La hoguera de las vanidades
La joven se fijó entonces en el termómetro del coche, que marcaba dieciocho grados centígrados.
En circunstancias normales podría considerarse una temperatura envidiable a escasos días de comenzar el invierno, sobre todo para los visitantes llegados del norte de Europa, pero a Milene no le terminaba de convencer.
Acostumbrada a un lugar tan seco como Madrid, la humedad que subía del Mediterráneo, acompañada de esas rachas de Levante que se le colaban por las costuras de la chaqueta, le hacían sentir algo incómoda.
Y eso era algo que no se podía permitir en medio de un operativo importante.
De todos modos, a Andrade le costó encontrar un hueco para aparcar el vehículo.
Milene se deslumbró entonces al girar el cuello hacia la derecha.
El sol, ya de bajada pero con los rayos todavía afilados, sacaba destellos dorados de los cromados de los yates, cuyas cubiertas lucían ahora lonas de protección, esperando tiempos mejores.
Andrade asintió y se subió el cuello de la chaqueta, mientras caminaban juntos en dirección a su destino.
El sargento parecía también inquieto a ojos de Milene y eso significaba, por el tiempo que llevaban trabajando juntos, que algo se mascaba en el ambiente que no le terminaba de cuadrar al gallego.
Sin embargo, a simple vista el entorno del muelle de Ribera parecía muy tranquilo.
Algún jubilado británico con jersey de cachemir paseaba a un perro de raza, y las terrazas del Sinatra Bar tenían las estufas de exterior encendidas, proyectando un resplandor anaranjado sobre los pocos clientes que apuraban un café.
—No te confíes, Oliveira —advirtió Andrade, escaneando el entorno con mirada de halcón en busca de su presa—.
Según los datos que nos han facilitado, parece que el móvil de la esposa de Alarcón ha dado señal en esta zona hace menos de quince minutos.
Si ha venido hasta aquí, no creo que sea para comprarse un bolso de Louis Vuitton.
—Buscará asesoramiento legal. O tal vez ahogar sus penas con alguna amiga —respondió Milene mientras caminaban hacia la tienda de electrónica—.
Desde luego, no le envidio su posición actual.
Su marido ha desaparecido, el juez ha muerto y a ella ya la han sometido a varios interrogatorios tanto la policía local como la Guardia Civil, aparte de ver cómo registran su casa por culpa del fugado.
No sabemos si anda también metida en el ajo o es una víctima casual de todo este embrollo, pero a estas alturas nos da igual.
Y si yo fuera ella, buscaría al abogado más caro para saber qué terreno piso.
Caminaron hacia la tienda conocida como Tech pobre muchacho —se burló Andrade mientras le guiñaba el ojo a su compañera—. Has acojonado un poquito al dependiente, creo que se va a tener que cambiar de ropa interior.
—No ha sido para tanto, compañero. Es que no me ha gustado la mirada de suficiencia que me ha lanzado al entrar al establecimiento. Oye, espera un momento…
Fue entonces cuando, a unos cien metros, entre el desfile de coches de lujo, vieron una figura que les resultó conocida por las imágenes de archivo compartidas con el resto de la unidad de policía judicial en el cuartel de Marbella.
Milene se fijó con más detenimiento en una mujer morena, de estatura media y porte menudo, que caminaba con paso acelerado, mirando hacia atrás con frecuencia.
Unas gafas de sol oscuras y una bufanda de seda le conferían algo de distinción, pero sus andares nerviosos la delataban.
—Creo que es ella, Andrade. La mujer de Alarcón —susurró Milene, tensándose—. Acaba de salir de ese edificio de oficinas.
—Tenemos que asegurarnos primero de su verdadera identidad, y ya has escuchado las órdenes del capitán.
Nada de abordarla todavía —le recordó Andrade—.
Si ha venido a ver a un abogado o a cualquier otro especialista, queremos saber quién es.
Mantengamos la distancia con ella, tal vez nos llevemos una sorpresa.
No creo que haya quedado aquí con su marido, en un lugar tan expuesto, aunque cosas más raras se han visto.
—No caerá esa breva, mi sargento.
—No sé, no me gusta esto, algo pasa. Sigo teniendo esa sensación extraña en la nuca, como si no fuéramos los únicos que observamos a una codiciada presa.
Milene asintió y empezó a caminar, manteniendo el paso, sin saber que en una jardinera cercana, un par de ojos mucho más peligrosos que los suyos acababan de fijarse en el mismo objetivo.