El eco de las piedras
Málaga, a la mañana siguiente
La Alcazaba siempre le había parecido un lugar suspendido en el tiempo, una anomalía de ladrillo y piedra que vigilaba el Mediterráneo mientras la ciudad moderna rugía a sus pies.
Había llegado temprano para evitar precisamente las horas de mayor afluencia turística; nunca le habían gustado las aglomeraciones.
Se encontraban en el sábado previo al puente festivo de diciembre, unas fechas en las que el turismo arreciaba en ciudades como la capital de la Costa del Sol, por lo que esperaba no haberse equivocado de lugar, tanto por los ecos nostálgicos de recuerdos añorados como por la logística propia de una reunión de la que nadie tenía por qué saber nada fuera de sus equipos de trabajo.
Había dejado el coche en un parking cercano del centro.
Caminó por aquellas callejuelas llenas de vida y subió el último tramo a buen ritmo.
Dejó a su izquierda el Teatro Romano, esa herida abierta de la historia, y se adentró en la fortificación por la Puerta de la Bóveda.
El ascenso por las rampas empedradas, diseñadas en zigzag para dificultar el paso a los antiguos invasores, le obligó a concentrarse en sus pasos, algo que agradeció para olvidarse de sus demonios internos.
Tal vez no lo tuvo en cuenta al aceptar el encargo de Mardones.
O quizá pensó que, una vez metido en faena, nada le distraería de su objetivo.
Pero la tozuda realidad se impuso pocas horas después de su llegada, sin darle tiempo a levantar un muro a su alrededor para preservar su salud, tanto la física como la mental.
Y es que en aquella bella ciudad, cada rincón era una mina terrestre emocional.
El olor a humedad de los muros centenarios y el sonido del agua corriendo por los canalones de los jardines le traían, inevitablemente, el recuerdo de Macarena.
Ella amaba ese lugar, era uno de sus rincones preferidos; decía que era el único sitio donde el ruido de los sumarios y la miseria de los juzgados no se colaba por sus resquicios, consiguiendo mantenerse en paz consigo misma.
Bermejo dejó atrás los pensamientos intrusivos y se detuvo en el Patio de los Surtidores.
Se apoyó en una de las arcadas califales, observando los techos labrados y el contraste de la luz invernal colándose por los arcos de herradura.
A lo lejos, el puerto de Málaga lucía como una maqueta de barcos de juguete.
Ni siquiera se percató de unos pasos sutiles que se acercaban por un lateral.
—No tiene mal gusto para escoger lugares de reunión, querido inspector.
La voz de Pablo Roncero llegó antes que su figura.
El capitán de la UCO apareció por el recodo de la muralla, caminando con esa seguridad de quien sabe que, aunque no esté en su territorio, lleva el peso de la ley sobre sus hombros.
Se le veía cansado, con las ojeras propias de quien pasa una noche analizando fotos de una escena del crimen y después solo puede desayunar un triste y aguado café de máquina en el cuartel de la Guardia Civil.
—¡Dichosos los ojos, Pablito! Ven a mis brazos, muchacho —soltó alegre.
Bermejo se acercó hasta su interlocutor y le incomodó de forma consciente, sabiendo que Roncero no era muy amigo de la efusividad en público.
Pero a él le daba igual y le regaló uno de sus famosos abrazos de oso.
Quizá lo hacía más por su bien anímico que por fastidiar a su buen amigo, ya que se acababa de dar cuenta de que echaba de menos el calor humano.
Y aquel joven íntegro era una de las pocas personas en las que confiaba plenamente, por lo que no le importó abrir un poco sus defensas en su presencia.
Roncero se separó segundos después, con la incomodidad prendida en su rostro. Menos mal que se conocían desde hacía muchos años y el oficial de la UCO no se lo tendría en cuenta a corto plazo, ya sabía cómo se las gastaba el veterano investigador.
—Es un sitio tranquilo para hablar, Pablo, nadie nos molestará.
Y aquí arriba el aire corre más limpio que en el cuartel de Marbella o en las oficinas de la Brigada de Ciberdelincuencia de Málaga —respondió Bermejo con una media sonrisa—.
¿Qué tal ha ido vuestro aterrizaje en la comarca?
Ah, y te recuerdo que ya no soy inspector de policía, aunque a veces se nos olvide.
—Para el caso nos da igual, Bermejo. Asesor plenipotenciario del ministerio tampoco suena tan mal —replicó Roncero—. Yo también me alegro de verle, aunque sea en estas circunstancias.
—¿Tan mal ha ido? —preguntó Bermejo al ver el gesto cariacontecido de Roncero.
—Bueno, digamos que ha sido bastante movido, no nos podemos quejar. Tenemos tajo por delante y creo que este caso se puede complicar aún más.
Bermejo se movió unos metros y se colocó mirando al mar.
El brillo del sol invernal reflejándose sobre las tranquilas aguas del Mediterráneo llegaba hasta allí arriba en forma de destellos intermitentes.
La panorámica era increíble, y el silencio se instaló durante unos instantes en el seno de esa conversación pendiente.
—Ya imagino… —Bermejo siguió distraído, más pendiente del paisaje que de su interlocutor, al menos durante un instante—.
No sé, a veces pienso que no sé por qué perdemos el tiempo intentando arreglar los problemas del mundo.
La maldad seguirá ahí fuera cuando no estemos nosotros aquí, eso no tiene solución.
Así que, tal vez, lo único que nos quede sea disfrutar de las maravillas que nos ofrece la naturaleza.
—Quizá tenga razón, le veo hoy muy filosófico —contestó Roncero con prudencia—. Aunque imagino que no me habrá hecho subir hasta aquí para tener este tipo de conversación.
Bermejo suspiró y buscó un rincón más resguardado, cerca de un pequeño estanque donde los pétalos de algunas flores tardías flotaban inmóviles. Ambos eran hombres muy atareados, con una misión concreta que les habían encomendado sus superiores, por lo que no podían perder más el tiempo.
—Tienes razón, Pablo, como siempre. No le tengas en cuenta a este anciano los achaques de la edad.
Prefiero eso que comerme el tarro con mis neuras personales, así que vamos a ponernos las pilas.
¿Te cuento mis novedades primero o empiezas tú?
Hasta donde podamos llegar, claro. Que una cosa es que seamos amigos y hayamos compartido tanto en el pasado, y otra cosa es que los que manejan aquí el cotarro lo fueran a entender, no quiero crear problemas de la nada.
—Como quiera, inspector… Vaya, la fuerza de la costumbre, lo siento.
—Tranquilo, no hay problema. Veamos, empiezo yo.
En la brigada de ciberdelincuencia no se han estado quietecitos —arrancó—.
No te voy a contar mis antiguas cuitas personales con Palacios, el jefe del equipo, pero he de reconocer que me ha sorprendido su profesionalidad.
Parece que han encontrado un rastro que incrimina casi con seguridad a uno de los protagonistas de esta historia.
—No me deje con la intriga ahora…
Bermejo le explicó con sus propias palabras, algo alejadas del tecnicismo de los verdaderos especialistas, lo que habían encontrado en la unidad de Palacios.
—Verás, Pablo —comenzó Bermejo, rascándose la nuca con gesto de fastidio—.
Los chicos de la Brigada de Ciberdelincuencia me lo han tenido que explicar tres veces con dibujitos, porque ya sabes que yo para estas modernidades soy un negado, pero la conclusión parece sencilla: el secretario judicial, Diego Alarcón, no se fue de aquí con las manos vacías.
Roncero entornó los ojos, dispuesto a escuchar con atención.
—Veamos esa explicación…
—A ver, no me lo tengas en cuenta. Seguro que Nadia, vuestra hacker, te lo puede explicar técnicamente. Yo me apaño con mis analogías, que no sé si serán las más adecuadas para este asunto.
El guardia civil le animó a que continuara.
—Por lo que pude entender en la reunión con Palacios y sus chicos, ese dinero digital no está guardado en ninguna caja fuerte física, sino en una especie de banco virtual en el extranjero, de esos que no tienen ventanilla ni cajeros, tú ya me entiendes.
Creo que para poder acceder a esa cuenta hace falta una contraseña larguísima o una serie de varias palabras, eso no me quedó muy claro.
Como si dijéramos, es la llave maestra que permite recuperar ese dinero.
—Creo que son doce palabras clave las que hacen falta. A no ser que haya sacado ese dinero de su lugar original y depositado en un dispositivo físico al que se pueda acceder con un pin o contraseña de cuatro dígitos.
—Perfecto, lo que sea —dijo Bermejo antes de continuar—.
¿Por dónde iba? Ah, sí… Ya han interrogado y descartado al resto de los funcionarios y demás profesionales que pudieron tener acceso a ese sobre con las claves a lo largo de todo el proceso de custodia en el juzgado.
Solo quedaban por investigar a fondo el juez y el secretario, así que parece bastante claro quién puede ser el culpable.
Y encima, alguien ha utilizado estos días esa llave mágica para acceder a la cueva de Aladino desde algún rincón perdido de Internet, así que blanco y en botella.
Parece que nuestro amigo Alarcón tiene todas las papeletas para ser el agraciado del sorteo con una entrada en zona vip para la cárcel.
—¿Se han llevado el botín? —preguntó Roncero con gravedad.
—No, eso es lo extraño. Fue como si Alarcón, desde su escondite secreto, solo quisiera comprobar si la llave seguía funcionando.
Al parecer, efectuó una pequeña transferencia a una cuenta opaca, o eso creen.
Tal vez una prueba para lo que está por llegar, no lo sabemos a ciencia cierta.
O un aviso de que tiene el poder para vaciar la caja cuando le dé la gana, eso por lo menos.
Bermejo hizo una pausa y se fijó durante un instante en un par de turistas que pasaban a lo lejos antes de proseguir con su intervención.