El monedero del diablo (Bermejo y Roncero 7) El abismo de las doce palabras
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El abismo de las doce palabras

La razón principal podía achacarse a una mezcolanza dañina, la misma que le atormentaba cuerpo y mente.

Delirios de grandeza, sensación de culpabilidad, ambición desmedida o escrúpulos sin definir, una amalgama de sensaciones encontradas que le hacían sentirse fatal.

Algo que le estaba castigando más de la cuenta en el momento más inoportuno de su existencia.

Su realidad le decía que no había dormido más de tres horas seguidas desde que salió de Marbella, un detalle no tan nimio que acabaría por pasarle factura.

Además, una corriente nerviosa le atravesaba las extremidades, incomodándole aún más, sin ser capaz de estar un minuto tranquilo y en reposo.

Eso sin contar las taquicardias y amagos de ataques de ansiedad con los que lidiaba a su pesar, comprometiendo gravemente un estado de salud cada vez más deteriorado, aunque él no acabara de darse cuenta.

Se levantó del maltrecho sofá tras un hormigueo demasiado agresivo en sus piernas.

Caminó hacia su mochila y, con manos temblorosas, sacó la caja blanca del Ledger que aún conservaba el precinto.

No era una decisión firme, se repetía, sino una medida de seguridad, tenía que hacerlo.

Conectó el dispositivo al puerto USB de su portátil y esperó a que la pequeña pantalla OLED cobrara vida.

Set up as new device , leyó en el menú para configurar el nuevo dispositivo.

Sus dedos, torpes, pulsaron los botones laterales para confirmar.

Pero ahora, el Ledger recién encendido le exigía un nuevo sacrificio.

Diego pulsó los botones del dispositivo para generar su propia semilla, su caja fuerte personal donde podría traspasar el botín si finalmente se decidía a cruzar todos los límites.

Una a una, el aparato mostró doce palabras nuevas, distintas, que Diego fue transcribiendo con caligrafía nerviosa en las páginas centrales de la libreta, camuflándolas entre nombres y teléfonos de antiguos compañeros de facultad.

Si las primeras eran su pesadilla recurrente, estas nuevas podrían considerarse su sentencia.

Dos juegos de doce palabras que bailaban en su cabeza como una burla macabra, dispuestos a volverle loco del todo.

Por un lado, la llave del dinero del Estado y, por el otro, la de su propia tumba.

Durante los últimos días, esas palabras iniciales se habían convertido más bien en su billete para el infierno. O como la pesadilla recurrente que le perseguía desde que huyó de su casa, en algo mucho más temible: el abismo de las doce palabras.

En su paranoia onírica, esas imágenes tan lúcidas en las que parecía vivir en realidad durante esos minutos terribles de duermevela en plena madrugada, las letras de esas doce palabras, en mayúsculas, flotaban a su alrededor.

Pero no de forma caprichosa o inocente, sino todo lo contrario.

Una especie de gravedad tergiversada, una atracción nefasta, le atraía cada vez más hacia ese pozo de inmundicia al que temía asomarse.

En su ensoñación, a través de un hilo invisible cosido a cada letra flotante, una fuerza de otro mundo le acercaba cada vez más a un abismo insondable en el que se hundía una y otra vez, arrastrando en su caída toda esperanza de libertad, sin alcanzar nunca el fondo de una sima infinita en la que se quedaría por el resto de la eternidad.

Lo malo era que, a partir de ese momento, las doce palabras nuevas que acababa de anotar en la libreta se sumarían al caos, entrelazándose con las anteriores como una soga que le apretaría el cuello cada vez más fuerte.

Un barranco que le recordaba cada vez más a algunos de los lugares más impresionantes de la Sierra de las Nieves, uno de sus lugares preferidos en el mundo para hacer senderismo, una actividad física que le encantaba y que había abandonado en los últimos tiempos por culpa del estrés del trabajo y de un matrimonio que no terminaba de funcionar, gracias quizá a su falta de implicación en todo lo que acarreaba vivir en pareja y construir una vida juntos.

Guardó de nuevo la libreta en el bolsillo, se mesó la barba que ya empezaba a oscurecerle el mentón y se obligó a sentarse, aunque el síndrome de las piernas inquietas siguiera martirizándole.

Debía tomar una determinación o acabaría por lanzarse él mismo al mar desde el Balcón de Europa, uno de los lugares más emblemáticos de Nerja.

—Aún no lo has hecho, Diego, estás a tiempo de arreglarlo —se susurró a sí mismo—. Todavía puedes volver a la normalidad, no lo eches todo a perder.

Pero sabía que mentía, su conciencia y su corazón le traicionaban de maneras diferentes.

La muerte del juez Valcárcel lo había cambiado todo, eso estaba claro.

Si regresaba ahora al mundo real, nadie creería en su inocencia, la de un fugado que huyó en cuanto se complicaron las cosas.

Podrían incluso llegar a cargarle el muerto, sin olvidarse del robo frustrado y la traición a todo un sistema que le había dado de comer durante tantos años.

Se carcajeó durante un segundo, intentando salir de esa espiral autodestructiva en la que estaba cayendo, al pensar en cosas mundanas.

Ese sistema del que se acordaba tampoco había sido un camino de rosas.

Todo el mundo te miraba de otro modo cuando eres un funcionario del grupo A, como si eso fuera una bicoca.

Al menos, no sufría las malas condiciones de los compañeros de los escalones más bajos de la Administración, esos auxiliares y administrativos que a veces tenían que abandonar sus hogares para acabar recayendo en puestos alejados a cientos de kilómetros de su hogar, malviviendo en unas condiciones casi infrahumanas por un sueldo poco mayor que el salario mínimo interprofesional.

No, de eso no se iba a quejar, no era tan desagradecido.

Su posición no había sido tan vulnerable en los últimos años, aunque ser funcionario interino tampoco era una bicoca.

La poca estabilidad laboral al cambiar de puesto de trabajo cada pocos años, mientras continuaba estudiando en pos de una plaza fija, no era la mejor manera de formar una familia.

Esa precariedad machacaba a muchas parejas, que tenían problemas para acceder a una vivienda, ya fuera alquilada o con una hipoteca que los bancos se pensaban mucho antes de conceder.

Un estigma más en una de las regiones con más paro de España, esa Andalucía tan diferente del glamour y el dinero a espuertas que parecía fluir por las calles de Marbella, al menos en apariencia.

Se obligó a apartar esos pensamientos de su mente para regresar a la realidad en la que se había embarcado por su mala cabeza.

Condenado por su propia indecisión, ese pronto que le había dado tantos quebraderos de cabeza en el pasado, cuando ya no había marcha atrás para sus muchas meteduras de pata a lo largo de los últimos años.

Pensando en sus cuitas acabó por darle vueltas a todo lo sucedido, analizando cada detalle al milímetro, por lo menos de lo que podía acordarse en aquel estado de frustración.

Y entonces, de repente, un flash le nubló la mente.

Un pensamiento fugaz le golpeó con saña, restregándole por la cara algo que podía costarle muy caro.

Algo tan simple como un ticket de compra, un detalle menor que tal vez se convirtiera en su tumba definitiva.

Su cerebro comenzó a carburar de adelante hacia atrás.

Y entonces se vio a sí mismo unos días antes, en aquella maldita tienda de informática de Puerto Banús.

Fue idiota al dirigirse directamente allí, tenía que haber buscado otra manera de hacerse con el dispositivo que ahora también le quemaba en su poder.

Tal vez debió haberse dirigido a Málaga capital, o a Estepona.

Incluso algo más alejado de su domicilio, como Manilva o algún pueblo perdido de Cádiz o Granada.

Algo que ya no podía deshacer, una más en toda esa cadena terrible de concatenaciones que le hundirían sin remedio.

Recordó la cara del dependiente, un chico joven con ínfulas que le había mirado de forma algo despreciativa al verle aparecer.

Como si se creyera el rey del mambo por trabajar en una tienducha del muelle de la Ribera, ni que fuera el encargado de la franquicia de Versace en Marbella.

Y, sin embargo, decidió comprarle el gadget que ahora podía llevarle a la ruina.

Recordó haber adquirido el monedero Ledger y pagarlo en efectivo, sí, pero…

¿qué había hecho después con el ticket de compra?

En su mente apareció la imagen de cómo se guardaba el recibo en el bolsillo, porque no quería tirarlo en cualquier papelera de Puerto Banús. Pero ¿dónde puso el maldito recibo?

La ansiedad apareció de nuevo para apretarle el pecho como si alguien se sentara sobre él.

¿Se había dejado el ticket en el despacho?

¿O se le cayó en el coche? Empezó a rebuscar en sus cosas, desde su mochila de supervivencia a los bolsillos de la ropa, pensando en si tendría que ir hasta el vehículo a revisar la guantera, sin encontrarlo.

Y eso le hizo suspirar perceptiblemente, aunque nadie le escuchara escondido en aquel tugurio.