a esos miedos que acechan a nuestra sociedad.
En el rostro de Miriam amaneció una especie de sonrisa triste que pronto se desdibujó.
Podía ver a Pablo de pie en su salón, con esa mirada de amor que le seguía regalando a pesar del tiempo transcurrido, pero con ese punto de miedo que asomaba en sus pupilas al conocer el alma libre de su pareja.
Él no terminaba de comprender su obsesión por el peligro y en ese momento, como si un mazo le hubiera golpeado la cabeza, Miriam comprendió que tal vez era ese peligro la única manera de sentirse viva y de que lo suyo funcionara, aunque fuera de un modo que podría sorprender a los más convencionales.
Evocaba esa voz ronca de Pablo, cargada de misterio en ocasiones, que tanto le había atraído desde un principio.
Pero también, gracias a tantas vicisitudes juntos, aprendió a descubrir esos otros matices que no destellaban tan a la ligera.
Esos vestigios escondidos, esa pátina de realidad que también anunciaba lo que de verdad su dueño sufría en silencio.
Un timbre sonoro que hablaba desde el corazón, intentando ocultar en el color de su voz lo que su mente no lograría erradicar jamás, el horror de haber visto demasiada sangre real que lo atormentaba en los peores momentos.
Ella lo intentaba, pero era superior a sus fuerzas.
Sus bestsellers le daban una posición acomodada, una fama que a veces usaba como escudo y otras como llave, pero la ficción siempre se le quedaba demasiado corta, aunque estuviera inspirada en hechos reales.
La adrenalina de sus andanzas en pos de una exclusiva candente era una droga de la que no lograba desengancharse, algo que su viejo amigo Pinilla le había inculcado desde sus primeros reportajes.
Una costumbre demasiado arraigada en sus huesos, muy complicada de erradicar.
—El problema, Pablo, es que tus monstruos y los míos beben del mismo abismo —susurró para sí misma, mirando el esquema que había dibujado en una pizarra blanca portátil.
Miriam repasó los datos que había recopilado tras su charla con Kiko.
Ni siquiera tuvo en cuenta que su investigación pudiera cruzarse con la de Pablo en Marbella, aun suponiendo que la muerte de un juez, la desaparición de un secretario judicial en ejercicio y la incautación de millones de euros en criptomonedas estuvieran relacionadas de alguna manera con la triangulación logística que llevaba pintada en una servilleta de bar.
Un sumario secreto del que se habían ido filtrando detalles en los medios, para desgracia de las autoridades que pretendían ponerle coto, por lo que la periodista conocía ciertos datos que la reafirmaban en su tesis de confluencia futura.
Lo que a ella de verdad le quemaba en las manos era la red logística planteada por Kiko, y todo aquel engranaje siniestro en el que el misterioso Facilitador o el más terrenal Turco tenían mucho que decir.
Unos nombres de chiste en una organización que no se andaba precisamente con tonterías.
Y con unos jefes que parecían lejanos, tal vez en Oriente Medio, en alguno de esos emiratos cargados de petrodólares donde se hacían pocas preguntas.
De ese modo descubrió el rastro de tres empresas de importación y exportación con sede en una de las zonas francas de Dubái, la Jebel Ali Free Zone (JAFZA). Miriam no conocía mucho de esos entramados, por lo que tuvo que documentarse a la carrera.
Al parecer, las zonas francas de Dubái eran áreas económicas especiales que permitían el cien por cien de propiedad extranjera, aparte de proporcionar una exención de impuestos corporativos y sobre la renta, y un cero por ciento de aranceles de importación o exportación.
Algo que le venía que ni pintado a una organización transaccional con intereses en medio mundo.
Diseñadas para impulsar la inversión de un modo bastante opaco, estas áreas ofrecían además infraestructura moderna y visados de residencia para empleados.