La sombra de la duda
Urbanización a las afueras de Marbella, esa misma tarde
Davor decidió permanecer un rato más en el porche, oculto tras la celosía de madera, observando cómo la sombra de la montaña se tragaba los tejados de la Milla de Oro.
Esa misma sombra que surcaba sus pensamientos, la duda que le corroía desde que habían abandonado el chalet del juez Valcárcel tras un golpe no demasiado provechoso.
Desde aquel momento, Markovic no había conseguido dormir a pierna suelta, le costaba desconectar y descansar como era debido.
El error cometido en Los Encinares de Mijas le palpitaba todavía en las sienes, una molestia sorda que no se le borraba con ningún tipo de analgésico.
Y no era precisamente por cargar con la culpa de una nueva muerte a sus espaldas, aunque fuera innecesaria a toro pasado; eso no le preocupaba en exceso.
Más bien se martirizaba por lo sucedido a continuación, al salir de la finca en el silencio de la noche.
No era el cadáver del juez lo que le inquietaba, ni siquiera la comisión del crimen en sí.
Recordaba haber asestado la puñalada mortal de forma perfecta, muy profesional.
La hoja de metal acerado había entrado limpia, sin estridencias, tal como había hecho en las montañas de Kosovo tres décadas atrás, cuando era apenas un muchacho imberbe y aprendió a matar con ese golpe maestro.
El problema llegó después, tras notar una pequeña ausencia en su mochila, un vacío que podría traerle muchos quebraderos de cabeza.
Las malditas bridas, un error de novato.
Aquel manojo de plástico negro que se le había caído en la huida podía considerarse una mala firma, un rastro de chapuza que no encajaba con su historial.
Y eso, en manos de un investigador avezado, podía significar su ruina.
Así que intentó adelantarse a los acontecimientos, aunque tenía otros muchos problemas sobre la mesa de los que había que encargarse a la mayor brevedad.
—El intermediario ha vuelto a llamar al teléfono prepago para emergencias —dijo Nico desde el interior.
El holandés había dejado de limpiar su Glock y miraba ese móvil con una mezcla de ansiedad y aburrimiento—.
No está contento, Davor. Dice que no hemos cumplido con nuestro cometido y que el tiempo corre en nuestra contra.
Que no va a haber muchas más oportunidades.
Afirma también que sus sistemas de rastreo le han dado una alerta de movimiento interesante en la zona de la costa oriental, pero que no piensa darnos de momento la ubicación exacta hasta que le demostremos que somos capaces de cerrar el trato.
Davor no quería preocuparse del intermediario, con el que ya había trabajado en anteriores ocasiones.
Se le conocía como el Turco en los bajos fondos, y sabía cómo se las gastaba a las malas.
Pero a Markovic no le gustaba que le amenazaran, ni siquiera de forma sibilina.
Nadie se reía de él ni le hablaba con segundas intenciones, a no ser que quisiera un palmo de acero en el gaznate.
El sicario entró en el salón con pasos silenciosos sobre el lujoso suelo de mármol y miró a Nico con benevolencia.
El chico era joven y aprendía rápido, pero le quedaba mucha calle que vivir para estar a la altura.
Y seguramente no veía el peligro latente en cada nueva interlocución con el intermediario, sabiendo que ellos dos eran el eslabón débil de la cadena, el cabo suelto fácil de erradicar.
La juventud del chaval le impedía ver el peligro de un contrato que se había torcido desde el principio.
—Ignora sus llamadas, Nico, tenemos otros problemas de los que preocuparnos.
Y si vuelve a insistir, dile que nos facilitaron mala información para el golpe, el juez no tenía nada —respondió Davor con voz rasposa—.
Le podemos dar la vuelta a la tortilla, esto no es culpa nuestra.
Registramos cada rincón de la casa y allí no había nada, ni sobre con contraseñas, ni dispositivo digital, ni nada que se le pareciera.
Ese tipo no sabía nada, se lo vi en los ojos.
Quizá no se merecía morir, pero ya es tarde para lamentaciones.
Así que hay que seguir indagando. Y el siguiente que aparece en la lista de candidatos que nos dieron es ese tipo extraño, el secretario.
Es el único que parece poseer todas las claves, seguro que guarda a buen recaudo más de un secreto.
Y si ha desaparecido, según lo que he podido averiguar gracias a mis contactos en el juzgado y la comisaría local de Marbella, habrá sido por un buen motivo.
Otra cosa es que el Turco pretenda que busquemos una aguja en un pajar mientras él sigue el rastro del dinero por su cuenta para alejarnos del foco.
—Se llama Diego Alarcón —asintió Nico—. Pero no podemos husmear mucho en su casa ni en el juzgado.
En su domicilio parece que ha dejado a su mujer allí sola, abandonada a su suerte.
He pasado tres veces por delante de su edificio y hay un coche patrulla en la esquina.
No creo que haya dejado apuntada su nueva dirección, habrá que buscar por otro lado.
Y eso no será fácil, los empleadores deberían tenerlo en cuenta.
Davor se sentó frente a él y sonrió ante su inocencia.
Nadie pensaría en las complicaciones del encargo, simplemente les habían pagado para cometer un golpe y, de momento, no habían cumplido con su parte del trato.
Y eso solo podía significar una cosa a corto plazo: problemas.
Davor no le tenía miedo al Turco ni a sus hombres, pero quizá sí le imponía un poco más de respeto los que manejaban el cotarro desde las sombras.
Los amos de la organización no se andarían con tantos miramientos, sabía bien cómo se las gastaban.
Así que tenían que espabilar, encontrar al dichoso secretario y recuperar el dinero antes de que desapareciera u otros personajes de la trama se hicieran con el botín.
Si lo pensaban bien, la desaparición del funcionario del juzgado tenía todo el sentido.
No necesitaban ser expertos en informática para entender la lógica de su miedo.
Si Alarcón había visto lo que le sucedió a su jefe, o si sospechaba que venían a por el sobre con las claves, no se habría quedado a esperar.
Sobre todo si, como todo indicaba, era el sospechoso número uno para haberse agenciado una pequeña fortuna en criptomonedas aprovechando su ventajosa posición en el juzgado.
—Hay algo más, Davor. El intermediario dice que ha habido movimientos sospechosos en torno al dinero —continuó Nico, bajando la voz.
—¿A qué te refieres? —preguntó Davor cabreado.
—No conozco bien los términos, a ver si sé explicarlo —contestó nervioso el joven neerlandés—.
Al parecer, tienen conocimiento de que alguien ha intentado acceder a la información que protegían esas claves o algo así.
Creen que el dinero sigue a salvo, en una especie de limbo digital, pero el sistema ha lanzado una alerta.
Como si alguien estuviera fisgoneando alrededor con intención de llevárselo, por las buenas o por las malas.
—Seguro que es el tipo ese, Alarcón —sentenció Davor, que había entendido a la perfección la explicación de su pupilo—.
El secretario tiene los códigos, pero tal vez no sabe cómo usarlos.
Es un hombre de leyes, no un criminal. Y no todo el mundo está familiarizado con el tema del blockchain y las criptomonedas, yo tampoco termino de comprenderlo del todo.
Así que a lo mejor está buscando a alguien que le ayude a convertir ese dinero virtual en billetes contantes y sonantes.
—¿Y dónde encontramos a alguien que controle esas cosas en esta ciudad? —Nico hizo un gesto hacia el ventanal, señalando el resplandor de Marbella.
—En el único sitio donde el dinero sucio se vuelve transparente en esta comarca, en Puerto Banús.
De todos modos, creo que el intermediario nos quiere puentear.
Tal vez nos envíe a dar la cara mientras él se guarda la información de la alerta en la manga para asegurarse de que no le dejemos tirado.
O nos tiene dando vueltas como tontos mientras él se hace con el botín por sus medios y no nos paga nuestra comisión. De un modo u otro, tenemos que actuar.
Davor se levantó y recogió su chaqueta. El SUV gris aguardaba en el garaje con una nueva matrícula doblada, pero sabía que ese coche ya empezaba a quemar, por lo que tendrían que hacerse con otro vehículo.
No sabía si los investigadores lo tenían en su punto de mira, pero mejor no arriesgarse.
No después de la cagada de las bridas, que esperaba que solo les condujera a un callejón sin salida, aunque su estómago le castigara a veces con retortijones que parecían presagiar una catástrofe inminente.
El croata ahuyentó esas escenas de su cabeza, no quería que imágenes de las unidades de élite de la policía o la Guardia Civil entrando en su guarida antes de detenerles se adueñaran de la situación.
Sabía que cada minuto que pasaba con las bridas en manos de los investigadores y el secretario en paradero desconocido, el riesgo aumentaba para ellos.
Así que había llegado la hora de pasar a la acción antes de que todo se desmandara.
Davor se detuvo ante el umbral de la puerta y comprobó por última vez la pesada corredera de su arma. A través del cristal, las luces de Marbella ya empezaban a parpadear como un reclamo irónico; para otros era una fiesta, para ellos se convertía en un campo de minas.
—Nico, hay que ponerse en marcha —dijo sin girarse—.
Si mañana a estas horas no hemos logrado el objetivo, estaremos muertos.
Y no tendremos siquiera que preocuparnos de la policía; el Turco o quien le pague se encargará de nosotros para no dejar cabos sueltos.
Ya sabes, no es nada personal, solo negocios…
—Pero entonces…
—Nada, chaval, olvídate de tomar más precauciones.
Hay que investigar el entorno de Alarcón fuera del juzgado o de su familia, seguro que tiene a alguien en quien confía para otro tipo de problemas, como un corredor de apuestas, un asesor de fondos de inversión, un contable o el que le riega las plantas, me da igual.
—Ok, me pongo con ello, pero no será fácil. En el dossier que nos pasaron no había demasiada información adicional. Solo sé que suele comer a veces con alguien en un restaurante de Puerto Banús, quizá por ahí obtengamos algo.
—Tendrá que servirnos, no nos queda mucho tiempo.
Igual el tipo ha huido del país con la pasta, aunque yo creo que se esconde en alguna madriguera no demasiado lejana, a la espera de que se calmen las aguas.
Si consigues algún dato interesante, iremos a apretarle las tuercas al pobre desgraciado que tenga la mala suerte de cruzarse con nosotros.
Y si hay que romperle los dedos o hacerle cualquier otra caricia más o menos cariñosa para que nos diga lo que sabe del secretario, no me voy a cortar ni un pelo. ¿Entendido?
El joven sicario asintió sin palabras y Davor le hizo una señal para que le siguiese al garaje. Solo les quedaba tener una pizca de suerte antes de afrontar los siguientes movimientos, les iba la vida en ello.
El motor del SUV gris cobró vida en la penumbra del garaje, deslizándose hacia la costa como un tiburón acercándose a su presa.
Davor conducía con la mandíbula apretada, preguntándose si el secretario, escondido en cualquier agujero de mala muerte, sabría que unos lobos hambrientos olfatearían su rastro hasta los confines del mundo.
No tenía escapatoria posible, eso por descontado.