El monedero del diablo (Bermejo y Roncero 7) La hoguera de las vanidades #3
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La hoguera de las vanidades #3

El Audi RS6 avanzó lentamente por el puerto mientras los ocupantes seguían disparando ráfagas cortas hacia un grupo de hombres que acababa de salir de un local aledaño.

Estos últimos respondieron a la agresión con sus pistolas semiautomáticas.

Se encontraban en medio de un fuego cruzado en el que las balas no tenían dueño, el lugar y momento más inoportuno para ellos, con un peligro mortal acechando sobre sus cabezas.

Nico parecía no reaccionar y Davor tuvo que tirar de nuevo de él para salvarle la vida. Lo empujó para que se escondiera tras unas jardineras de piedra que podrían servirles de parapeto mientras el caos se instalaba a su alrededor.

El sonido era ensordecedor: el pum-pum seco de las pistolas contra el rat-tat-tat metálico de los subfusiles, sin tregua por ninguna de las dos partes.

El olor a pólvora lo inundaba todo, mientras los gritos apagados de las víctimas colaterales se desplegaban en una sinfonía amortiguada.

El camarero de una cafetería cercana salió volando a ras de suelo, estampándose contra el mostrador por el impacto de los proyectiles.

La gente corría en todas direcciones buscando refugio ante las balas, mientras tropezaban con las defensas de los yates y caían al agua por el pánico que les atenazaba.

Davor intentó mantener la calma y buscar su mejor opción. Habían perdido de vista a Ángela en medio de aquel pandemónium, pero entonces su mirada se cruzó con la del hombre que le había parecido un guardia civil.

Aquel fuego no iba dirigido a ellos ni a la mujer del secretario, ni siquiera iba contra los policías.

Parecía ser una más de aquellas carnicerías entre mafias que se habían vuelto habituales en la Costa del Sol, una guerra ajena que acababa de estallar en el peor momento posible.

Lo malo era que sus antagonistas se encontraban también en medio de la refriega y acababan de fijarse en ellos.

Había llegado el momento de una retirada cauta, a tiempo de salir con vida y recomponerse ante lo que estaba por llegar.

—¡Nico, al callejón! —le gritó en medio del atronador sonido de las metralletas—. Salgamos de aquí antes de que nos alcance una bala. Desde allí podremos llegar al coche sin problema y largarnos antes de que los maderos se den cuenta de nuestra huida.

El joven sicario pareció dudar un momento, pero Davor no se lo permitió.

Si perdían un segundo más podrían ser abatidos por las mafias rivales o, lo que igual era peor, apresados por unos investigadores que tal vez estuvieran allí por ellos y no por la mujer del secretario.

Ya lo pensaría con calma llegado el momento, ahora solo tenían que moverse al unísono y a la mayor velocidad.

Una retirada a tiempo siempre es una victoria, una máxima que solía llevar a rajatabla.

Andrade acababa de salir de la tienda de informática junto a su compañera, satisfecho tras haber confirmado sus sospechas con respecto al secretario.

El sol de diciembre ya se había ocultado tras la silueta de la montaña de La Concha, dejando Puerto Banús sumido en una penumbra azulada que las estufas de las terrazas teñían de un naranja artificial.

Se ajustó las gafas de sol, más por costumbre que por necesidad, mientras su mirada barría el muelle de Ribera.

No le dio tiempo a abrir la boca, Oliveira se le adelantó al ver un segundo antes que él algo que les interesaba.

—Creo que es ella, Andrade. La mujer de Alarcón —dijo Milene—. Acaba de salir de ese edificio de oficinas.

El suboficial gallego confirmó las sospechas de Oliveira, recordándole entonces las órdenes precisas de su capitán. Nada de abordarla sin asegurarse de su identidad y, sobre todo, no perderla de vista y averiguar qué tramaba en esa zona de la ciudad.

La mujer caminaba apresurada con los hombros hundidos, como si el peso de su bufanda de seda fuera demasiado para ella.

Acababa de abandonar un portal de oficinas y avanzaba hacia el parking con una urgencia que rozaba el pánico.

Pero Andrade no solo la miraba a ella. Su instinto, forjado en años de vigilancia, le hizo detectar algo más.

La razón verdadera para que una extraña sensación se hubiera apoderado de él en cuanto pisaron aquel entorno de lujo.

Le hizo una breve señal a la cabo, que enseguida captó su significado.

—Parece que no va sola —dijo Oliveira en voz baja, confirmando sus sospechas.

A unos cincuenta metros de la mujer, dos tipos extraños se movían con una sincronización perfecta.

No hablaban entre ellos, no miraban los yates, ni se quedaban observando los escaparates de lujo o las turistas recargadas de joyas y maquillaje.

Parecían sombras que cruzaban aquel espacio con una eficacia y eficiencia militar.

Andrade sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la brisa de diciembre, por lo que debían estar preparados para cualquier contingencia.

—Perros de presa en busca de una pieza cotizada —murmuró Andrade, echando mano a la culata de su Beretta bajo la chaqueta—.

No sé quiénes son, pero no parecen de los nuestros, eso seguro.

Tal vez se trate de los sicarios que acabaron con el juez, debemos ponernos en lo peor.

Mantén la distancia, Oliveira, puede que…

De repente, el aire de Marbella se rasgó a su alrededor, transformando la cálida tarde en un escenario de guerra encarnizada.

No fue un disparo aislado lo que alteró el ánimo del sargento.

Fue el traqueteo seco y frenético de un subfusil Scorpion el que puso todos sus nervios en tensión.

El sonido de la muerte rebotó en los cascos de fibra de vidrio de los barcos y en los escaparates de mármol de las joyerías, silenciando todas las conversaciones del muelle de Ribera.

Un Audi RS6 negro, con los cristales tan oscuros que parecían pozos sin fondo, frenó en seco en mitad de la calle, bloqueando el paso a un Lamborghini naranja que rugió en un intento inútil de huida.