La hoguera de las vanidades #4
—¡Guardia Civil! ¡Todo el mundo al suelo! —rugió Andrade en un intento desesperado por avisar a los turistas despistados del desastre inminente, pero su voz se perdió en el primer estallido de pánico.
La puerta trasera del Audi se abrió y asomaron dos cañones cortos que empezaron a escupir fuego a discreción.
No creía que fueran a por Ángela, ni siquiera a por ellos.
Tal vez se tratara de un ajuste de cuentas salvaje, un mensaje de plomo enviado entre clanes rivales que no entendían de calendarios ni de presencia policial.
Los cristales de una boutique estallaron en una lluvia de esquirlas brillantes, mientras la gente corría despavorida hacia los barcos en un caos de cacofonías ininteligibles.
Andrade reaccionó por puro instinto. Agarró a Milene por el hombro y la empujó tras el chasis de un impresionante Aston Martin aparcado en doble fila.
—¡No saques el arma si no tienes un blanco claro! —le gritó por encima del estruendo—. ¡Nuestra prioridad son los civiles!
Desde su posición, parapetado tras la rueda delantera, Andrade escaneó la escena entre el humo y el olor a pólvora quemada.
Desde el Audi seguían disparando ráfagas cortas hacia un grupo de hombres recién salidos de un local nocturno que respondían al fuego con pistolas semiautomáticas.
Era una carnicería gratuita en mitad del escaparate de lujo de España.
Pero eso no era lo peor, lamentablemente para ellos.
Y entonces, los volvió a ver.
A unos setenta metros, tras una jardinera de piedra, los dos hombres que parecían seguir a Ángela instantes antes de la refriega se mantenían inmóviles.
No corrían, no gritaban, ni parecían inmutarse.
Se cubrían con una frialdad que le heló la sangre en las venas, al menos el individuo que parecía llevar la voz cantante.
Ese hombre, el más alto de los dos, un tipo de rasgos duros y mirada de acero, giró entonces la cabeza en dirección a Andrade.
Por un segundo, a través del caos de cristales rotos y el traqueteo de las metralletas, sus ojos se cruzaron. Y ambos se reconocieron como iguales, como polos opuestos en una ecuación que todavía quedaba por resolver.
En esos momentos, Andrade no podía afirmar con rotundidad que aquel hombre fuera el sicario que había acabado con la vida del juez Valcárcel, dejando olvidadas a su paso unas bridas que tal vez sirvieran para atraparlo.
En todo caso, aquellos tipos tampoco podían saber que Andrade era el sargento que les pisaba los talones en compañía de la unidad operativa de la UCO.
Pero ellos dos se reconocieron enseguida.
En ese cruce de miradas hubo un entendimiento silencioso, el respeto involuntario entre dos depredadores que se encontraban en medio de una tormenta que no era la suya.
—¡Sargento, el Audi huye! —gritó Milene.
El coche de los atacantes salió del muelle quemando rueda, dejando marcas negras de los neumáticos en el pavimento, y huyendo en dirección a la salida del Puerto.
Tras de sí quedaba el rastro de casquillos de 9 mm de los subfusiles y un silencio sepulcral que solo rompían los sollozos de los heridos y el chapoteo del agua contra los muelles.
Andrade se levantó despacio, con el arma en la mano pero apuntando al suelo.
Buscó con la mirada la jardinera de piedra, pero ya no había nadie parapetado tras ella.
Los dos profesionales se habían evaporado entre la confusión, aprovechando el río de gente que corría hacia las salidas.
Ángela Castro también había desaparecido y se encontraban de nuevo con las manos vacías.
—Milene, ¿estás bien? —Andrade guardó la pistola y se pasó una mano por la cara, notando la adrenalina quemándole por dentro.
—Sí, mi sargento. ¿Eran ellos? ¿Esos dos tipos son los que buscamos?
Andrade miró hacia el callejón por el que se habían esfumado los dos hombres.
El escenario acababa de saltar por los aires.
Marbella ya no era una investigación de despacho y expedientes digitales, se había convertido en una zona de guerra.
Y todavía no sabía cómo afectaría aquella situación a las investigaciones en curso.
—No lo sé —respondió Andrade con voz ronca—. Pero esos dos no eran simples delincuentes. Tenían todas las trazas de soldados profesionales, ya los has visto. Y acabamos de presentarnos oficialmente, ya saben también quiénes somos nosotros.
No se le iba a olvidar el rostro duro y acerado de aquel tipo malencarado, el sicario que le había mirado directamente a los ojos antes de escabullirse entre las sombras.
Un hombre peligroso al que tendrían que atrapar, con el hándicap añadido de que ahora los criminales también conocían sus identidades.
Al menos, el capitán Roncero no les había acompañado en esa ocasión, una ventaja que debían aprovechar en su beneficio.
Las tornas habían cambiado en un segundo, por lo que solo les quedaba plegar velas, recomponerse y buscar la mejor manera de poner fin a una investigación que comenzaba a complicarse.