La hoguera de las vanidades #2
Davor Markovic detestaba Puerto Banús en cualquier época del año, pero en diciembre, con ese aire de exclusividad glacial, le resultaba aún más irritante.
Para él, acostumbrado a sobrevivir en los peores lugares de la Tierra, el lujo era algo frívolo, una mísera capa de grasa superficial que entorpecía los reflejos.
Pero él era un profesional y se debía a los que le pagaban el sueldo, aunque a veces debiese tenerles más miedo que a los enemigos en las trincheras de la guerra.
Se dejó de pensamientos estúpidos y se concentró en la tarea.
Caminaba por el muelle de Ribera de Puerto Banús, el summum de la estupidez humana convertido en un escaparate irreal, con la parsimonia de un turista nórdico.
Y, sin embargo, sus ojos, claros y distantes como el invierno en los Balcanes, no se detenían en los escaparates de lujo que pululaban por doquier.
No, se dedicaban a tareas mucho más interesantes, como escanear el perímetro a su alrededor con sumo cuidado.
A su lado, Nico avanzaba con una rigidez que empezaba a ser peligrosa. Su incomodidad manifiesta exudaba algo que no les convenía en ese preciso momento.
—Relájate, Nico —susurró Davor sin mover los labios—. Si sigues apretando la mandíbula así vas a llamar la atención de alguna patrulla. Por no hablar de lo que sudas, ni que estuviéramos en pleno verano. ¿Te encuentras bien?
—Es esta espera, Davor. Me pone enfermo y mi cuerpo se descontrola —respondió el joven holandés con la mano hundida en el bolsillo de su cazadora de cuero—.
Ya sé que soy un novato y demasiada paciencia estás teniendo conmigo y con mis cagadas, pero creo que el Turco no va a ser tan benevolente, debemos encargarnos de la misión.
No sabía si el neerlandés quería congraciarse con él, pero prefirió obviarlo.
Sí, el chico estaba verde y lo demostraba a cada paso, pero él tampoco podía sacar pecho.
Nico no le había echado en cara el tema de las bridas, algo que le carcomía por dentro, sin saber todavía si semejante fallo se volvería en su contra en un futuro cercano.
Davor prefirió no responder, aun sabiendo que su compañero había dado en la diana.
Sabía que su jefe se había enfurecido tras el fiasco en el chalet de Mijas, eso le había quedado meridianamente claro.
Todos los datos apuntaban a que el monedero digital o, al menos, las claves semilla para acceder a los criptoactivos, se encontraban en poder del juez Valcárcel.
Pero se habían ido de aquella urbanización con las manos vacías, y con un cadáver muy relevante a sus espaldas.
A Markovic no le gustaba dejar flecos sueltos, y aquel crimen se lo harían pagar muy caro si no lograba su objetivo.
Y lo que era aún peor, también habían perdido el rastro de Alarcón, el siguiente en la lista de visitas a realizar.
Semejantes errores podrían acarrearle el fin de su carrera o, lo que era peor, una probable sentencia de muerte, aunque nadie, aparte de Nico, supiera todavía el resbalón inesperado con el tema de las bridas olvidadas.
Un error que ya no podía deshacer, por lo que solo le quedaba poner toda la carne en el asador para lograr una última oportunidad de redención.
En su fuero interno, a su parecer, la culpa inicial podría achacársela al que les metió en ese embolado, un intermediario conocido en el mundillo cuya información no había sido la correcta.
Pero el sicario croata conocía bien el mercado, por lo que tuvo claro que, bajo dichas circunstancias, los de abajo siempre cargaban con las culpas y se comían los marrones que nadie se quería tragar.
Por eso, un rato antes de su excursión a Puerto Banús no le sorprendió recibir un mensaje tajante del Turco: «Si el secretario se ha esfumado, su mujer es el único puente que nos queda para encontrarle, convertíos en su sombra.
No la perdáis ni por un segundo. Si él no la llama, seguro que ella acabará buscando ayuda en algún lugar.
Tarde o temprano, esa mujer nos llevará hasta el dinero o, al menos, hasta el paradero actual de su marido».
Con la localización precisa del domicilio familiar, se apostaron en una esquina solitaria desde la que comprobaron que las fuerzas policiales que vigilaban a Ángela habían desaparecido del vecindario, al menos de momento.
Así pudieron desarrollar mejor su trabajo, sintiéndose con algo menos de presión que si hubieran tenido que desenvolverse en un lugar plagado de policías.
Habían seguido el Volvo de la mujer desde que salió de su domicilio, dándose cuenta enseguida de que se dirigía hacia Puerto Banús.
Davor sospechaba que no se encaminaba hacia esa zona para admirar los yates o los escaparates de lujo.
Cuando la vieron entrar en un edificio de oficinas que albergaba a varios de los bufetes de abogados más caros de la costa, supo que tendrían que actuar de inmediato.
Ignoraban el grado de incriminación de la mujer en la trama, él opinaba que Alarcón iba por libre y la había dejado a ella al margen, pero había que asegurarse.
Y consultar con algún abogado de alto copete solo podía significar problemas.
La desesperación la estaba moviendo, para bien o para mal, y eso nunca era una señal adecuada para sus intereses.
—Ahí está —dijo Davor, señalando con un leve gesto de la barbilla hacia el portal de mármol—. Ya sale, no la perdamos de vista.
Ángela Castro cruzó el umbral a paso ligero, ocultando su rostro tras unas gafas de sol estilo años setenta y una bufanda de seda.
Parecía una sombra asustada que se movía con sigilo entre los Ferraris y Lamborghinis aparcados en la zona.
Davor hizo una señal a Nico para empezar a moverse, manteniendo la distancia de seguridad, cuando un movimiento diferente que divisó por el flanco izquierdo le hizo tensar los músculos del cuello.
A unos setenta metros, saliendo de una tienda de electrónica, vio a una pareja que no encajaba tampoco demasiado en aquel decorado de cartón piedra.
Un hombre robusto, de hombros anchos y andares seguros, caminaba junto a una mujer joven y atractiva, de rasgos exóticos.
Ambos se movían con una coordinación táctica excesiva para ser simple paseantes, esas trazas no le eran indiferentes.
No llevaban uniforme y vestían de modo informal, pero Davor reconoció el rastro que dejaban a su paso.
«Se avecinan problemas», pensó en esos momentos.
No sabía quiénes eran, pero olían a policías desde un kilómetro.
Ignoraba si se trataba de una patrulla local en busca de pistas o alguien más peligroso, como la unidad de la UCO que, gracias a los informantes del Turco en las diferentes administraciones, sabían que habían llegado a la Costa del Sol para hacerse cargo de la investigación del crimen de Mijas.
—Nico, a las diez en punto. No mires fijamente, pero tenemos compañía —ordenó Davor en voz baja—. No sé si son policías o la unidad de élite de la Guardia Civil, pero debemos andarnos con ojo.
Nico se tensó, segundos antes de que su mano se cerrara con fuerza sobre la culata de la Glock dentro del bolsillo.
—¿Vienen a por ella? Quizá deberíamos adelantarnos a sus movimientos.
—No lo sé, pero andan husmeando algo, igual que nosotros, y me temo que irán también detrás de la mujer —Davor escupió un resto de tabaco—. Si intentan abordarla en la calle, tendremos que decidir si nos retiramos con sigilo o si cumplimos la orden del Turco a cualquier precio.
Ángela aceleró el paso hacia el parking, ajena a que dos grupos distintos la flanqueaban como lobos acechando a la misma pieza en un entorno hostil del que ni siquiera se había percatado.
Davor comenzó a sentir el familiar hormigueo de la adrenalina en la base del cráneo.
Estaban a punto de cerrar la pinza sobre la mujer cuando, de repente, la calma silenciosa de una tarde de diciembre se hizo añicos en un instante.
Aquello no sonaba al petardeo de un coche, ni siquiera a un simple disparo de advertencia. Más bien se asemejaba al traqueteo inconfundible de las armas automáticas, algo que terminó de tensar los nervios de acero de un hombre acostumbrado a bregar en condiciones infrahumanas.
Davor se detuvo en seco, identificando el sonido al instante.
Sin duda se trataba de subfusiles Scorpion o algún arma similar.
En un instante, todo se precipitó a su alrededor y se encontraron en medio de una refriega para la que no se habían preparado.
Un Audi RS6 negro entró en el muelle quemando rueda y bloqueó el paso de un impresionante Lamborghini Aventador de color naranja.
—¡Al suelo, idiota! —rugió Davor, agarrando a Nico por el cuello de la chaqueta y lanzándolo tras el chasis de un Bentley allí aparcado.
De repente se encontraron en medio de un conflicto que ni les iba ni les venía.
Esos tipos no perseguían al secretario o a su mujer, ni siquiera sabían que existían.
Parecía más bien un ajuste de cuentas entre bandas, quizá los suecos o los holandeses contra algún clan del Este, por lo poco que pudo colegir Davor en el fragor de la batalla.
Algún idiota habría realizado el vuelco de un alijo de droga a lo largo de la Costa del Sol y allí los problemas se arreglaban de esa forma tan primitiva, a tiros.
El primer estallido de disparos sonó como una ráfaga de fuegos artificiales vitaminados, pero su efecto fue devastador. El cristal del escaparate de una joyería saltó en mil pedazos, mientras la dependienta gritaba y caía al suelo, arrastrando consigo una vitrina repleta de relojes de marca.