Los límites de la ley #3
—Veamos… Imagina cualquiera de estas situaciones, que separadas no significan nada, pero juntas forman una cadena lógica de acontecimientos.
Un gruista descarga un contenedor, un conductor de camiones lo lleva a una nave industrial y el intermediario de una empresa de importación firma un papel en concreto.
Ninguno de ellos sabe que lo que contiene ese contenedor, a ellos les pagan por no hacer preguntas.
Pueden ser componentes electrónicos, piezas de maquinaria o cualquier otro tipo de mercancía.
El dinero, sin embargo, viaja por canales digitales a una velocidad diferente.
Para que te hagas una idea, en el tiempo que a alguien se le ocurre realizar alguna inspección de esa mercancía, el dinero virtual ya ha cruzado tres jurisdicciones distintas.
Miriam observaba el croquis con el ceño fruncido. Aquello empezaba a encajar con las notas que ya había sacado tras investigar los movimientos de sociedades en Sotogrande o Gibraltar.
—Entonces, ¿el puerto es solo una fachada?
—Es el nodo principal, el núcleo central de comunicaciones —corrigió él, inclinándose más—.
El lugar donde la mercancía real y la contable se encuentran de alguna manera, lejos de miradas fiscalizadoras.
Pero el verdadero secreto, lo que hace que tipos como el Turco sean necesarios, es el control sobre los errores.
Cuando una aduana detecta algo inusual, o cuando una investigación policial se acerca demasiado a cualquier eslabón de la cadena, ahí es donde entra otro tipo de diplomacia menos almibarada.
Puede tratarse de sobornos, amenazas, palizas o llegar mucho más allá, nunca se sabe.
Y claro, esos abogados con trajes hechos a medida dejan paso a otro tipo de empleados, los que no temen mancharse las manos, ni siquiera de sangre.
Miriam pensó entonces en la misma investigación de Roncero en la Costa del Sol, el asesinato de un juez y otros delitos ocurridos en torno a un juzgado de Marbella, sin saber si tendría algo que ver con semejante estructura de hidra de tres cabezas.
Y eso que todavía ignoraba que el bueno de Fracisco Bermejo también andaba husmeando sobre ciertos temas junto a la Brigada de Ciberdelincuencia de Málaga.
Kiko se quedó mirando al vacío, hacia un enorme buque portacontenedores que maniobraba para atracar al final del muelle.
Sus ojos, por un instante, reflejaron años de culpa.
Quizá el tiempo perdido, el peso de su propia inhabilitación o el recuerdo de todo lo que había visto al trabajar con ese tipo de gente antes de caer en desgracia.
—Por eso no deberías acercarte demasiado al Facilitador —continuó, volviendo a la realidad—.
Él tiene una coraza legal, músculo financiero y perros de presa cubriéndole las espaldas.
Te puedes hacer una idea: bufetes de Londres con sucursal en Gibraltar, sociedades en la isla de Man, Jersey o el mismo Delaware y cuentas en Panamá, islas Caimán o incluso Dubái.
Parece un tipo inofensivo, pero es la cara visible de un gigante dormido al que no querrás despertar. Porque entonces…
—Me puedo hacer una idea, lo he comprendido.
—Eso es lo que te crees, pero te quedarás corta en tu evaluación.
Si aprietas demasiado a ese tipo, o si alguien siente que estás exponiendo al exterior la verdadera cara de su negocio, que es el flujo real del dinero, te pondrás en verdadero peligro.
El Facilitador no irá a las autoridades, ya que tiene su propio policía al servicio de la causa.
Llamará a su hombre, el Turco, un antiguo subinspector que no se anda con medias tintas.
Un tipo cruel, desalmado, acostumbrado a lidiar con todo tipo de problemas.
Y con él no se negocia. El Turco es un tipo eficaz, no pierde el tiempo con tonterías.
Y si hay algún tipo de problema, lo elimina de raíz, creo que me has entendido.
—¿Y por qué me cuentas todo esto, Kiko? —preguntó Miriam, directa—. ¿Qué ganas tú?
Kiko se removió inquieto, demasiado nervioso. Luego se levantó de la mesa y se ajustó la chaqueta. Por primera vez, Miriam vio un rastro de miedo auténtico en su postura, una rigidez que no era de abogado de postín, sino de alguien que se siente observado.
—No gano nada, la verdad. De hecho, acabo de arriesgar mucho.
Pero mi madre siempre me decía que el mundo se divide entre los que miran cómo se construye la jaula y los que intentan romper los barrotes.
—Le lanzó una mirada rápida, un destello de una conexión que iba mucho más allá de la simple información—.
No sé hasta dónde llegarás, Miriam, eso es cosa tuya.
Pero haz el favor de tener mucho cuidado, no me apetece cargar con una nueva desgracia sobre mi conciencia.
Kiko se alejó del café sin esperar respuesta.
Miriam se quedó sola, con el croquis hecho en la servilleta y el sonido del puerto resonando como una amenaza constante a sus espaldas.
El viento seguía soplando con fuerza, pero el frío que ahora sentía venía de dentro.
Había cruzado el puente y ya no había vuelta atrás.
Estaba sola, con una servilleta repleta de esquemas y un aviso de muerte pendiendo sobre su cabeza.
Tenía suficiente para continuar, lo malo era que las advertencias de Kiko le habían helado la sangre.
Y eso que no quiso apretarle más, parecía que se callaba detalles aún más escabrosos que tal vez descubriera por sí misma.
Como, por ejemplo, quién controlaba en realidad aquella red clandestina que tenía el estrecho de Gibraltar como eje vertebrador.