Una orden que ni pintada
El móvil sobre la mesa empezó a vibrar con una insistencia casi agresiva. Bermejo no necesitó mirar el visor para saber quién era, esperaba su llamada.
—Ya estabas tardando, Mardones. Supongo que estás viendo el mismo circo que yo —contestó Bermejo sin apartar la vista de la pantalla.
—¡Joder, Paco! Esto es un desastre de proporciones épicas.
—La voz del secretario de Estado sonaba tensa, de esas veces en las que cantaba a la legua que el ministro ya le había leído la cartilla—.
El teléfono no ha parado de sonar desde anoche, me van a volver loco, y eso que estamos en fin de semana.
Y puedes imaginarte cómo están los ánimos en las altas esferas.
No pongo la mano en el fuego por nadie, aquí van a rodar cabezas y puede que la mía sea una de ellas.
—Ya será menos, jefe. Seguro que sabes capear el temporal, a un viejo zorro como tú no le van a asustar ahora estas cosas.
—No sé, amigo, estoy cansado de tantas historias. Igual ya va siendo hora también de jubilarme, debía haberte hecho caso hace tiempo.
—¡Ah, no! De eso nada, ahora no me puedes dejar con el culo al aire.
Seguro que puedo hacer algo para ayudar desde aquí.
Aunque no sé por qué está todo el mundo tan alterado, no es la primera vez que se produce un tiroteo entre bandas en Marbella.
Es algo que está a la orden del día en los últimos años, no sé de qué nos sorprendemos a estas alturas del partido.
—Es cierto, pero esto parece que es la gota que colma el vaso, ya sabes.
Tengo al embajador de Arabia Saudí colgado de mi chepa, hay varios heridos de esa nacionalidad.
Por no hablar de los británicos; una camarera inglesa está muy grave en el hospital después de recibir una ráfaga de metralleta.
Un camarero español muerto en la refriega, multitud de daños en establecimientos, coches de lujo y yates atracados.
Y un escándalo internacional que no habla nada bien de la seguridad en nuestro país, te puedes hacer una idea.
Eso sin contar los muertos y heridos de las dos bandas enfrentadas.
—¿Se sabe ya qué ha pasado? Creo que la UDYCO, la Guardia Civil de Marbella y la policía local están investigando el tema.
—Un enfrentamiento entre clanes, no se sabe muy bien lo que ha ocurrido —continuó Mardones, soltando un suspiro que sonó a derrota—.
Parece que el clan de los Lenahan, o lo que queda de sus franquicias irlandesas, ha tenido un encontronazo con una célula de la mafia albanesa que está intentando hacerse con el control de los amarres en el puerto.
También se habla de un vuelco de droga, te puedes imaginar, esta gente no se anda con chiquitas.
—Buf, albaneses e irlandeses… Mala combinación para una tarde de compras —ironizó Bermejo—. Esos no disparan al aire sin ton ni son, aquí hay una guerra soterrada.
—Eso es lo que debemos evitar, Paco, o nos va a estallar en plena cara.
Con un juez muerto, millones de euros en criptomonedas sin un dueño claro y peleas de bandas a plena luz del día, Marbella no está pasando desapercibida que digamos.
La imagen internacional de nuestro país puede caer en picado, sin olvidarnos de otros temas políticos o financieros que no vienen al caso.
Pero no podemos permitir que Puerto Banús se convierta en un Beirut cualquiera en medio de las fiestas navideñas que están por llegar.
—Por lo poco que se ve en las imágenes, no me habían parecido irlandeses los que disparaban desde el Audi tuneado. Los otros tipos que salían del local nocturno utilizando pistolas automáticas sí tienen más pintas de eslavos, pero algo no me cuadra aquí.
—Tienes toda la razón, Bermejo, no se te escapa una. Y eso que decías que habías perdido tu olfato policial al estar en barbecho. Parece que se trata de mercenarios serbios.
—¿En serio? Eso sí que no me lo esperaba. Serbios subcontratados por irlandeses, aquí se externalizan hasta los tiroteos…
El antiguo inspector de la UDEV ató cabos al recordar la conversación con Roncero en la Alcazaba.
¿Tendrían algo que ver esos serbios armados con subfusiles con las bridas provenientes de los Balcanes encontradas en el domicilio del juez asesinado días atrás?
Quizá tuviera que hablar con su buen amigo de la Guardia Civil, sin saber en ese momento que la UCO también había estado implicada en el tiroteo, aunque fuera de forma tangencial.
—El informe preliminar habla de mercenarios serbios contratados como fuerza de choque, pagados por los irlandeses por su falta de hombres en la zona.
Marbella es la ONU del crimen, ya lo sabes.
El problema es que se han pasado de frenada, no ha sido un ajuste de cuentas sin más.
Han utilizado subfusiles de asalto en una zona saturada de turistas y civiles, matando gente inocente.
El muelle de Ribera parece un colador y, para colmo, me ha llamado también nuestro viejo conocido, el coronel Antúnez, porque sus hombres se han visto atrapados en el fuego cruzado.
Bermejo se tensó por un momento. Lo de los clanes mafiosos enfrentados podía ser mera rutina, pero que la UCO estuviera en el epicentro de esa batalla internacional cambiaba el color del cristal.
¿Se habría visto implicado Roncero en el tiroteo?
Aquello no le gustaba nada, cada vez tenía peor pinta la situación en la zona.
—¿Qué ha pasado? No me digas que Roncero ha participado en la refriega…
—No, pero sí al parecer su equipo operativo. Roncero se encontraba en una reunión en Málaga a esas horas, aunque tenía pensado acompañar a su equipo a Puerto Banús la tarde de marras. Se ha librado de milagro.
—¿Andrade y la cabo Oliveira entonces? —preguntó Bermejo con un tono más serio, que conocía perfectamente la profesionalidad del equipo de la UCO.
—Esos mismos, están vivos de chiripa. Se vieron atrapados entre las ráfagas de subfusiles y la respuesta de las pistolas automáticas. Al parecer, seguían una pista importante sobre la mujer del secretario Alarcón, el mismo que creemos que se ha llevado las dichosas criptomonedas.
Bermejo se enderezó en el asiento. El instinto de viejo inspector de la UDEV, ese que nunca terminaba de jubilarse, le dio un vuelco en el pecho.
—Si estaban allí por la mujer de Alarcón y estalló una guerra de bandas justo en ese momento, o es la casualidad más grande del siglo o el escenario es mucho más complejo de lo que nos cuentan los de Ciberdelincuencia.
Ahora sí que tenía que hablar con Roncero.
Sus investigaciones se cruzaban y no le apetecía que se pisaran las mangueras, mejor colaborar entre todos.
Aunque en un escenario como aquel, repleto de detalles políticos y jurisdiccionales, las fricciones saltarían a la más mínima si alguien se pasaba de la raya.
Tendría que andarse con tiento, pero no pensaba quedarse quieto.
No ahora que el tablero parecía haber estallado en mil pedazos.
—Esto es insostenible, Paco, y necesito tu ayuda.
El ministro me ha dado un ultimátum: o barremos la basura bajo la cama o la mierda nos va a sepultar a nosotros.
Por eso te he llamado, tienes que convertirte en mis ojos y mis oídos en la zona.
Necesito que aproveches ese caos, seguro que sabes bien cómo moverte entre bambalinas sin que nadie se percate.
Mientras la UDYCO y la Guardia Civil se pegan con albaneses, irlandeses y demás calaña allí reunida, quiero que tú te cueles por debajo del radar.
Así ellos andarán ocupados revisando casquillos, interrogando a testigos o buscando pistas y tú llegarás hasta el fondo del problema.
Bermejo suspiró, frotándose el puente de la nariz.
—¿Qué me estás queriendo decir, jefe? Sin paños calientes, que nos conocemos…
—Ya lo sabes, no te hagas el loco —Mardones bajó el tono e hizo una pausa; el pánico político dejaba paso a la necesidad de resultados—.
Tanto la Guardia Civil como la Policía Nacional tienen a sus hombres atados al protocolo: informes de balística, atestados, declaraciones ante el juez…
, lo de siempre. Pero yo necesito que alguien con tu colmillo se mueva por las grietas ocultas.
No quiero que esto se archive como una simple pelea entre clanes de narcos y nos olvidemos del resto de temas pendientes.
Han asesinado a un juez en su propia casa y hay muchos millones de euros en juego, con varios participantes en una cacería personal y digital que no puede acabar en otro baño de sangre.
—¿Me estás pidiendo que meta la nariz donde no me llaman? —Bermejo esbozó una media sonrisa—. Sabes que eso se me da mejor que pelearme con los servidores de Nacho Palacios y sus programas informáticos.
—Te estoy dando manga ancha, viejo amigo, o carta blanca, como quieras llamarlo.
Toda la que necesites, sin problema. Olvídate de los bits y de los informes ministeriales por un rato.
Vete al puerto, habla con tus viejos fantasmas o esos confidentes que nunca te abandonaron; huele el rastro de los ocupantes del Audi o lo que necesites, sin tapujos.
Si esos tipos tienen algo que ver con las criptos o con el asesinato de Valcárcel, quiero saberlo antes de que la prensa se monte su propia película.
No quiero que nos crucifiquen más de lo estrictamente necesario.
Bermejo se levantó y buscó las llaves del coche sobre el mueble de la entrada.
El cansancio de un domingo sin fuste había desaparecido, sustituido por esa adrenalina familiar que solo le provocaba el trabajo de campo.
Pero no las tenía todas consigo, un tufillo incontestable asomaba su hedor al saber que iba a meterse en la boca del lobo.
—Está bien, Mardones. Me pasaré por allí a ver qué rastro han dejado los profesionales y hablaré también con viejos contactos, por si saco algo en claro.
Pero si piso algún callo de la Benemérita y Antúnez se pone flamenco, más te vale que me cubras las espaldas.
O si la UDYCO se siente amenazada, ya sabes, tendrás que facilitarme la tarea.
—Tú pisa los callos que hagan falta, Paco. Pero dame algo sólido antes de que el ministro me cuelgue a mí el muerto en el telediario de la noche.
—Oído cocina, jefe. Te mantendré informado.
Bermejo colgó el teléfono y se quedó un momento mirando el televisor.
Las cámaras ahora encuadraban los casquillos sobre el pavimento de mármol.
Incluso enfocaron una jardinera de piedra que aparecía marcada por la cinta policial al perimetrar una escena criminal, sin saber que allí se habían parapetado dos sicarios extranjeros que tenían la llave de muchos de los sucesos que estaban ocurriendo a la vez en la Costa del Sol.
Marbella acababa de dejar de ser un caso de despacho para convertirse en una cacería de las de toda la vida.
Bermejo se puso la chaqueta, se aseguró de llevar la placa ministerial en el bolsillo y salió por la puerta con paso firme.
Quizá el resto de los investigadores allí destacados estuvieran aburridos de protocolos y burocracia administrativa, algo que a él le venía de perlas para pasar desapercibido y moverse a su aire.
Era el momento perfecto para que un perro viejo saliera a rastrear por su cuenta.