La sombra de la sospecha
Se acomodó en un asiento estratégicamente situado en aquella atalaya, respiró hondo y repasó mentalmente lo sucedido en las últimas horas.
La noticia de la muerte del juez Valcárcel, la sensación de que alguien lo vigilaba desde hacía días o su propia desaparición forzosa, todo formaba parte de un puzle sin montar.
Y aquel sobre que había encontrado en su despacho con la palabra «Monedero» todavía le quemaba en la memoria.
No sospechaba de nadie del juzgado, parecía más bien que alguien externo lo vigilaba.
Y eso era lo que más le preocupaba en esos momentos. ¿De quién se trataba?
Ese era uno de los motivos de su paranoia actual, aunque no el único. Sus propias obsesiones, sus aires de grandeza y sus alocadas ideas sobre un futuro prometedor le habían abocado a un callejón sin salida.
Ni siquiera había hecho el servicio militar en su juventud, pero creía que estaba preparado para ese tipo de circunstancias.
En el fondo, intuía que ver vídeos de supervivencia en YouTube no le sacaría del apuro, pero no le quedaba otra que intentarlo.
Había procurado ser previsor por si las moscas; quizá ese detalle le sirviera para librarse de momento.
Abrió el maletero del coche, comprobó la mochila allí guardada y revisó con precisión militar su contenido: ropa de abrigo y un par de prendas para varios días, dinero en efectivo, su portátil con VPN ya configurada y los dispositivos de comunicación que había preparado semanas atrás: teléfonos prepago, tarjetas SIM extra y herramientas para conectarse de forma segura sin ser localizado.
Parecía poco y en realidad no tenía nada que hacer contra los especialistas, pero no debía pensar en ello.
Creía que con esas precauciones le serviría para llevar, al menos por un tiempo, una vida de fugitivo digital y físico a la vez, sin que nadie sospechara de él.
También se había agenciado unas gafas de pasta con cristales no graduados, ya que tenía la vista perfecta, para al menos cambiar su apariencia.
Dejaría de afeitarse por un tiempo y había pensado incluso en teñirse el pelo.
Con eso no engañaría a un ojo entrenado, pero intentaría parecerse lo menos posible a Diego Alarcón.
Entonces se dio cuenta de un terrible error, algo fundamental para alguien que intentaba huir o cambiar de vida sin levantar sospechas.
Ni siquiera había pensado en hacerse con algún tipo de identificación falsa, como un pasaporte de pega, aunque no fuera de la mejor calidad.
Así que se mantendría alejado de los lugares donde pudiera ser identificado, aunque eso no evitaba que cualquier policía o guardia civil le requiriera la documentación en un control aleatorio.
En esos momentos no sabía si se encontraba en busca y captura, aunque de momento no hubiera cometido ninguna ilegalidad, aparte de abandonar su puesto de trabajo.
Ignoraba si Ángela había dado la voz de alarma por su desaparición, igual su mujer se encontraba más a gusto ahora sin su presencia en la casa.
De lo que estaba seguro era de que en el juzgado se habrían dado perfecta cuenta de su ausencia.
Desconocía si alguien se había percatado de sus movimientos en torno a los activos digitales incautados, pero estaba claro que su juzgado se encontraba en el ojo del huracán.
Si habían asesinado al juez Valcárcel por el caso de las criptomonedas, aunque un magistrado tuviera todo tipo de enemigos peligrosos debido a su trabajo, lo más normal era que las autoridades estuvieran peinando su juzgado de arriba abajo.
Por lo tanto, les llamaría mucho la atención su desaparición, más al comprobar que él había sido una de las pocas personas en tener acceso al dinero virtual custodiado.
Se permitió un breve instante para mirar el mar y dejar que el sonido de las olas amortiguara el ruido constante en su cabeza.
No quería mencionarlo en voz alta para no llamar al mal fario, pero aquel nombre de organización no confirmado, ese rumor de pasillo en los juzgados, sobrevolaba su conciencia como un buitre leonado acechando a su presa.
El aire fresco le aclaró la mente lo suficiente para analizar sus opciones.
Podía quedarse allí unos días, recopilar información, estudiar rutas alternativas de huida y esperar a que la tensión disminuyera.
Solo visualizar el helicóptero de Tráfico en lontananza o escuchar una sirena lejana le ponía en tensión, como fugitivo tendría que aprender a sobrellevar mejor esas situaciones.
Y eso que ni siquiera era consciente en esos momentos de las diferentes operaciones, relacionadas todas con el mismo caso, que se estaban poniendo en marcha en la región, lideradas por diferentes cuerpos policiales.
El destino también jugaba a veces con las cartas marcadas, y tal vez esa ignorancia le sirviera para no volverse loco y entregarse a las autoridades, al menos de momento.
También valoró la posibilidad de moverse de inmediato, tratando de no levantar sospechas mientras buscaba un refugio más seguro, algo que no le convencía si ya habían puesto precio a su cabeza.
Cada decisión tenía riesgos, y eso era lo que había que sopesar.
Quedarse quieto le exponía ante sus enemigos, pero moverse a lo loco tampoco parecía la mejor opción.
Condujo en paralelo a la costa, perdido en sus pensamientos.
Llegó pocos minutos después al apartamento que había alquilado como escondite temporal.
El inmueble era discreto, sin lujos ostentosos, con vistas al mar pero sin balcones que permitieran a un curioso observar el interior.
Cerró la puerta con llave, se aseguró de bloquear las ventanas y otros accesos secundarios y respiró por primera vez en horas con cierta calma.
Debía planificar sus próximos movimientos e intentar tranquilizarse, sin abandonar la idea de que cada sonido extraño podía convertirse en una amenaza.
Sacó la libreta que llevaba consigo y revisó los datos de acceso: doce palabras que solo él conocía, las puertas del cielo en formato digital.
En un principio las apuntó en un papel que memorizó, instantes antes de quemarlo para no dejar pruebas.
Pero no se la podía jugar y acabó sucumbiendo ante la idea de olvidar las claves.
Así que las anotó en una pequeña libreta de teléfonos que llevaba siempre guardada junto al corazón.
Una manera más de recordar lo que se jugaba en el envite.
Tampoco tenía muy claro qué hacer con aquel conocimiento, se debatía en un combate entre el bien y el mal que se encontraba en tablas.
Llegado el caso de que se atreviera al final, sabía que en esos momentos no podía acceder a los criptoactivos sin exponerse demasiado.
Necesitaba tiempo y un entorno seguro para no cometer errores, como la pillada que le hizo su mujer en casa.
Cada decisión tomada hasta ahora lo había acercado a un punto sin retorno; un movimiento en falso y toda la operación podría colapsar.
Quizá su ventana de oportunidad no se hubiera cerrado todavía, gracias sobre todo a la lamentable muerte del juez instructor.
Suponía que se habría paralizado el proceso de envío de las criptomonedas a Madrid, aunque la ORGA insistiera en el tema, algo que en esos momentos no podía asegurar.
Tal vez, si esos activos tenían que ver con un asesinato por resolver, lo más normal era que siguieran paralizados, en custodia en el juzgado de Marbella, a la espera de la orden de alguien superior.
Quizá fuera su día de suerte, debía sopesar los pros y los contras, y evaluar unos riesgos difíciles de calcular.
Su momento de sosiego se quebró en un instante.
No se había percatado al entrar, pero al sentarse en el destartalado sofá y mirar hacia el aparador de la entrada, algo le llamó la atención.
Desde su posición divisó algo que no le sonaba de antes, una mancha blanquecina que emborronaba la composición de madera sobre la que se sustentaba.
Sus nervios se pusieron en tensión, temeroso de que alguien le estuviera observando, incluso desde el interior del apartamento.
Revisó con rapidez el minúsculo habitáculo para asegurarse de que se encontraba solo.
Entonces se levantó con cautela y cogió con la mano el elemento perturbador recién introducido en la ecuación.
¿Se le había pasado por alto cuando entró en el apartamento o alguien había entrado en su corta ausencia?
No podía asegurarlo al cien por cien, por lo que su nivel de paranoia aumentó unos grados que no le convenían a esas alturas.
Sobre el desvencijado mueble del recibidor, junto al cuenco donde había dejado las llaves, había una tarjeta que no recordaba haber visto al llegar.
No era un sobre, ni una nota escrita a mano, ni nada tan evidente como aquello que se encontró en el juzgado.
Era una simple tarjeta blanca, sin logotipo ni membrete, colocada con una naturalidad inquietante, como si siempre hubiera estado allí.
La tomó entre los dedos con cautela, sopesando si aquel elemento le pondría en peligro en un futuro inmediato.
Por un instante pensó que estaba en blanco y que todo eran figuraciones suyas.
Luego la giró y divisó en una esquina un mensaje perturbador.
Una única frase, impresa en tipografía neutra, que le revolvió el estómago:
«Hay más de una salida».
Nada más, y eso era lo verdaderamente preocupante. Ni nombre, ni número, ni firma. Solo una frase ambigua que sacada de contexto podía significar muchas cosas diferentes.
¿Qué quería decir aquel mensaje en realidad?
No sabía si aquello era una amenaza encubierta o una tabla de salvación disfrazada de cortesía.
Incluso podía significar ambas cosas a la vez.
El pulso se le aceleró y su mente comenzó a hacer cábalas, examinando las diferentes opciones que se mostraban ante él en un momento tan importante.
¿Alguien le estaba siguiendo? O peor aún, algo que terminó por desquiciarle.
¿Y si ya conocían sus movimientos de antemano y estaban esperándole?
Tal vez alguien relacionado con el apartamento, con la agencia inmobiliaria, con la contrata de limpieza o un buscavidas con contactos de todo tipo había dejado esa tarjeta antes de que llegara, encargándose de que se le asignara ese piso en concreto.
Pero ¿quién le enviaba? Y, sobre todo, ¿qué querían de él?
Su cerebro empezó a echar humo, buscando esos pequeños errores que podían delatarle.
Había reservado el apartamento con poca antelación, al llegar a Nerja, sin tener muy claro en ese momento lo que haría con el conocimiento que poseía.
Esas doce palabras que le quemaban junto a la piel del pecho, la llave del paraíso que le permitiría vivir una vida de ensueño si lograba engañar al sistema y, sobre todo, al diablo en persona: el dueño legítimo de ese dinero incautado.
Elucubró sobre lo fácil que sería convertir aquella huida improvisada en una desaparición definitiva si aceptaba que el dinero marcara su camino para siempre en forma de robo del siglo.
También pensó justo lo contrario, en lo que supondría levantar el teléfono, buscar a alguien fuera de aquel círculo opaco y decir en voz alta todo lo que sabía.
Convertirse en una pieza incómoda, pero protegida, de un sistema que tampoco era perfecto.
Una situación irregular que tampoco le supondría regresar a una normalidad anterior, al contrario.
Sería ponerle en el punto de mira de todo el mundo: policía, jueces y fiscales, medios de comunicación y lo que era peor, de las diferentes facciones que parecían querer adueñarse de millones de euros en criptomonedas.
No podía precipitarse, aunque su corazón pareciera a punto de estallar en ese preciso momento.
Respiró profundamente e intentó aquietar sus pulsaciones.
Se levantó para servirse un vaso de agua y, en ese momento, su portátil emitió un leve sonido desde la habitación.
Un aviso casi inaudible que le pilló de sorpresa.
Diego se quedó inmóvil con el vaso en la mano, sintiendo cómo se le tensaban los músculos del cuello.
Ese soniquete le era muy familiar, pero no le cuadraba en absoluto en esos instantes.
Volvió despacio al dormitorio y miró la pantalla.
La temperatura del lugar parecía haber bajado unos grados de golpe, aunque tal vez era una simple sensación, pero el ambiente le pareció entonces más gélido que nunca.
Un escalofrío recorrió su médula espinal, sin percatarse de que, en realidad, el vaho que veía salir de su boca al respirar se debía a alguna fuga del piso por la que se colaba el aire invernal cargado de humedad del Mediterráneo.
Comprobó que no se trataba de un mensaje propiamente dicho.
En realidad, parecía que el soniquete se había producido por un intento de contacto fallido en una aplicación que apenas utilizaba, una notificación tardía que le llegaba ahora.
Un programa instalado por precaución en su ordenador tiempo atrás, un consejo recibido hacía tiempo que nunca pensó que llegaría a necesitar.
Y, sin embargo, alguien intentaba localizarle a través de ese medio casi desconocido para él.
Se fijó en el contacto. Se trataba de un alias genérico, un nick alfanumérico repleto de letras y números al azar, sin fotografía de perfil o algún otro dato visible. La hora del mensaje original coincidía con su llegada al apartamento; alguien ya sabía que se encontraba allí.
No había texto, solo una notificación caducada que no le calmó en absoluto.
Durante unos segundos valoró responder a ese mensaje, iniciar tal vez el contacto para preguntar quién era.
Tomar la iniciativa por una vez, rompiendo de ese modo el equilibrio precario en el que se encontraba.
Pero se lo pensó mejor, no sabía de quién se trataba, si amigo o enemigo.
¿Se trataba del desconocido que le había dejado la tarjeta o había alguien más detrás de él?
Muchas incógnitas a esas alturas, no podía precipitarse, así que cerró la aplicación sin hacer nada hasta valorar todas sus opciones.
Apagó el portátil y se dejó caer en la cama, con la tarjeta aún en la mano.
La arrugó ligeramente sin darse cuenta y luego la alisó de nuevo en un gesto instintivo.
Cerró los ojos por un instante, buscando esa paz que se le escapaba por momentos.
Era consciente de que aquella noche no dormiría, atento a los peligros que se cernían sobre él.
Supiera lo que supiera quien había dejado la tarjeta, fuera quien fuera quien había intentado contactarle, una cosa estaba clara: ya no estaba solo en el tablero de juego.
Y por primera vez desde que salió del juzgado, comprendió que el verdadero peligro no era que le persiguieran, sino equivocarse al elegir a quién permitirle acercarse.