El abismo de las doce palabras #2
Tal vez lo hubiera guardado en su despacho del juzgado, no lograba evocar esa imagen ni recordar qué demonios había hecho con el dichoso recibo de compra.
Si la Guardia Civil registraba su mesa en el juzgado y encontraba por casualidad ese ticket, sabrían que el secretario judicial no había huido sin motivo o por miedo a que alguien estuviera acabando con la vida de los funcionarios involucrados en el sumario que instruía la incautación de las criptomonedas.
No, aquello les diría a las claras la verdad: Diego Alarcón era culpable, el sospechoso número uno, el tipo ordinario que se preparaba para mover activos digitales y desaparecer sin dejar rastro.
O al revés, dejando un rastro de miguitas de pan mejor que el de los cuentos, el mismo que los llevaría a atraparle más tarde o más temprano.
De pronto, un sonido metálico y breve cortó el silencio del salón. ¡Ding!
Diego se quedó petrificado durante un segundo.
Aquel soniquete parecía provenir de su portátil.
Se trataba de la aplicación de mensajería cifrada que había instalado hacía tiempo en su ordenador, un programa que le aconsejó utilizar un antiguo contacto de informática forense del juzgado, una herramienta que juró no usar nunca si no se encontraba en verdaderos problemas. Hasta hoy, claro.
Se atrevió a levantar la tapa del portátil y buscó el origen del sonido que le había desconcertado.
No tardó en encontrarlo. El icono del dichoso programita parpadeaba en la barra de tareas, deseoso de que alguien pinchara en el enlace.
Alguien, desde un alias alfanumérico, acababa de enviarle un mensaje.
Diego no se atrevió a abrirlo, no sin una mayor protección que impidiera atraer más la atención sobre él.
El simple hecho de que supieran que podían comunicarse con él a través de ese software, a pesar de la VPN instalada en su equipo, le provocó un escalofrío eléctrico que le recorrió la médula espinal de arriba abajo.
Sintió que una mano siniestra, invisible y silenciosa, se estaba cerrando sobre él.
Todo había comenzado con esa sensación extraña que tuvo durante sus últimas semanas en el juzgado.
Miradas esquivas, cuchicheos, cruces con personas desconocidas que le abordaban directamente preguntando por un sumario secreto.
Después llegó el aviso encontrado en su despacho y su huida desbocada tras la noticia del asesinato de Valcárcel.
Pero eso no había mitigado su angustia, acelerada durante las últimas horas en ese escondite que se suponía que nadie podía conocer.
Después llegó la tarjeta blanca en el aparador de aquel saloncito y ahora ese soniquete lastimero que le taladró los tímpanos. No, aquel refugio ya no era seguro; su escondite se había convertido en una trampa con vistas al mar.
¿Qué más errores había cometido en su huida precipitada? Diego Alarcón comenzó a angustiarse de veras, notando cómo el oxígeno iba desapareciendo de sus pulmones.
—No puedo seguir aquí —murmuró para sí—. Tengo que salir, ¡ya!
Cerró la tapa del portátil de un golpe, sin pinchar ni borrar el mensaje entrante, como si así pudiera olvidarse del fantasma que le observaba desde el otro lado de la pantalla.
El eco del ding seguía vibrando en sus oídos, transformando el apartamento de Nerja en una pecera de cristal donde él era la única presa.
Agarró la mochila y comprobó que la libreta seguía pegada a su piel.
Necesitaba un lugar donde la tecnología fuera inútil, y entonces, las pocas neuronas que le quedaban en pie hicieron sinapsis antes de colapsar.
Su mente voló hacia las cumbres que se recortaban al oeste, a muchos kilómetros de allí.
Un paraíso en la tierra que podía convertirse en un infierno: la Sierra de las Nieves.
Los desvaríos abismales de sus noches eternas le habían hecho evocar el impresionante Tajo de la Caína, un lugar mágico que tal vez le sirviera en un futuro próximo.
Se trataba de un balcón natural impresionante, un precipicio de caliza que caía a plomo cientos de metros.
Cerca de allí, entre las raíces retorcidas de los pinsapos centenarios que crecían en las grietas de la roca, había oquedades que solo un conocedor de la zona podría encontrar.
Un lugar donde el tiempo parecía detenido y el GPS perdía la señal entre las paredes de piedra.
Quizá el lugar idóneo para esconder algo que le quemaba en el pecho.
También evocó otro lugar singular en la zona, el Pozo de Nieve del puerto de los Pilones.
Desde luego, había muchos lugares increíbles en la Sierra de las Nieves, a ser posible alejados de los circuitos de domingueros o de los sitios donde los amigos del Instagram se hacían sus fotografías, que podrían servirle para sus propósitos.
Aunque entonces, al pensar en acercarse hasta allí en coche, dos pensamientos le cruzaron la mente, nublándole de nuevo el poco raciocinio que le quedaba.
El sol de la tarde bañaba la costa de formas inverosímiles, en dirección a Marbella, lo que le recordó con quién había compartido los últimos diez años de su vida.
Un nudo de angustia, más pesado que el miedo a la cárcel, le cerró la garganta.
Ángela, el amor de su vida, aunque su relación se hubiera ido apagando con el tiempo.
Hacía días que no sabía nada de ella, desde que abandonó el hogar conyugal de aquella manera tan rastrera, dejándola con la palabra en la boca, como si su esposa fuera alguien de la calle.
Quiso creer, para no volverse más loco de lo que ya estaba, que lo había hecho por su bien, para no meterla en ningún lio.
Pero en realidad se había comportado como un cobarde, huyendo sin sentido y dejando a su mujer en una posición muy delicada.
Se imaginó su casa, el silencio que había dejado tras de sí, y la posibilidad de que las fuerzas contrarias, unos tipos que seguramente serían mucho menos sutiles que la policía, estuvieran ya rondando su jardín.
¿Y si el mensaje del portátil no era para él, sino una advertencia sobre ella?
La simple idea de que su mujer pagara el precio de su ambición le provocó un súbito mareo.
«Perdóname, Ángela», musitó entre lágrimas de impotencia. «Solo un poco más, necesito poner algo a salvo antes de poder sacarte de allí», pensó a media voz, aunque sabía que sus palabras se las llevaría la brisa del Mediterráneo.
Pensó entonces en encender el teléfono prepago que se había agenciado para emergencias, pero eso podía convertirse en el clavo definitivo que sellara su tumba como criminal a la fuga.
No, no podía ponerla en un compromiso, ni atraer hacia él o hacia su esposa la atención de ningún indeseable, fueran agentes de la autoridad o mafiosos de cualquier estilo.
Diego se caló las gafas de pasta y salió por la puerta de servicio. El tablero de juego estaba ardiendo a su alrededor y él solo tenía una oportunidad para ponerse a cubierto antes de que el mundo terminara de desmoronarse sobre todo lo que había construido.
«Hay más de una salida», decía la tarjeta que se encontró en su alojamiento temporal.
Y para Diego, la única salida lógica era subir hacia la sierra.
Y allí, enterrar el secreto en la piedra, lejos de las notificaciones, de los tickets olvidados y de las miradas digitales.
Aunque antes tendría que decidir de una maldita vez si se atrevería a robar ese dinero o acabaría por buscar ayuda que le permitiera regresar a una vida más o menos normal.
Se montó en su coche y olvidó entonces el segundo pensamiento que le había cruzado por la mente.
En su descabellado plan de huida, cuando creyó que esos vídeos de supervivencia que veía en YouTube le servirían ahí afuera, cuando de verdad se enfrentara a depredadores de carne y hueso, no se había percatado del mayor error de su plan de fuga.
Escapar de allí en su propio coche, con la matrícula a su nombre y sin fijarse en si alguien podía hacerle un seguimiento eficaz a través de ese vehículo.
Un terrible error del que no tardaría en percatarse, para su propia desgracia.