El monedero del diablo (Bermejo y Roncero 7) El eco de las piedras #2
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El eco de las piedras #2

—Palacios sostiene que esa operación virtual ha dejado un rastro perfectamente rastreable.

De momento, ignoran el paradero actual del tipo, pero esto les confirma que conoce las contraseñas de memoria o las tiene apuntadas en algún sitio.

Las doce palabras, o lo que sea, ahí no me meto.

Y seguro que ese dinero le quema en las manos y querrá tenerlo ya en su poder, a buen recaudo, deshaciéndose además por el camino de las dichosas contraseñas y toda la parafernalia cibernética a su alrededor.

—Eso tiene otras connotaciones…

—Claro, Pablo, ahí vamos. Si de verdad Alarcón tiene el dinero o, al menos, conserva las claves para obtenerlo, se va a convertir en el hombre más buscado del Mediterráneo, si es que no lo es ya a estas alturas de la película.

Y no solo por las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, seguro que tú me comprendes.

Roncero asintió lentamente, procesando quizá las implicaciones de que un gris funcionario se convirtiera de la noche a la mañana en el objetivo de tanta gente poderosa y carente de escrúpulos.

—No sé, tengo que pensar en todo esto —contestó Roncero con voz queda.

El guardia civil parecía reflexionar sobre el asunto, como si su pensamiento primigenio respecto al sospechoso se hubiera modificado tras escuchar a su amigo—.

Puede que nuestro fugitivo no haya vaciado las cuentas por algún motivo, quizá espera todavía el momento adecuado, esa ventana de oportunidad que le consiga además la opción de escapar con el dinero. Aunque también…

—¿Y si alguien le está extorsionando? —apuntó entonces el asesor ministerial.

—Puede ser, no lo descarto. Tal vez alguien le esté apretando el cuello, literal o metafóricamente hablando, para que le suelte las claves —sentenció Roncero—.

Y sea motu proprio u obligado por terceros, parece que el hachazo final se producirá en cuestión de horas.

Desde luego, me parece a mí que los de la ORGA en Madrid no van a ver un céntimo en un futuro próximo.

Las criptomonedas se van a volatilizar y no podremos hacer nada por impedirlo sin esas claves.

Bermejo lo miró con curiosidad, con una duda latiéndole en el pecho.

—Si no nos conociéramos, cualquiera podría dejar pasar esa frase tan bonita que has mencionado sobre lo de apretar el cuello literal o metafóricamente hablando, pero a mí no me la das. ¿A qué te refieres exactamente?

—Me ha pillado, inspector. Igual debería haberle comentado antes lo que hemos encontrado nosotros, y de ese modo puede que las piezas nos empiecen a cuadrar a ambos cuando dispongamos de todos los datos sobre la mesa.

—A ver si lo adivino… ¿Algo en la autopsia del juez? —preguntó Bermejo mientras Roncero negaba con la cabeza—. Está bien, probemos de nuevo. No me digas que se han dejado alguna pista importante en el escenario del crimen…

—Caliente, caliente… Todavía estamos estudiando las implicaciones, no está muy claro.

Fue la joven Oliveira la que lo encontró, no se le escapa una.

Peinando el patio de la finca y el muro perimetral halló unas bridas industriales enganchadas entre unas ramas intrincadas del seto que rodeaba el chalet. Aquí las tiene.

Roncero le mostró una imagen con buena resolución que llevaba en la galería de su propio teléfono móvil. Bermejo frunció el ceño; tampoco le cuadraba demasiado el hallazgo.

—No me parece nada del otro mundo, la verdad. ¿Se trata de unas bridas de esas de ferretería o estamos hablando de otra cosa?

—Al parecer, no son fáciles de encontrar aquí —confirmó Roncero en voz baja, asegurándose de que nadie le escuchara—.

De hecho, el análisis preliminar del laboratorio indica que tienen una base importante de un polímero que se dejó de utilizar hace tiempo.

A falta de periciales más largas y costosas, los técnicos se inclinan por una fabricación centroeuropea de principios de los años noventa en su lote original, tal vez realizada en la zona de los Balcanes.

—¡No me jodas! —exclamó Bermejo, sorprendido—. Si se trata de material militar de la antigua Yugoslavia, de la guerra de los Balcanes, entonces…

Ambos se miraron durante un segundo, recordando el sufrimiento causado por un viejo conocido de ambos, originario de esos países que estuvieron en conflicto a finales del siglo XX, durante una investigación que los llevó a todos al límite de sus fuerzas.

—Puede ser, no descartamos nada. Tal vez se trate de parte de un antiguo lote militar que ha pasado por muchas manos, no está confirmado.

Ya sabe, movido a través del mercado negro de armas provenientes de ese conflicto, algo que las autoridades europeas no han conseguido erradicar en todo este tiempo, como bien sabrá.

Bermejo se quedó un momento pensativo. Se imaginó al sicario en la oscuridad del jardín, perdiendo esas bridas entre las buganvillas sin darse cuenta. Y ese simple detalle le decía que aquella operación se podía complicar aún más.

—Buff, no me gusta nada esto, muchacho… —masculló Bermejo—.

Si hay mercenarios serbios, bosnios o croatas por aquí cerca, contratados al mejor postor por alguien que todavía no conocemos, eso cambia un poco las dinámicas de este problema, haciéndole más complejo todavía.

¿Piensas que tienen retenido al tal Alarcón y de ahí que llevaran esas bridas para mantenerle atado después de secuestrarle?

—Es una de las ideas que manejamos, no se lo niego.

Andrade cree que las bridas eran en un principio para el juez y algo se torció durante la operación clandestina.

Quizá se les fue todo de las manos cuando no consiguieron su objetivo e improvisaron sobre la marcha.

Mucho que analizar todavía, pero desde luego no me gustaría estar en el pellejo del famoso secretario.

—Claro, no pueden cargar con ese paquete sin consecuencias.

Si lo tienen en su poder, le sacarán las claves por lo civil o por lo criminal.

Y si no lo han encontrado todavía y el tipo se esconde como un conejo en una madriguera, ya puede rezar para que no lo encuentren.

Las autoridades marbellíes tienen experiencia con bandas criminales de todo el mundo, esto parece la ONU de las mafias internacionales, pero con ese perfil que me comentas de los perseguidores, yo no apostaría un duro por el secretario.

Es un cabo suelto que hay que cortar cuanto antes, si es que no lo han hecho ya los sicarios y han arrojado su cuerpo al Mediterráneo.