Las cartas sobre la mesa #4
Miriam recordaba todo esto cuando decidió estirar un poco las piernas mientras la llamaban a declarar.
No conocía el recinto, por lo que torció a la derecha al salir de la sala y se encontró con un pasillo diáfano ocupado en gran parte por máquinas de vending , con la sempiterna máquina de café como foco principal para los trabajadores del edificio, según le pareció entender.
Al menos allí se encontró con una cara conocida que esperaba no se cabreara también con ella por su mala cabeza.
La cabo Milene Oliveira, con la que Miriam se llevaba bien, gastaba también unas monedas en busca de un brebaje que lo único que hacía era destrozarles el estómago.
Sus ojeras delataban que tampoco había podido descansar mucho en las últimas jornadas, y entonces recordó lo que le había contado Pablo, ya que al parecer el tándem que formaban Oliveira y Andrade se había visto involucrado en tres tiroteos, dos de ellos a cara de perro para salvar sus vidas y la del dichoso secretario, el que de verdad les había puesto a todos en peligro con su alocada huida.
—Si buscas un buen café para entonarte, Miriam, este no es el sitio más adecuado —bromeó Milene, forzando una sonrisa cansada mientras le cedía el turno en la máquina.
—Me conformo con que no me dé demasiada acidez —respondió la periodista, intentando relajar el gesto—.
Tengo que esperar a que me llamen para prestar declaración oficial sobre todo lo sucedido.
Pero bueno, lo mío fue un chiste comparado con vosotros, ya me dijo Pablo lo que pasó.
¿Estás bien? Creo que el bueno de Andrade sigue en el hospital…
Milene asintió y se apoyó contra la pared, contándole a su modo lo sucedido sin saltarse ningún protocolo.
—Pasó por quirófano anoche, al pobre le queda una larga convalecencia —informó Milene—.
¿Cómo era el nombre técnico? Ah, ya recuerdo…
Fractura conminuta del acromion y rotura del tendón supraespinoso, signifique lo que signifique eso.
Vamos, que la bala le hizo un destrozo considerable en el hombro.
Y menos mal, podía haber sido peor. Se jugó la vida para salvar la mía, eso no lo olvidaré jamás.
La joven se emocionó al recordar lo vivido y Miriam se sintió peor, al reconocer que, detrás de aquellos uniformes y sus pesquisas policiales, se encontraban hombres y mujeres que luchaban, a veces en detrimento de su propia salud, por salvaguardar al resto de la sociedad del mal absoluto del que a veces nadie es consciente.
—Dicen que fue una intervención complicada, de muchas horas.
Creo que la reconstrucción fue muy laboriosa, incluso le han puesto un par de anclajes de titanio.
Al menos se quedará unos días más en el hospital y luego le espera una rehabilitación larga y dolorosa.
Los médicos afirman que recuperará la movilidad, pero le tendremos fuera de juego una buena temporada.
Es un hueso duro de roer, no es tan fácil derribar a ese gallego malhablado.
Miriam sintió un alivio genuino, al menos una noticia no tan terrible que tenía visos de mejorar.
Quiso destensar un poco el ambiente con algo más frívolo, preguntándole a Milene por Koldo Galarza, aquel buen mozo de la Ertzaintza con el que tan bien sintonizó el verano anterior, tanto en lo personal como en lo profesional, durante otro complicado operativo conjunto en la zona cantábrica.
Milene le confesó que aquello no tenía visos de prosperar y se había quedado en barbecho, al menos de momento.
Se habían visto un par de veces a salto de mata, pero una relación a distancia, y más con unos trabajos como los suyos, no era la mejor opción para consolidar aquello que comenzó de una manera un tanto peculiar.
Enseguida cambió de tercio y Miriam no quiso insistir en un tema que tampoco parecía traerle los mejores recuerdos a la integrante de la UCO.
—Por cierto, imagino que sabes que Pablo se ha inhibido de tu interrogatorio —añadió Milene, cambiando el tono—.
No quiere que haya ninguna duda ni problema legal después con tu declaración, debido a vuestra relación personal.
Te va a tomar declaración el mismísimo capitán Vizcaíno, el jefe de la Compañía de Marbella.
Creo que ya puedes acercarte a la sala tres, por este mismo pasillo.
Es un buen tipo, de los que se ajustan al reglamento, ya sabes.
No tendrás problemas si te ciñes a lo que viste, sin adornos ni florituras.
Miriam miró hacia el final del pasillo. Sabía que Roncero se encontraba también en algún lugar del edificio, tal vez interrogando a algunos de los sospechosos o encargándose de alguna de las interminables diligencias que un caso de semejante tamaño acarrearía, también a nivel documental.
Entendía que prefiriera no cruzarse con ella en su lugar de trabajo, al menos hasta que las aguas volvieran a su cauce.
Le dolía pero era totalmente comprensible.
Se ajustó la chaqueta, sintiendo el peso de la grabadora apagada en su bolso.
No era la primera vez que le sucedía, pero le provocaba un ligero sarpullido, aunque fuera emocional, tener una gran noticia entre las manos y no poder escribir una sola palabra sobre ella.
Al menos de momento, algo que esperaba que cambiara en un futuro próximo.
—Gracias, Milene. Dale recuerdos también a Andrade cuando lo veas, que se cuide mucho.
—De tu parte, no te preocupes —aseguró—. Ah… y otra cosa. Ten paciencia con Pablo, no es fácil encontrarse en su pellejo, sé que lo comprendes. Han sido unos días agotadores para todos, ya verás como pronto se le pasa el cabreo.
Miriam prefirió no responder, guardándose para sí sus pensamientos, aun sabiendo que la joven lo hacía con la mejor intención. Se despidió de Milene y caminó hacia la sala de interrogatorios con la cabeza muy alta, decidida a cumplir con el trámite oficial.
Tal vez aquel complicado caso que finalizó en Ronda marcaría un antes y un después, no solo en la crónica negra de la provincia de Málaga, sino en la confianza que compartía con el capitán, en su propia relación de pareja.
¿Estaba dispuesta a sacrificar todo lo construido por un simple reportaje?
Esa era la cuestión que no se quería responder a sí misma, reconociendo que era muy complicado aunar lo mejor y lo peor de sus respectivos mundos.