El monedero del diablo (Bermejo y Roncero 7) Puesta en común
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Puesta en común

El capitán de la UCO le había mencionado lo de las bridas y el supuesto origen de los sicarios para mantenerle ocupado, sin explicarle que también se encontraban sobre otras pistas prometedoras, por lo poco que le habían comentado Oliveira y Andrade antes de su reunión de seguimiento.

El asesor ministerial era perro viejo, por lo que algo se habría olido, pero seguro que Bermejo también se guardaba algún as bajo la manga.

Al fin y al cabo, aunque todos pretendieran capturar a los delincuentes, cada uno preferiría solucionarlo a su modo y llevarse los honores o, por lo menos, que sus jefes estuvieran contentos con su desempeño oficial.

—Bermejo está inquieto, compañeros —dijo Roncero, ajustándose la chaqueta—.

Le he soltado lo de las bridas y su posible origen para que no moleste demasiado, pero me da la impresión de que sabe que le oculto cosas.

Dadme una alegría, vamos a poner en limpio lo que me adelantasteis por teléfono.

Ayer tuve que marcharme a una reunión de seguimiento y necesito ver cómo cuadra todo.

Roncero miró directamente a Oliveira, que se revolvía inquieta en su silla.

La joven guardia civil tomó el testigo para detallar el informe del hallazgo en el despacho de Diego Alarcón, desde las referencias a búsquedas concretas en Internet hasta la evidencia física de un ticket de compra que parecía señalar en una misma dirección.

—Ya está con el resto de las pruebas, convenientemente embolsado y registrado para no tener problemas con la cadena de custodia.

Pero tengo imágenes del dichoso recibo que os comenté, creo que nuestro amigo Alarcón se hizo con un Ledger de forma repentina —explicó Milene, mientras volcaba los archivos en el terminal de la sala de reuniones para proyectarlos en la pantalla de pared—.

Me da en la nariz que lo quería para salvaguardar los activos digitales.

Milene les enseñó algunas imágenes en las que se veía claramente el ticket y su contenido, según lo había relatado.

La evidencia física estaba siendo procesada por el equipo de policía judicial del cuartel, en connivencia con la Comandancia de Málaga, para no tener ningún problema después durante la fase de instrucción del caso.

Ellos estaban allí para ayudar con la investigación, pero preferían dejar los temas estrictamente legales y judiciales en manos del equipo local.

—Apareció en el interior de un ejemplar ajado de la LECRIM, lo encontré casi por casualidad, como le dije a Andrade.

Al parecer, compró el dispositivo en una tienda de electrónica de Puerto Banús justo antes de desaparecer.

No creo que haya nadie más metido en el ajo, así que lo más normal es que fuera él mismo el que lo adquiriera en el establecimiento.

Igual deberíamos pasarnos por allí para no errar el tiro, puede que incluso encontremos imágenes grabadas del secretario.

—No me parece mala idea, Milene, aunque sea por descartar —afirmó Roncero mientras pensaba en los posibles movimientos del fugado—.

Por la fecha del recibo, compró el dispositivo un par de días antes de huir.

Yo creo que la conjunción entre la amenaza que encontró en su despacho y la noticia del asesinato del juez le animaron a escabullirse de aquí, por lo que pudiera suceder.

El informe de los técnicos de Marbella sobre los fragmentos de la nota manuscrita hallados en la papelera de Alarcón, donde se leía a duras penas la palabra «Mone…

», cobraba ahora todo el sentido. Aquello había sido una advertencia, una amenaza o un mensaje de alguien que parecía observar al secretario; el detonante que lo llevó a romper el papel en un ataque de nervios antes de huir.

Un motivo más que suficiente para poner tierra de por medio, aunque fuera dejando todo su mundo atrás.

Sobre todo si de verdad pensaba robar todo ese dinero y comenzar una nueva vida en algún otro lugar, tal vez un país lejano sin tratado de extradición.

Lo de exponerse físicamente para comprar a cara descubierta un dispositivo de esas características en una tienda del centro no debió de suponerle mayor problema.

Cuarenta y ocho horas antes de que estallara todo no tenía por qué creer que se encontraba en problemas si todavía no había cometido ningún delito, aunque ya lo tuviera en mente.

Pero si se sumaban todas las situaciones sobrevenidas, circunstanciales o no, el panorama cambiaba radicalmente.

Dichos pensamientos se le pasaron por la mente a Roncero mientras atendía al resto de explicaciones de su pupila, sin saber si había dado en el clavo al intentar ponerse en la piel del secretario judicial. Había tenido una corazonada, un pequeño pálpito que tal vez fuera el acertado.

—¿Algo interesante por tu parte, sargento? —preguntó Roncero, mirando al suboficial gallego.

Andrade asintió con gravedad. Tenía los ojos algo enrojecidos, tal vez castigados después de revisar las grabaciones de las diferentes cámaras que podrían darles alguna pista sobre los tipos que asaltaron el chalet de Valcárcel.

—Tengo un clip grabado que me gustaría que vierais.

Los compañeros de criminalística están procesando todos los vídeos que he conseguido, pero os puedo adelantar una primicia que traigo en este pendrive cifrado.

A ver qué os parece… —Andrade insertó el dispositivo en el ordenador y abrió el reproductor de vídeo.

En el vídeo aparecía una imagen granulada en la que se veía un coche gris, un SUV que no parecía de alta gama, saliendo de la zona de influencia por la que podrían haber transitado perfectamente los asesinos del juez.

Milene dio un respingo al ver la maniobra del conductor y Roncero lo tuvo claro.

Aquel movimiento tan brusco, ejecutado a gran velocidad y sin titubeo alguno no lo había efectuado un ama de casa de la urbanización al salir de Los Encinares.

—¿Veis lo que os decía, compañeros? —preguntó Andrade con una pizca de satisfacción en su rostro—.

El conductor no es un cualquiera, ese tío es un profesional.

Conoce al menos los rudimentos de la conducción evasiva, eso como poco.

Nadie toma una curva cerrada en grava a esa velocidad sin haber recibido formación avanzada o haberse visto obligado a realizarla en otros operativos complicados.

Las matrículas están dobladas, ya lo he comprobado, por ahí poco que rascar.

Y parece que después salieron disparados hacia las urbanizaciones situadas a las afueras de Marbella sin pensárselo dos veces, como si conocieran cada metro de esa carretera con los ojos cerrados.

Roncero sintió una presión sorda en las sienes. El asesinato del juez y la pista del dispositivo digital empezaban a encajar como piezas de un engranaje oxidado.

—Parece claro que el secretario compró el Ledger, por lo tanto él tiene la llave de todo —concluyó Roncero—.

E igual que hemos llegado nosotros a esa conclusión, lo harán los sicarios tras el fiasco del juez, si es que no lo han hecho ya.

Ignoramos de quién venía la advertencia que le dejaron a Alarcón en su despacho, pero de momento pensaremos que se trata de alguien cercano a los asesinos.

Tal vez cometieron un error con Valcárcel, pero no van a dejar escapar al secretario tan fácilmente.

Viendo su nivel de profesionalidad con la ejecución del juez o con la conducción del SUV, podemos afirmar que esos tipos son auténticos profesionales y que será cuestión de tiempo que den con la pista del fugado.

Todavía no sabemos quiénes son, pero si están dispuestos a liquidar a un juez de ese modo tan frío y cruel, no tendrán piedad con un funcionario de rango medio.

Antes de que pudiera profundizar en la estrategia a seguir con su equipo, su teléfono comenzó a vibrar con una insistencia inoportuna.

Se trataba de una llamada de la Comandancia de Málaga y eso le descolocó un poco.

Roncero hizo un gesto de fastidio y se retiró un paso hacia la ventana mientras contestaba.

La conversación fue breve, cargada de monosílabos, pero no podía negarse.

Al colgar, su rostro era una máscara de frustración contenida.

—Ha surgido un problema burocrático de última hora en Málaga que requiere que me persone allí de inmediato, órdenes del oficial al mando, así que no puedo acompañaros de momento —anunció Roncero, guardando el móvil—.

Pero no podemos perder esta ventana de tiempo, tenéis que insistir por el camino que hemos encontrado.

Miró a sus dos subordinados mientras recorría sus rostros con una mezcla de confianza y severidad.

—Quiero que vayáis juntos a esa tienda de Puerto Banús —siguió—.

Aunque sea sábado por la tarde, estamos ya en vísperas del puente y es un lugar turístico, seguro que está todo abierto.

Conseguid las grabaciones de seguridad internas, entrevistad al dependiente y, sobre todo, aseguraos de que no haya rastros de ese SUV cerca, por si las moscas.

No sabemos si ya lo estaban vigilando, andaos con ojo.

—¿Y qué hacemos con la pista del coche? —preguntó Andrade—.

Puede que ya se hayan desembarazado de él, pero no pierdo nada por hablar con la policía local.

Me han pasado un contacto y creo que pueden ayudarnos con las cámaras del ayuntamiento.

Juraría que esos tipos se han escondido en alguna de las fincas de lujo de las afueras, pero nunca se sabe.

—Me parece bien, a ver qué sacáis en claro. Primero la tienda y después las cámaras, por ese orden. Pero no os separéis, no quiero problemas. Y si por cualquier casualidad dais con el secretario u os topáis con los sicarios, no quiero héroes, ¿entendido?

—Tranquilo, jefe, no nos expondremos —contestó Milene—. Llegado el caso, solicitaremos apoyo inmediato de la patrulla más cercana de Marbella y te mantendremos informado minuto a minuto.

—Una última cosa —añadió Roncero antes de marcharse—.

Vigilancia me confirma que la mujer de Alarcón, Ángela, ha salido de su casa hace una hora.

Se mueve con cautela, parece que ha quedado con alguien en Puerto Banús.

De hecho, su señal de GPS la sitúa cerca del Muelle de Ribera.

Si la veis por allí mientras vais a la tienda, no la abordéis, solo informad.

Puede que sea ella la que nos lleve directos al secretario.

Milene y Andrade asintieron al unísono, acatando la orden. Roncero se despidió de sus compañeros, sin saber la sorpresa que Puerto Banús les tenía preparada como regalo de bienvenida.