El monedero del diablo (Bermejo y Roncero 7) El fruto de las pesquisas #3
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El fruto de las pesquisas #3

En la imagen granulada no se apreciaba con detalle, pero el vigilante no perdió más de un segundo en echarles un vistazo a los ocupantes del vehículo.

Andrade pudo comprobar que se trataba de dos hombres, aunque ni el tiro de cámara ni su resolución le ayudarían en una posible identificación positiva.

—Sí… bueno, a veces los lectores fallan —contestó Vargas a duras penas—. A ver, ese turno de tarde lo hice yo, pero no vi nada extraño. Y creo que, en este caso, pensé que era un vecino con prisa, nada más. Este es un lugar muy tranquilo en el que nunca pasa nada, no creerá que esos tipos…

—No falló el lector, Vargas, falló la tarjeta magnética. Imagino que porque se trataba de una clonada de mala manera, una chapuza de la que ni siquiera se percató. Para algo que tenía que comprobar…

Mientras Vargas tragaba saliva de forma audible, sin saber muy bien dónde meterse, Andrade siguió a lo suyo.

Tampoco le preocupaba si el vigilante se iba a meter en problemas por su negligencia, pero desde luego, tenía muy claro lo que aparecería en su informe oficial.

Allá se las compusiera cada uno, todo acto tenía una consecuencia.

Anotó la matrícula del vehículo y salió un momento de la garita para llamar a un contacto que tenía en la jefatura de Tráfico.

La placa correspondía a un utilitario dado de baja en un desguace de Leganés hacía dos años.

Se trataba de una matrícula doblada, un clásico entre los criminales que le recordaba a viejas historias que no convenía remover.

Pero lo que de verdad le puso los pelos de punta fue la salida de ese vehículo, al divisar cómo el coche escapaba por otra localización totalmente diferente.

—¿Cómo se pasa a la cámara del sector norte? —le preguntó entonces nervioso al vigilante—. La que da al camino de servicio, en aquella ubicación.

Vargas obedeció y, tras manejar los controles de forma solvente, una nueva imagen del vehículo buscado se mostró en la pantalla.

A las 22:52, el SUV gris apareció de nuevo en los monitores, pero no de regreso por la garita principal de la urbanización.

El vehículo se perdió por una de las salidas auxiliares, menos concurridas y vigiladas, aunque la cámara mostraba parte de esa esquina.

Andrade comprobó cómo el coche transitaba a velocidad moderada por el entorno de la salida hasta que creyó que se había alejado del radio de acción de las posibles cámaras de vigilancia.

Entonces aceleró de improviso, tomó una curva de noventa grados sobre grava a una velocidad demasiado elevada, en una maniobra arriesgada que le obligó a mantener las ruedas con una estabilidad asombrosa, y se lanzó a toda velocidad por una vía secundaria que evitaba el control de tráfico principal de Mijas.

—¿Ha visto esa maniobra? —murmuró Andrade—. Nadie conduce así un coche de esas características en una pista de tierra si no tiene formación adecuada, tal vez militar. Ese tipo no tiene miedo a que el coche vuelque; sabe exactamente dónde está el límite.

En ese momento, el móvil de Andrade vibró en su bolsillo. Su compañera Milene le llamaba y su intuición le dijo que la chica también tenía algo interesante que contarle.

—¿Cómo va? Dime que has encontrado algo, mi sargento… —escuchó al otro lado.

—Tengo un pajarito gris, Milene, un vehículo más que interesante. Lleva una matrícula doblada y lo pilota un conductor que podría dar clases en la academia de conducción evasiva de la Guardia Civil.

—Vaya, eso suena bien.

—Y lo más importante, las cámaras de salida muestran que tomó la vía secundaria en dirección a la zona de Marbella.

Habrá que pedir los volcados de las cámaras de Tráfico de ese sector para ver dónde se acabó metiendo esa noche.

Y tú, ¿qué tienes? Seguro que no me llamas para hablar del tiempo, ¿me equivoco?

—Pues prepárate, Andrade —respondió la joven—.

He estado revisando la información de su ordenador ya volcada por los compañeros y luego su despacho en vivo y en directo.

Hace tres días, el secretario estuvo buscando información sobre carteras físicas para criptomonedas.

Y lo mejor: se dejó olvidado dentro de un libro un ticket de compra de un dispositivo Ledger.

Lo adquirió en una tienda de electrónica de Puerto Banús.

Andrade salió de la garita, dejando a Vargas con la boca abierta. El aire empezaba a refrescar, pero él sentía una combustión interna de las que solo daban los casos que estaban a punto de estallar.

—Escúchame, Oliveira, tenemos que reunirnos en el cuartel de Marbella y hablar con el capitán.

Así ponemos todo esto en común, hay mucha tela que cortar.

Blanco y en botella. Puerto Banús está justo en la ruta hacia la que escaparon mis sospechosos.

En mitad de todo ese entramado de urbanizaciones y villas de lujo, un coche gris y corriente se vuelve invisible.

Parece que nuestras dos líneas de investigación apuntan al mismo sitio.

Vamos a tener que peinar la zona al milímetro.