El monedero del diablo (Bermejo y Roncero 7) El fruto de las pesquisas #2
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El fruto de las pesquisas #2

Oliveira entró desde su propia tablet en el perfil de usuario de Diego tras comprobar las claves proporcionadas por la brigada tecnológica y encontró oro molido.

En sus búsquedas recientes aparecían algunas cosas muy interesantes: «Ledger Nano S Plus manual español», «comprar Ledger Marbella» o «recuperar frase semilla».

Alarcón había buscado información sobre una marca muy particular de dispositivos, que fabricaba objetos tecnológicos de última generación enfocados a un mundo que, hasta ese momento, Oliveira no había tratado demasiado: las criptomonedas.

Se trataba de la marca Ledger, un nombre comercial asociado a carteras físicas de criptomonedas que aparecía varias veces en los informes oficiales de los compañeros de la Comandancia de Málaga, según pudo comprobar tras seguir estudiando toda la información volcada.

Este detalle sí que le pareció importante a Milene, sintiendo una descarga de adrenalina al suponer que había dado con un rastro interesante.

No era ninguna experta, pero por lo que había investigado sobre el tema o tratado con Roncero, todo apuntaba en la misma dirección.

Tanto si Alarcón había huido por propia voluntad como si lo habían retenido a la fuerza para sacarle las claves, el interés del secretario por esos dispositivos físicos días antes de desaparecer situaba el monedero digital en el centro absoluto del mapa.

Oliveira buscó información sobre esa marca comercial y sus diferentes productos en su web oficial, afianzando su primera impresión.

El Nano S Plus era el modelo básico, un dispositivo similar a un pendrive que contaba con una carcasa metálica giratoria.

El Flex era más moderno, con pantalla táctil.

Tal vez Alarcón había ido a lo más práctico, a lo discreto, buscando información adicional para una llave analógica en la que custodiar activos digitales.

Milene intentó comprender los mecanismos de funcionamiento de las criptomonedas y su forma de almacenamiento tras echarle un vistazo a un par de páginas, sin llegar a comprender del todo las numerosas implicaciones.

Si Roncero o los compañeros de la brigada tecnológica no podían explicárselo de forma más clara, siempre les quedaba la opción de localizar a Nadia Muñoz, la experta hacker de la UCO, para que les echara una mano.

Aunque la gurú tecnológica de la unidad se dedicaba a otros menesteres y al coronel Antúnez no le haría ni pizca de gracia que la molestaran por semejantes tonterías.

Los nervios comenzaron a apoderarse de Oliveira, satisfecha tras comprobar que aquello tenía todo el sentido, aunque necesitaba algo más.

En ese momento tuvo una corazonada y empezó a rebuscar por todo el despacho, por si a los compañeros se les había pasado algo.

La papelera estaba vacía; los cajones, aparte de los ya descritos anteriormente, también.

Y si además… No, no podía ser tan fácil.

Cogió entre sus manos el ejemplar ajado de la Ley de Enjuiciamiento Criminal, al parecer desactualizado.

Lo abrió al azar por una página cualquiera, pasó las hojas con cuidado y encontró un pequeño tesoro.

Un ticket de compra de una tienda de electrónica de Puerto Banús, fechado tres días atrás.

En el ticket ponía: «Dispositivo de almacenamiento seguro - 79,00 €».

Ahora sí que tenía algo que confirmaba su intuición.

La LECRIM en cualquiera de sus versiones podía considerarse el libro de cabecera de los secretarios judiciales, ese que consultaban cien veces al día.

Le pareció irónico que una pista tan importante, una manera de encontrar el mapa del tesoro de un posible robo, estuviera olvidada en un libro que dictaba cómo perseguir los delitos.

Un guiño un tanto desconcertante del que Alarcón tal vez ni se hubiera percatado al usarlo como un marcapáginas cualquiera antes de cerrar el volumen.

Intentó llamar a Roncero para comunicarle sus hallazgos, pero la señal de su teléfono le daba comunicando.

Creía que era algo importante y necesitaba compartirlo con alguien, así que llamó al otro compañero de su pequeña unidad desplegada.

Sacó el móvil y marcó el número de Andrade, esperando que hubiera tenido más suerte que la tarde anterior.

—¿Cómo va? Dime que has encontrado algo, mi sargento, porque aquí el secretario nos ha dejado un rastro de miguitas de pan marcado con luces de neón.

Andrade siempre había pensado en las similitudes entre la tecnología y un buen perro de presa: si no le impartías la orden adecuada en cada momento, el animal/dispositivo se desgañitaría ladrándole a una sombra indeterminada.

Así que, mientras su compañera Milene se peleaba con los fantasmas de Diego Alarcón en su despacho del juzgado, él prefirió pegarse con el olor a asfalto y el sudor de la garita de seguridad de la elitista urbanización de Los Encinares tras el fiasco de su primer día en la comarca.

El vigilante de seguridad, un tal Vargas, que parecía más preocupado por terminar su turno que por ayudar a las autoridades, le miraba con una mezcla de aburrimiento y miedo.

A Andrade no le hizo mucha gracia su actitud, tal vez tuviera que apretarle un poco las clavijas para que se pusiera las pilas de una vez y no le hiciera perder más el tiempo.

—Ya le he dicho, oficial, que la cámara cuatro funciona a trompicones, no sé qué le pasa. A veces graba y a veces se queda en negro, como si se fundiera la imagen. Dicen los técnicos que es cosa del servidor, yo no sé mucho más —se excusó Vargas, rascándose la barriga bajo el uniforme mal ajustado.

—No soy oficial, soy sargento de la UCO en misión especial —replicó Andrade con ese tono pausado que usaba antes de perder la paciencia—.

Y lo que me está contando es una milonga de cuidado, soy perro viejo y no cuela.

Así que, o me deja entrar en ese servidor ahora mismo, o aténgase a las consecuencias.

Solo tengo que efectuar una llamada y la siguiente conversación sobre este tema la tendrá con el juez de instrucción.

Ya imagina que los magistrados no se andan con tonterías, le mencionará lo de la obstrucción a la justicia en plena investigación por asesinato y otros delitos tipificados en el Código Penal que igual no le hacen tanta gracia.

—Vale, vale, no hacía falta ponerse así…

Vargas tragó saliva y se hizo a un lado, con los brazos en alto en un gesto de rendición. Al guardia civil de origen gallego no le gustaba imponerse con bravatas, pero hay individuos en este mundo que no conocían otro lenguaje.

La garita olía a café rancio y a restos de tabaco, un hedor que empezaba a colapsar las fosas nasales de Andrade, por lo que decidió darse prisa.

Se sentó frente a los monitores y empezó a pasar las imágenes a cámara rápida.

Sus ojos, curtidos en mil horas de patrulla y vigilancias de todo tipo, ya fuera a través de monitores o en el mundo real, buscaban esa aguja en el pajar que le alegrara el día.

Algún detalle que le llamara la atención, ese vehículo diferente que no encajara en el desfile de vehículos de marcas como Range Rover, Porsche, Audi, Jaguar o Mercedes que entraban y salían de la urbanización de lujo a todas horas.

—Vaya, vaya… —murmuró Andrade al encontrar el elemento discordante.

En la pantalla, un SUV gris de gama media aparecía en el carril de residentes.

No tenía muy claro si se trataba de un Opel Mokka, un Hyundai Tucson o un Dacia Duster, pero no era ningún modelo de alta gama.

El reloj situado en la parte inferior derecha de la imagen marcaba las 21:14 horas de la noche del crimen.

Un momento muy adecuado para acceder de manera discreta a la urbanización.

—Explíqueme lo de ese vehículo, haga el favor —dijo Andrade, señalando con el dedo—.

Fíjese en su manera de acceder al recinto, no me cuadra.

Parece que le falla la tarjeta electrónica que arrima al lector y no se levanta la barrera.

Y al instante siguiente, alguien le abrió la barrera de forma manual sin siquiera preguntarle o pedirle una identificación, ¿verdad?

Quiero el cuadrante oficial para comprobar qué vigilante hizo ese turno.