El monedero del diablo (Bermejo y Roncero 7) El eco de las piedras #3
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El eco de las piedras #3

—Habrá que ir viendo la evolución del caso, si le parece bien nos mantenemos al día de nuestras pesquisas, por si tenemos que colaborar de manera más oficial. Así nos retroalimentamos entre todos y puede que lleguemos antes a encontrar la solución a este embrollo.

—Me parece bien, Pablo. Ojalá no nos estalle todo esto en la cara y podamos terminar la misión sin jugarnos el pescuezo. Le dije a Mardones que me apetecía bajar al barro, pero se me están quitando las ganas, la verdad.

Caminaron en silencio hacia la Plaza de Armas, donde los restos de las antiguas viviendas árabes formaban un dibujo geométrico en el suelo. El guardia civil se detuvo y miró a su amigo directamente a los ojos. El tono profesional dio entonces paso a algo mucho más personal.

—Bueno, ya está bien de trabajo por el momento —comentó Roncero, bajando una octava más el tono de su voz—.

Y ya que estamos, querría preguntarle… ¿Cómo se encuentra, inspector?

Imagino que no ha sido fácil regresar aquí, a Málaga, después de lo sucedido.

Todos admirábamos y queríamos mucho a Macarena, no puedo ni hacerme una idea de lo que ha sufrido por su pérdida.

Bermejo guardó silencio unos segundos, sorprendido por la interpelación más personal de su amigo, mientras contemplaba con añoranza unos muros centenarios a los que ya se había enfrentado en el pasado en grata compañía.

En su generación no estaban tan acostumbrados a desnudar su alma y hablar tan abiertamente de sentimientos, pero sabía que Roncero era un tipo especial.

Un gran hombre y un buen amigo con el que sabía que podía contar para lo que fuera.

Bermejo no podía olvidar sus raíces, su forma de ser, las experiencias que le habían llevado hasta allí.

Pero hizo un esfuerzo por romper ese escudo autoimpuesto y ofrecerle a Roncero una pizca de su alma atormentada en unos términos que el joven agradecería a su modo.

—No es fácil, Pablo, no te voy a mentir —comenzó diciendo Bermejo con un nudo en la garganta—.

Málaga es una ciudad que te abraza y te muerde al mismo tiempo, no tiene compasión.

Volver me hace sentir que ella sigue aquí, en alguna parte, quizá en el siguiente arco de piedra, esperando a que termine el turno para irnos a cenar.

Pero luego abro los ojos y veo la triste realidad: expedientes imposibles, sicarios impasibles y sangre de jueces muertos.

Es una sensación ambigua, como si estuviera caminando por un hogar extraño que ya no me pertenece, no sé si me explico.

Roncero asintió, respetando el peso de esas palabras y agradecido por la confianza que le mostraba el veterano expolicía.

Caminaron bajo los arcos de herradura del palacio nazarí, donde la sombra refrescaba el ambiente a pesar del sol que golpeaba fuera.

Los pasos de ambos resonaban con un eco seco sobre el ladrillo, un sonido que confrontaba con los rumores lejanos del puerto, que los esperaba muchos metros más abajo, junto a la orilla del Mediterráneo.

—Bueno, no nos pongamos melodramáticos. Por cierto, ¿cómo está Miriam? —preguntó Bermejo, intentando cambiar de tercio—. Espero que muy atareada con sus novelas y demás, y no embarcada en ninguna aventura periodística.

—Mejor no hablar de esos temas, que los carga el diablo —respondió Roncero—.

La verdad es que no sé mucho de ella, estaba investigando en Madrid un tema de empresas fantasma, blanqueo de capitales y cosas parecidas.

Lo malo es que me acabo de enterar de que se ha venido también para Andalucía y anda husmeando por Algeciras, Gibraltar y otras ubicaciones cercanas.

Espero que no se meta en ningún lío, ya sabemos cómo se las gasta.

—Miedo me da esta chica, parece que tiene siempre el don de la oportunidad… Y esperemos que su investigación no tenga nada que ver con la nuestra, por el bien de todos —mencionó Bermejo de pasada, sin saber que su vaticinio podía estar más cerca de lo que presuponían.

—Miriam sabe cuidarse sola, pero a veces se comporta como una kamikaze en sus investigaciones. Y yo no puedo estar todo el día preocupándome de ella, así que espero que esta vez se trate de algo más tranquilo, ninguno queremos más sobresaltos.

Bermejo le tocó el brazo a su amigo con un gesto de ánimo sabiendo que, al final, Miriam haría lo que quisiera, como siempre.

Se daba por satisfecho con tal de que a ellos no les salpicara y, por supuesto, sin que la joven periodista se metiera en ningún follón.

Pero en ese momento solo podían hacer conjeturas.

Parecía que ninguno quería regresar a sus quehaceres.

Se quedaron un momento más allí, bajo el sol engañoso de diciembre, dos hombres marcados por las pérdidas y unidos por una investigación que apenas empezaba a mostrar sus garras.

Abajo, en el puerto, una sirena de barco anunciaba una salida, rompiendo la paz de la Alcazaba y recordándoles que, mientras ellos filosofaban entre ruinas, el tiempo se le agotaba a Diego Alarcón.