Líneas invisibles #3
Al día siguiente consiguió al fin avanzar algo en su investigación.
Tras un pequeño golpe de suerte halló un hilo del que tirar y no quiso desaprovecharlo.
Había encontrado un nombre que aparecía de forma sucinta en los papeles originales para desaparecer después, por lo que le chocó encontrarlo de nuevo tras una breve llamada de confirmación.
Se trataba de un abogado, alguien aparentemente anónimo y no especialmente mediático, pero sí muy bien conectado.
Un nombre que surgía de forma tangencial en varios documentos e incluso en conversaciones casuales que parecían llevarle por el buen camino.
El tipo de abogado que se asociaba siempre a clientes extranjeros, a operaciones complejas que necesitaban de alguien especializado en ese tipo de estructuras financieras que no dejan huella.
Nada ilegal, le aseguraban, pero con ese aura de misticismo que ya había aprendido a distinguir entre tanto legajo sin importancia.
No era todavía el momento de llamar a su puerta, debía asegurarse y comprobar todos los datos antes de avanzar.
Se limitó a anotar el nombre y apellido del abogado en su libreta y lo subrayó dos veces.
Creía que había dado con la tecla, aunque le quedaba por averiguar si había llegado al verdadero punto de inflexión que necesitaba para culminar sus objetivos.
Esa misma noche, de regreso al modesto hotel en el que se alojaba, repasó con calma todo lo recopilado hasta ese momento.
No tenía ninguna prueba concluyente, ni siquiera una historia cerrada o algo que pudiera vender como real y verdadero.
La única certeza que tenía en ese instante era que aquello no era una investigación aislada.
Se había topado con demasiados actores involucrados, muchas capas superpuestas que no dejaban aflorar a la superficie la parte magra, el iceberg financiero.
De hecho, había podido certificar lo que ya barruntaba desde el principio.
El origen del dinero parecía apuntar siempre hacia fuera, hacia parajes lejanos en el espacio, pero muy cercanos cuando se trataba de mover grandes transacciones financieras.
Podía tratarse de América Latina o África, aunque la mayoría de las operaciones provenían de Oriente Medio.
Y el sur de España, en ese triángulo de las Bermudas entre Algeciras, Sotogrande y el Campo de Gibraltar, con el enclave británico como eje vertebrador de los principales movimientos, se convertía en un nodo importante de una red estructural mucho más grande.
El lugar de paso más cómodo para ciertas operaciones, protegido todo por una legalidad aparente a ojos de las autoridades competentes.
Miriam pensó de nuevo en Roncero y en lo que se habría encontrado su pareja durante su investigación en Málaga.
Prefería que no sucediera, pero le daba en la nariz que sus caminos acabarían por cruzarse en algún momento.
Y no era que le inquietara esa coincidencia, no sería la primera vez que sus pesquisas se solapaban en algún momento.
Lo que más le preocupaba era que esa posibilidad se tornara demasiado real y alguien más la percibiera, cualquier actor de ese teatrillo al que se enfrentaban con las manos desnudas.
De ahí que la discreción se convirtiera en necesidad más que en virtud, algo que debían tener muy en cuenta.
Cerró el cuaderno y apagó la luz de la mesilla; había llegado la hora de descansar.
Sabía que se adentraba en terreno resbaladizo, aunque nadie la hubiera amenazado todavía.
Ni siquiera se había encontrado con ninguna advertencia explícita, pero tampoco le hacía falta.
Bastaba con entender el entorno, comprender la naturaleza de aquel ecosistema tan particular.
Y ella estaba comenzando a hacerlo, por el bien de su integridad.
El dinero no dejaba huellas visibles, al menos a simple vista para el lego en la materia, pero dibujaba mapas invisibles para quien supiera leerlos, un punto al que se acercaba pero que todavía no había alcanzado del todo.
Antes de cerrar los ojos para intentar dormir, un nombre poco inocente apareció de nuevo en sus pensamientos.
Debía averiguar más detalles sobre aquel abogado misterioso, quizá la clave de bóveda que le permitiría entrar en el reino de los que manejaban el cotarro.
Subrayó el nombre en su mente, sabiendo que si insistía en conocer a ese personaje ya no habría marcha atrás.
Era un punto de no retorno y no ignoraba que al cruzar ese puente sobre el precipicio cambiaría las reglas para siempre.
Y tuvo esa desagradable sensación de que, aunque solo pensara en ese nombre sin llegar a pronunciarlo en voz alta, ella se convertiría también en una actriz secundaria de una trama para la que, tal vez, no se encontrara todavía preparada.
La observación externa, como ornitóloga estudiando la fauna aviar de la zona, ya no sería posible al involucrarse de esa manera.
Pero era el único modo de averiguar la verdad.
Miriam era una mujer valiente, aunque a veces pecara de inconsciente. Y ahora, aun sabiendo que podía meterse en un buen lío, decidió que no podía mirar hacia otro lado. Alea jacta est , pensó. La suerte estaba echada, y con ella, su modo de afrontar los siguientes pasos.