El monedero del diablo (Bermejo y Roncero 7) Líneas invisibles #2
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Líneas invisibles #2

Miriam apuntó el nombre y una posible forma de contacto, aunque todavía no lo tenía claro.

No le conocía personalmente, pero había oído hablar muchas veces de él.

Se trataba de un antiguo abogado experto en empresas offshore , inhabilitado para ejercer su profesión habitual desde 2016 merced a una resolución judicial que le quitó su licencia durante ocho años, alguien que le hacía añorar viejos tiempos y le pellizcaba el alma al recordar que ya no podría pedirle consejo a su buena amiga, la jueza Macarena Velasco, tristemente fallecida durante la peor época de la pandemia del Covid.

Todo esto le vino a la mente porque el supuesto asesor legal para empresas, y antiguo abogado para mafiosos de todo tipo en la costa levantina, era nada más y nada menos que Francisco Ramírez, más conocido por Kiko, el hijo de Macarena.

Un contacto que podría servirle para afianzar conocimientos, no hundirse en arenas movedizas a la hora de dar sus siguientes pasos y, sobre todo, indicarle el mejor camino para sumergirse en aguas procelosas sin jugarse el pellejo.

Miriam lo desechó por un instante; debería comentárselo a Pablo primero.

O incluso hablar con el exinspector Bermejo, un buen amigo que había perdido a su media naranja con la muerte de Maca.

Miriam sabía por boca de Pablo que el expolicía guardaba todavía algún tipo de relación con Kiko, aunque solo fuera por lo que les unía, el inmenso cariño y la terrible añoranza que ambos sufrían tras la pérdida de una gran mujer.

Le daría una vuelta al asunto antes de lanzarse a la piscina, debía meditar bien las posibles consecuencias.

Esperaba que Kiko se hubiera enmendado y no tuviera ningún tipo de problema con la justicia, pero seguro que podía explicarle algunos de los vericuetos, ya fueran legales o alegales, que utilizaba su bufete, o sus propios clientes, para eludir la acción de las autoridades a la hora de mover cierto tipo de mercancía especial a través de los grandes puertos españoles.

Ya que estaba por allí, decidió también acercarse a Gibraltar.

Un entorno totalmente diferente, un mundo aparte enclavado en medio de tierras andaluzas, un paraíso fiscal en el que nada es lo que parece.

Solo había estado una vez de joven, como turista, pero ahora debía fijarse en otros detalles que pasaban desapercibidos para la gran mayoría de los mortales.

Allí se lo tomó también con calma al principio.

Ni siquiera cruzó la frontera el primer día y se limitó a observar desde fuera, admirando el flujo de personas y vehículos que entraban y salían del peñón a todas horas.

Cuando finalmente se decidió a adentrarse en Gibraltar, le sorprendió la aparente sensación de irrealidad.

Situado a escasos metros de tierras andaluzas, nada más pasear por sus calles Miriam fue consciente de encontrarse en un país totalmente distinto al suyo.

Una mezcolanza curiosa que solo sorprendía a los extraños a la Roca, un lugar que se movía a un ritmo diferente y en el que estaba claro que trabajaban de otra manera, con un modo peculiar de entender el dinero y las transacciones millonarias que se movían entre continentes.

Allí se topó con locales llamativos y oficinas modernas.

Edificios luminosos con despachos pulcros, repletos de trabajadores eficientes acostumbrados a su papel en la cadena trófica del dinero.

Utilizó todas las técnicas habituales y todos sus recursos profesionales y personales con el único propósito de encontrar un resquicio en una coraza convenientemente construida en torno a un mundo que prefería mantenerse en la sombra, escondido a simple vista pero sin llamar demasiado la atención.

Y de poco le sirvieron sus técnicas, no consiguió doblegar a ningún interlocutor que le ayudara en su propósito.

Más que respuestas, Miriam Monfort se chocó contra un muro de indiferencia y solo encontró silencios.

Con la primera reunión prevista que le cancelaron a última hora se enfadó, pero cuando aquello se convirtió en la tónica habitual decidió cambiar de estrategia.

Sin embargo, acabó por frustrarse ante el silenzio stampa de una comunidad que protegía a los suyos.

No le contestaban a los correos electrónicos ni le respondían a los mensajes o llamadas.

No hacía más que recibir sonrisas amables que no la llevaban a ningún sitio.

Quizá no fuera un rechazo relacionado directamente con su persona, simplemente podía tratarse de cautela ante lo desconocido.

Pero sabía que su nombre circulaba entre los mentideros de un negocio celoso de su intimidad, por lo que comprendió que ya iba siendo hora de plegar velas y buscar mejores vientos para navegar en una travesía que se le antojaba tortuosa.

Continuó su periplo en dirección este hasta llegar a Sotogrande poco después.

Allí tampoco fue recibida con alharacas, pero al menos no parecía encontrarse en medio de una película en la que todos tienen algo que ocultar.

Y, sin embargo, el contraste con otros sitios visitados en ese viaje fue aún mayor.

Allí se estilaba otra cosa, un lujo sin estridencias, con la discreción elevada a norma de uso continuo.

Nada que ver con lo que podía recordar de la cercana Marbella, otro lugar que esperaba no tener que visitar en pos de una exclusiva si no quería tener problemas con la mismísima Guardia Civil, representada por un capitán de la UCO al que conocía muy bien: Pablo Roncero.

En Sotogrande halló urbanizaciones de alto standing en las que, aparentemente, no vivía nadie en pleno mes de diciembre.

Un lugar de vacaciones en el que, sin embargo, nada parecía descuidado en plena temporada baja.

Miriam sabía que, en el fondo, allí seguía habiendo actividad, aunque no fuera precisamente relacionada con el turismo de masas, ni siquiera con el más selecto de la jet set .

La periodista se sentó en una terraza situada frente al puerto deportivo, en una tarde con algo de sol que amenazaba con esconderse tras el horizonte en pocos minutos.

Se tomó una cerveza con calma, como si pensara en sus cosas, mientras permanecía atenta a lo que la rodeaba, escuchando conversaciones ajenas.

Se mimetizó con el paisaje y observó gestos y movimientos sincronizados.

Coches y furgonetas que pululaban por la zona, aparentemente de manera casual, aunque en ocasiones divisara las mismas matrículas.

Nada concreto en apariencia, pero sí pequeños detalles que le pusieron alerta, como una leve sugerencia a indagar con más ahínco.