El fruto de las pesquisas
La oficina de Diego Alarcón estaba precintada, pero Milene rompió el sello con frialdad; nadie iba a reprocharle que hiciera su trabajo.
Al adentrarse en el pequeño cubículo tuvo una sensación extraña, como si el silencio allí instalado fuera más artificial que otra cosa.
Se encontró un despacho ordenado, casi ascético.
Imaginaba que la contrata de limpieza no entraría a saco en una estancia repleta de documentos importantes para quitar el polvo de todos los legajos, por lo que supuso que Alarcón sería un hombre meticuloso y cuidadoso con su trabajo.
Aunque los más puntillosos pueden también cometer errores cuando la presión se dispara.
—¿Busca algo en concreto, agente? —preguntó una voz desde la puerta.
Milene se giró al instante. Se trataba de una mujer de mediana edad, con ojeras profundas, rasgos insulsos y un manojo de llaves que tintineaba en su mano temblorosa.
Por lo que pudo colegir a simple vista, podía tratarse de alguna oficial veterana del juzgado, alguien acostumbrada a llevar con mano firme su negociado o colaborar en la medida de sus posibilidades con los que estaban por encima en el escalafón judicial, llámese secretario, LAJ o el mismísimo juez de instrucción.
—Soy la cabo Oliveira, de la UCO, no una agente —corrigió Milene con una sonrisa gélida—. Busco cualquier indicio o pista que nos ayude a comprender lo sucedido. ¿Era usted muy cercana a él?
—Perdone, no quería molestarla… Soy una de las oficiales judiciales, la que lleva más años en esta planta.
Mi nombre es Matilde Montero, no me he presentado formalmente —dijo la recién llegada algo avergonzada—.
Diego era reservado y tímido, no solía confraternizar mucho con el resto de los empleados.
Hacía su trabajo y no se metía con nadie, pero todos le teníamos en alta estima.
Nadie podía imaginar que estuviera metido en ningún lío.
¿Es cierto que ha desaparecido una gran cantidad de dinero? Ya sabe que los rumores…
—Como comprenderá, nuestra investigación está bajo el secreto del sumario y no vamos compartiéndola con el primero con el que nos cruzamos.
Pero le recomendaría que no hiciese caso de los rumores, que a veces los carga el diablo —respondió Milene algo desabrida—.
Y ahora, si me disculpa, tengo que hacer mi trabajo. Buenos días.
Oliveira no quiso ser demasiado borde, pero conocía a ese tipo de personas, cotillas y metomentodo, aunque disfrazaran su interés de otra cosa.
Prefirió quitarse al moscón de encima, porque imaginaba que aquella mujer pretendía «ayudarla» mientras revisaba el despacho, aprovechando su posición en el juzgado. Y eso no pensaba permitirlo.
Montero ni se inmutó ante la respuesta, se giró ofendida y se marchó de allí sin despedirse.
Mucho mejor así. Si necesitaba algo, ya se encargaría de buscar a alguien que le ayudara, no había tenido buen feeling con esa mujer en su primera impresión, y siempre le habían asegurado que la primera impresión es la que cuenta, algo que intentaba afinar para mejorar su olfato como investigadora judicial.
Milene cerró la puerta a su espalda y se dispuso a revisar con calma el despacho, aunque ya lo hubiera hecho con anterioridad algún compañero del cuartel de Marbella.
Se sentó en la silla ergonómica del secretario y pasó la mano por debajo del tablero de la mesa, sin encontrar nada relevante.
Después comenzó a mirar en la cajonera anexa al escritorio: clips, bolígrafos de todo tipo, una grapadora, sellos oficiales, una caja de analgésicos a la mitad y un ejemplar de la Ley de Enjuiciamiento Criminal con las esquinas dobladas. Nada interesante a simple vista.
A Milene le hubiera gustado estar presente durante el primer registro del despacho, pero tendría que conformarse con las evidencias recogidas por los compañeros.
En realidad, no sabía si Alarcón contaba con un portátil o un PC de los clásicos con torre para trabajar a diario, pero allí no quedaba nada que inspeccionar.
El equipo físico se lo habían llevado a la Comandancia de Málaga los compañeros de la brigada tecnológica, que trabajaban mano a mano con Vizcaíno y sus hombres, para poder analizarlo a fondo.
Se fiaba de su profesionalidad y entendía que habrían respetado todo el protocolo y salvaguardado las pruebas durante su traslado con una correcta cadena de custodia.
De todas formas, aunque no pudiera trastear con sus propias manos en el equipo de Alarcón, siempre podía acceder a la información guardada en su disco duro gracias al volcado realizado en el servidor común de la Comandancia, gentileza entre compañeros tras la llamada previa de Antúnez a Málaga.
A nadie le gustaba que le pisaran el trabajo, pero ellos estaban allí en misión especial y debían contar con las máximas facilidades, le pesara a quien le pesara.
Antes de revisar el contenido del disco duro clonado, al que podía acceder desde su tablet , Milene gastó unos segundos de más en observar con especial cuidado el entorno físico en el que se movía diariamente el secretario judicial.
A veces, la clave no estaba en la tecnología o en alguna pista física por identificar, sino que el descuido o la ausencia de algo en un lugar de trabajo podía conducirles en la dirección correcta.
Se fijó en lo que no se habían llevado del escritorio y pudiera servirle para su análisis.
Como, por ejemplo, en la alfombrilla del ratón, desgastada por un lado y con algo de polvo en un lateral.
Sin olvidarse de un elemento que le había llamado la atención nada más llegar y que le parecía extraño que no hubiera sido embolsado con el resto de las pruebas a analizar.
En una repisa situada a media altura, sobre la zona de trabajo del escritorio, se encontraba un marco de fotos que parecía presidir dicho entorno.
Se topó con una fotografía de Diego Alarcón sonriente, vestido con ropa de senderismo, posando en un entorno agreste y salvaje.
Él solo, sin rastro de familia o amigos, sudoroso y aparentemente feliz tras una caminata en plena naturaleza.
No reconoció el entorno, pero tras realizar una foto con su propio móvil y subir la imagen a Google Lens, averiguó que se trataba de una zona conocida de la Sierra de las Nieves, no demasiado alejada de Ronda.
Quizá significara algo importante o fuera un buen punto de partida para investigar las otras aficiones de Alarcón, por lo que lo anotó mentalmente en su cabeza para revisarlo más adelante.
Se quedó pensando en si esa fotografía significaría algo importante para Alarcón, pero mientras lo procesaba, decidió proseguir.
Los compañeros también habían digitalizado otras pruebas encontradas en el despacho que podían ser importantes.
Por ejemplo, algunas de las hojas garabateadas de un pequeño porta calendario encontrado sobre el escritorio, en las que imaginó que Alarcón apuntaría cosas de diferente consideración, ya que su agenda particular no apareció por ningún sitio.
Siguió revisando la información desde su tablet y se topó con otras imágenes de alta resolución en las que los técnicos habían fotografiado la reconstrucción de unos fragmentos de papel recuperados de la papelera.
Alguien había intentado romper una cuartilla y deshacerse de ella, pero la reconstrucción forense desvelaba parte de una palabra manuscrita: «Mone…
». Milene frunció el ceño. ¿Se refería a un monedero virtual?
¿Era una anotación del propio Alarcón o un mensaje externo que alguien le había dejado para inquietarle?
Lo único evidente era que el secretario había intentado hacer desaparecer el papel antes de que se le perdiera la pista.
Oliveira tuvo entonces un pálpito y pensó que no perdía nada por comprobarlo. Si Alarcón era un tipo tan meticuloso como parecía, lo más probable era que no hubiera cometido ningún error grave si su desaparición había sido voluntaria. Pero bajo presión, cualquiera podía descuidarse.
Repasó el informe de la brigada tecnológica sobre el historial de navegación de Alarcón en Internet.
Sabía que los informáticos podían descifrar casi cualquier movimiento, aunque hubiera utilizado ventanas privadas de navegación o borrado el historial.
Y allí encontró al fin una referencia que podría servirle para apuntalar su idea.
Milene creyó comprender lo que había sucedido para que los técnicos hubieran desentrañado algunos de los secretos de Diego Alarcón.
Tal vez el secretario borrara el historial del navegador del ordenador del juzgado, pero si tenía abierta una sesión de Google o de Microsoft, algo de lo que ni siquiera nos percatamos en nuestro trabajo diario, las búsquedas se quedarían guardadas en su cuenta personal en la nube.
Los técnicos forenses, sin apenas esfuerzo, podrían acceder a la sección de Mi actividad de Google o al panel de privacidad de Microsoft.
Y además, si la función de sincronización estaba activa, Google y Microsoft guardarían no solo esas búsquedas, sino también las páginas visitadas para que aparecieran en todos los dispositivos en los que tuviera esa cuenta sincronizada, ya fuera móvil o tableta.
Un fallo común de mucha gente que les servía en su trabajo policial, ya que borrar el historial del navegador no elimina automáticamente los datos guardados en la cuenta personal de la nube a menos que se use una opción específica para borrar también la actividad de la cuenta.
En resumen, un técnico forense o cualquiera con acceso a la cuenta personal podría ver todo lo que el usuario hizo, aunque el historial del PC pareciera vacío. Milene no sabía cuál había sido el camino escogido, pero allí tenía toda la información descargada.