El monedero del diablo (Bermejo y Roncero 7) Los límites de la ley
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Los límites de la ley

Miriam se subió el cuello de la gabardina y buscó un resguardo inútil contra el levante mientras daba con el lugar de reunión.

El viento de la costa traía un olor indefinible hasta su posición: salitre, arena y el gasoil quemado de los gigantescos buques de carga allí abarloados.

Nada más llegar a su destino escaneó la terraza del café con mirada inquisitiva, encontrándose un local deslucido y funcional, poco llamativo, hasta que localizó a Kiko en una esquina.

El joven se encontraba al fondo, arrinconado, de espaldas a la pared.

La autora de tramas criminales pensó en esos policías y delincuentes de ficción que siempre se sentaban así en cualquier local para controlar a todo el que entrara o saliera y poder huir en caso de necesidad.

Pero aquello no era ninguna serie policíaca, sino la realidad, y entendía que su interlocutor tomara todas las precauciones, algo que debería aplicarse a sí misma si quería meterse en el centro del avispero, en un ambiente en el que los forasteros no eran bienvenidos.

Mientras se acercaba a su posición, Miriam no pudo evitar una punzada de nostalgia, mezclada con la melancolía de esas pérdidas que nunca volverán.

Kiko jugaba con su encendedor, aportando un clic rítmico y nervioso a su propia escena de cine negro.

Tenía los mismos ojos que su madre, Macarena; esa mirada inteligente, capaz de calcular la distancia a la salida de emergencia más cercana antes incluso de saludar.

La muerte de la jueza Velasco durante los meses más crudos de la pandemia había sido una herida que no terminaba de cicatrizar en todos los que un día compartieron su vida con ella.

—Has tardado, estaba a punto de marcharme —dijo él sin levantar la vista del encendedor, con el que seguía jugando como un autómata.

Miriam no acusó el golpe dialéctico; tampoco se esperaba un recibimiento con flores.

Gracias a un amigo común había logrado vencer las reticencias iniciales de Kiko a reunirse con ella, siempre con la sombra de Macarena planeando sobre ellos.

El tono del hombre tampoco era de un reproche acusado, más bien se debía a su hastío mezclado con impaciencia, al que sabe que el tiempo es un recurso que se agota.

—Disculpa, me he perdido al llegar aquí.

El tráfico en el acceso al puerto está imposible, y eso que estamos en fin de semana.

Además, yo no conozco bien los vericuetos de estas instalaciones —respondió ella, tomando asiento—.

Te veo bien, Kiko. Me dijeron que te habías alejado de los juzgados tras lo que pasó en Valencia.

Él esbozó una sonrisa cínica que no alcanzó sus ojos, algo que Miriam no tuvo en cuenta.

Tampoco podía echárselo en cara, nunca habían coincidido a solas y ahora le pedía un gran favor.

El hijo de Macarena sabía perfectamente quién la había informado sobre sus andanzas como asesor legal de determinados elementos subversivos.

Con su trabajo para Brown, el capo londinense del East End, o en sus juegos florales con Aleksander Volkov, el jefe de la mafia rusa en la región, podía haber acabado muy mal.

Pero al final llegó a un acuerdo con la fiscalía y no salió demasiado malparado.

—Sé que conoces mi historia, Miriam, tampoco me voy a asustar a estas alturas.

Incluso me gustó mi alter ego , ese picapleitos sin escrúpulos que utilizaste en tu trama novelesca al escribir El aroma del miedo .

Se titulaba así tu libro, ¿no? Soy un desastre para esas cosas, aunque luego pueda memorizar expedientes completos, sean financieros o de otra índole.

—Sí, perdona, yo no quería molestar a nadie y por eso recreé en la ficción lo que ocurrió aquel verano en Valencia. Lo malo es que…

El rubor se subió a las mejillas de Miriam al toparse de frente con la realidad.

Entendía que a nadie le hiciera gracia verse reflejado de esa manera en una novela, aunque los hechos, lugares y personajes estuvieran modificados en aras de la transparencia y la legalidad.

Bermejo y Roncero se lo echaban en cara de manera más o menos comedida o simpática, pero otros involuntarios protagonistas de sus obras no tenían por qué tratarla igual.

—Tranquila, no estoy enfadado, eso es ya agua pasada —la interrumpió Kiko antes de confesar sus errores—.

Lo del bufete de Alicante fue un error de cálculo de los gordos.

Y después caí en una espiral de descontrol por mi mala cabeza, involucrando al juzgado de mi madre en Valencia y metiéndome yo solito en la boca del lobo de la Mafiya , buscando una redención imposible.

Quizá Miriam tendría que haber hablado en su momento con Kiko, que aunque lo negara, parecía dolido por todo lo sucedido.

El único vínculo entre ellos era su cariño por Macarena Velasco, pero ella había desaparecido para siempre, y ahora, la periodista se veía reflejada en un espejo para el que no había venido bien preparada.

El exabogado no se alteraba al hablar, pero le estaba dando una pequeña lección de humildad que no se esperaba.

—Cuando te inhabilitan, descubres que la ley y la justicia son dos planos paralelos que rara vez se encuentran —continuó Kiko en un tono sosegado con aires de tristeza—.

Ahora me dedico a la optimización fiscal, que suena más elegante y da menos problemas con el colegio de abogados.

Pero me da a mí que no has venido hasta aquí para recordar viejos tiempos ni hablar de mi carrera truncada, ¿verdad?

Las cosas claras y el chocolate espeso, como solía escuchar Miriam de pequeña.

Su interlocutor se dejaba de florituras e iba al grano, así que se preparó para acometer su trabajo de la mejor manera posible.

Pidió un café para hacer una pausa no demasiado dramática y cuando el camarero se alejó, se inclinó sobre la mesa para hablarle con discreción.

—Escribo sobre lo que conozco, ya sabes que tengo una dualidad mal avenida entre mi trayectoria literaria y mi carrera como periodista de investigación, siempre rebuscando entre las cloacas del poder.

Y mi última investigación se ha atascado, no te voy a mentir.

Creo que existe en esta zona una red potente, con mucho poder, pero algunos flecos no me terminan de cuadrar.

Parece que mueven el dinero con una frialdad y facilidad que asusta.

Y esto no son los clanes familiares que salen en la televisión cuando se refieren al Campo de Gibraltar, aquí hay mucho más.

Esto se asemeja más bien a una gran corporación con estructura jerarquizada y el dinero por castigo.

De ese tipo de gente que sabe borrar sus huellas antes de que la policía sospeche que hay siquiera un rastro de algo delictivo.

Kiko detuvo el movimiento del encendedor y la atmósfera pareció enfriarse a su alrededor. Miriam supo que había mencionado algo delicado por el gesto de su interlocutor.

—Ten cuidado con las historias que eliges para tus reportajes, Miriam —dijo bajando la voz hasta un susurro áspero—.

Algunas tramas no son de ficción, y no todos los personajes se lo toman tan bien cuando investigan sobre sus miserias.

Si empiezas a rascar donde no debes en este entorno, corres el riesgo de que la historia no la escribas tú, sino que alguien la termine por ti.

Miriam tragó saliva ante la advertencia, que le hizo más daño que la reiteración sobre su modus operandi a la hora de afrontar una historia inspirada en hechos o personajes reales.

—Solo quiero entender la mecánica del juego, nada más.

Seguro que conoces a alguien o has escuchado alguna cosa al respecto, puede que incluso sepas quién maneja el cotarro.

Te mueves bien entre bambalinas, sé que siempre has tenido buen olfato para saber quién controla este tipo de operaciones.

Y sin ánimo de ofender, tu experiencia te hace distinguir perfectamente a los que se sirven del dinero y las transferencias más o menos legales para hacer negocios, de los que utilizan otros métodos más expeditivos para hacerse respetar. ¿Me equivoco?

Kiko miró hacia la entrada y comprobó que nadie les prestaba atención. Sus ojos, antes distantes, ahora estaban cargados de una advertencia real, y un ligero rastro de miedo cruzó sus pupilas sin detenerse, aunque a Miriam le dio tiempo a captarlo.

—Esto no puede salir de aquí —susurró—. Y ten mucho cuidado con lo que haces con esta información, yo no te la he dado…

—Claro, no te preocupes. Mis fuentes son sagradas y nunca las pondría a los pies de los caballos. Entonces, ¿conoces bien lo que sucede aquí?

—A ver, no estoy al tanto de todo lo que ocurre a mi alrededor, pero tengo ojos y oídos.

Y una experiencia en empresas offshore que me ayuda a ver ciertos patrones.

Sin olvidarnos de otros pequeños detalles que aquí pasan desapercibidos, pero que para alguien forastero pueden chirriar desde el minuto uno.

—¿A qué te refieres exactamente? —preguntó Miriam, bajando aún más la voz.

—Tenías razón con lo de antes, esto no se trata de clanes familiares ni delincuentes locales de poca monta. Los clanes son ruidosos, cometen errores, se matan entre ellos por una esquina de mala muerte o un pequeño vuelco de droga. Esto es otra cosa, algo mucho más grande…

Miriam no quiso apretarle y le dio su tiempo para continuar. Entendía que el joven no quisiera problemas después de su trayectoria, sin llegar a sospechar entonces el nivel de podredumbre al que se había llegado en la zona bajo el auspicio de personas que solo ansiaban dinero y poder.