Los límites de la ley #2
—Esto va más allá de nosotros, de esta tierra o de su gente —siguió por fin—.
Ni siquiera vamos a hablar de la corrupción institucional introducida en todos los ámbitos, como una metástasis que lo va pudriendo todo desde dentro.
Esto es mucho más grave y no quisiera verme involucrado con esta gente.
Se trata de una estructura que drena la riqueza de la sociedad usando el Estrecho como filtro.
Una red de poder en la sombra que maneja los hilos con la elegancia sibilina de Maquiavelo.
—¿Una red extranjera? —preguntó Miriam, intrigada—. Quizá alguien de Sudamérica o de Oriente Medio…
—Tal vez no andes muy desencaminada, pero primero tienes que conocer a los que cortan el bacalao en la zona, los jefazos no creo que se pasen por aquí para mancharse las manos, ¿no crees?
—¿Y de quién hablamos exactamente?
—No conozco los nombres reales, tampoco me he querido preocupar demasiado ni llamar la atención sobre mí.
Pero no soy idiota y uno, al final, acaba enterándose.
Y seguro que tú puedes averiguar más datos, espero que con la máxima discreción.
Te aseguro que son gente peligrosa, debes tener mucho cuidado.
—Descuida, así lo haré… —le aseguró Miriam nerviosa, esperando la confesión final.
—Hay un hombre de paja, una especie de conseguidor, al que llaman el Facilitador.
Se trata de alguien que vive en una burbuja de lujo en Marbella, un tipo gris que maneja el papeleo de la Red.
A ojos de cualquiera puede parecer un empresario intachable, un ejecutivo cualquiera en una ciudad que mueve millones de euros sin inmutarse.
Un tipo que no se ensucia con violencia ni visita los bajos fondos.
Alguien que solo efectúa llamadas telefónicas o transferencias electrónicas, todo muy limpio y aseado.
El jefe de una oficina legal de cara a la galería; el tipo que solo pone papel, sello y firma a transacciones la mar de suculentas sin mover un músculo o inmutarse lo más mínimo.
—Ya veo… Por lo que dices, debe de haber entonces alguien en el otro lado, su antítesis. Alguien que sí baje al barro, se manche las manos y apriete el gatillo, real o no, si hace falta o los jefes lo requieren, ¿verdad?
Kiko soltó una carcajada seca, sin rastro de alegría.
—No vas mal encaminada, pero esa es la parte que debería quitarte el sueño.
Hay un expolicía que se mueve bien en esos ámbitos, alguien a quien llaman el Turco.
El perro de presa de toda esa operativa, el que se preocupa de sacar la basura y no dejar flecos sueltos.
Se encarga de que los «desajustes» se solucionen con la rapidez que exige la gente que controla el Estrecho como si fuera un tablero de ajedrez, sean quienes sean.
Yo no te recomendaría meterte en ese jardín, pero tú sabrás.
Miriam guardó silencio mientras observaba el humo de su café mezclarse con la bruma marina que entraba hasta su mesa.
Ya no era solo una historia más en su cabeza.
Kiko acababa de ponerle nombre y apellidos a dos personajes principales de la trama, aunque sus motes parecieran más bien de película de bajo presupuesto.
El Facilitador y el Turco, dos caras de una misma moneda.
La maquinaria del blanqueo tenía rostros, y el frío que sintió al escucharlo no tenía nada que ver con el viento de levante.
Kiko se volvió a encender un cigarrillo, protegiendo la llama del viento con la destreza de un profesional. El aire del muelle parecía haberse vuelto más denso, cargado con el sonido metálico de las grúas descargando contenedores.
—Te lo explicaré para que lo entiendas —siguió Kiko mientras exhalaba el humo hacia un lado—.
Aquí no se trafica con menudencias ni baratijas, Miriam.
Y aunque parezca lo contrario, el verdadero negocio no es la droga, ya que solo es el combustible que mueve la verdadera maquinaria, el músculo financiero.
Aquí lo que de verdad importa, y creo que es lo que ya habías comenzado a investigar, es el blanqueo del dinero negro.
Y para ello se sirven de una estructura compleja, comenzando por una red de empresas pantalla que se solapan como las capas de una cebolla.
Kiko cogió una servilleta, la depositó sobre la mesa y, con un bolígrafo gastado, trazó un esquema simple con cuatro garabatos.
—Imagina una especie de triunvirato, una triangulación en la que cada elemento cumple su propia función.
Necesitas a las empresas logísticas, pero también a las consignatarias.
Y, por supuesto, sin olvidarnos de los intermediarios legales.
Todos debidamente separados, elementos compartimentados de forma que ninguna de las otras patas del banco se entere de más detalles de los que le corresponden.
Hizo una pausa de unos segundos, tomó otra calada de su cigarro y continuó sin inmutarse, mientras Miriam no perdía detalle de la explicación.