El monedero del diablo (Bermejo y Roncero 7) Líneas invisibles
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Líneas invisibles

Nada más bajar del tren, Miriam pudo percibir en el ambiente una sensación conocida, una mezcla de expectación y prudencia que siempre la acompañaba cuando empezaba un trabajo de campo.

Y eso que todavía no había llegado a su primer destino, le quedaban aún unos cuantos kilómetros de carretera.

Pero nadie podía negárselo, no era solo algo que ella se imaginara.

Esa sensación se acentuó al llegar a las inmediaciones de Cádiz, donde el aire era muy distinto al que se respiraba en Madrid.

Notaba la diferencia de humedad, pero también un olor indefinible, mezcla de sal, arena y gasóleo que delataba la cercanía del mar incluso aunque no se atisbara todavía desde su posición, a escasos kilómetros de la capital gaditana.

Miriam se detuvo un instante al adentrarse en la ciudad y respiró profundamente en busca de esa pista que la pusiera en el buen camino.

En esa ocasión no llevaba demasiada prisa, un lujo con el que no contaba en la mayoría de las ocasiones.

Se lo tomaría con calma mientras estudiaba el entorno.

Prefería observar al principio y adaptarse al ritmo del lugar antes de empezar a hacer preguntas comprometidas.

No llevaba un plan preestablecido de antemano, prefería improvisar sobre la marcha según transcurrieran sus pesquisas.

Ni siquiera quiso establecer una base fija de operaciones.

Un par de noches en Cádiz, otra en Algeciras, quizá alguna más cerca de Sotogrande si encontraba el momento y el lugar adecuados.

Todo dependía de lo que fuera descubriendo con el paso de las jornadas.

Viajaba ligera, con una pequeña maleta con ruedas, su inseparable portátil y un cuaderno que no abandonaba nunca.

El resto estaba en su cabeza, donde una historia comenzaba a formarse aunque le faltaran muchos puntos por unir en un complicado rompecabezas.

El primer contacto que tuvo en la zona fue casi trivial.

Un café concertado a través de un conocido, un antiguo compañero de facultad que ahora trabajaba como asesor legal para empresas vinculadas al sector marítimo.

De ese modo conoció a un hombre de edad indefinida, entre los treinta y los cincuenta años, que se presentó únicamente como Pepe y que ni siquiera quiso decirle en qué trabajaba.

Simplemente era alguien que conocía bien el percal, un individuo anónimo que se movía como pez en el agua en el tipo de asuntos que a ella le interesaba conocer más en profundidad.

Miriam se lo tomó con calma, tampoco pretendía descubrir las fuentes del Nilo en su primera incursión en tierras inhóspitas.

Ese tipo no parecía un camino directo que le llevara hasta su objetivo, ni pretendía que lo fuera.

En ese preciso momento ella solo quería escuchar, reconocer ciertas señales y entender cómo se hablaba allí de ciertos temas sin llamar demasiado la atención sobre su persona.

—Aquí no pasa nada —le dijo él con una sonrisa cansada—. O eso parece en un principio, pero no se fie. Todo es muy normal, demasiado normal. Hasta que deja de serlo.

Miriam tomó nota mental de la frase, no podía descuidar su seguridad.

Pero por lo poco que sabía, aquella manera de comportarse era algo innato en el sur, una constante invariable.

Allí no se ocultaban las cosas, simplemente se integraban en el paisaje sin que nadie se percatara de los sutiles cambios o les diera igual en el fondo.

Una tierra de contrastes, donde en escasos kilómetros pasabas de los barrios más pobres de España a las mayores urbanizaciones de lujo; de los automóviles destrozados y abandonados en descampados poco aconsejables a los coches de alta gama.

O de los puestos callejeros de comida a los restaurantes de lujo, de esos con menú degustación a cuatrocientos euros que se encontraban llenos incluso entre semana.

Todo convivía con demasiada naturalidad, como si siempre hubiera estado ahí sin que nadie pusiera el grito en el cielo.

El confidente se ofreció a acompañarla hasta Algeciras para enseñarle algunos detalles.

Cada uno condujo en su coche, ya que el hombre tenía después asuntos importantes que atender, o eso le aseguró.

Simplemente quería guiarla en su primera visita e impedir que metiera la pata al adentrarse en terreno desconocido.

Le debía una a su amigo en común, o eso le dijo, por lo que Miriam se dejó llevar, al menos en principio.

Al llegar a Algeciras, la terminal del puerto de carga le impresionó en su conjunto.

Y no solo por su increíble tamaño, que imponía respeto desde kilómetros de distancia.

Lo que más le llamó la atención fue la sensación de control permanente que se respiraba en el ambiente.

El tráfico constante de mercancía, la vigilancia discreta desde diferentes puntos o el movimiento incesante de hombres y maquinaria pesada.

Un engranaje de diminutas piezas que se movían con la precisión de un reloj suizo.

Algo necesario para que un ente con vida propia, como lo era el puerto de Algeciras, funcionara a la perfección.

O por lo menos con los mínimos fallos posibles, ya que todo el mundo sabía que en esos márgenes oscuros era donde se podía mover alguien que prefiriera vivir en las sombras, al amparo de una legalidad demasiado irreal.

Su cicerone la guio durante los primeros pasos y le presentó a un par de personas importantes en el puerto, sin necesidad de exponerse mucho ni explicar demasiados detalles.

Enseguida se despidió de ella, con la promesa de mantenerse en contacto, aunque ambos supieran que aquel personaje gris lo dijera con la boca pequeña.

Al menos, Miriam consiguió algo de libertad para moverse por la terminal sin que se fijaran demasiado en ella.

Así que decidió imbuirse del entorno, camuflarse y mimetizarse en un lugar en el que se movían miles de millones de euros al cabo del año.

Paseó sin rumbo fijo, observando con ojos de halcón.

Sabía que allí entraban y salían contenedores cargados para todos los confines del mundo, y que la mercancía visible era solo una parte de todo lo que circulaba por el interior de un lugar que parecía encontrarse en su propio halo de realidad.

Mientras pensaba en esa sensación, Miriam recordó lo que había apuntado en más de una ocasión en sus notas desde que decidiera sumergirse en este asunto.

Una idea recurrente que apuntaló al adentrarse en las fauces de la bestia portuaria: el dinero viajaba más rápido que la droga o que cualquier otra mercancía valiosa con la que se traficara.

Y dejaba mucho menos rastro, o al menos era más complicado de seguir.

Tras perderse entre contenedores y terminales de carga, charlar con estibadores, prácticos del puerto y operarios que trabajaban de sol a sol, Miriam comenzó a formarse una idea en la cabeza.

La excusa que dieron para poder moverse por allí, con el beneplácito de uno de los hombres importantes del puerto gracias a la intermediación del misterioso personaje que la acompañó hasta allí, fue que preparaba un reportaje para televisión sobre el trabajo en el puerto de Algeciras.

Nada escabroso, un artículo alejado de los sucesos con los que a veces las terminales de carga terminaban por hacerse un hueco en los telediarios.

Una mirada más mundana en la que tuvieran cabida como protagonistas los trabajadores portuarios, cuando a Miriam lo que en realidad le interesaba era otro tipo de movimientos más opacos, ocultos en las entrañas de la bestia.

La periodista recordó algunas actuaciones policiales que habían tenido lugar en otros puertos españoles, en las que se habían detenido a personal de aduanas, estibadores, conductores, gruistas e incluso guardias civiles acusados de colaborar con bandas organizadas para facilitar la entrada o salida de mercancía que no les interesaba que fuera inspeccionada en profundidad.

Y entonces rememoró el desagradable punto de partida que, en 2015, obligó a Pablo a adentrarse en una peligrosa misión en tierras levantinas contra la mafia rusa que controlaba el tráfico de mujeres en la zona, con aquel macabro hallazgo en el puerto de Valencia, cuando un contenedor abandonado al sol en una de las terminales de carga apareció repleto de cadáveres de mujeres hacinadas que habían realizado el último viaje de sus vidas a través de media Europa.

Al menos, esperaba que sus pesquisas no derivaran hacia asuntos tan escabrosos, aunque no podía poner la mano en el fuego.

Y, desde luego, esperaba que ni ella ni Pablo desde Málaga, si es que en realidad sus dos investigaciones llegaran a estar relacionadas de alguna manera, tuvieran que adentrarse en terrenos tan pantanosos ni luchar por sus vidas como ya les había ocurrido en más de una ocasión.

Las sociedades que había estudiado en Madrid encontraban aquí su justificación práctica, sin ninguna excepción.

Por allí se encontró con empresas de logística, consignatarias e intermediarios legales, cada una con su función bien marcada y diferenciada.

Todo estaba perfectamente compartimentado, sin que nadie supiera más de lo necesario de las parcelas que no le correspondían, de ahí que nadie preguntara tampoco más de lo que lo convenía para seguir en el negocio.

De regreso a Cádiz, preguntó a otros contactos por si alguien le podía echar una mano y en más de una ocasión recibió la misma respuesta.

Le dieron el nombre de alguien que se movía bien entre las sombras, que conocía todos los engranajes, tanto legales como políticos y judiciales.

Alguien con don de gentes, con buenos contactos, que había caído en desgracia tras dar un mal paso.

Ahora se había reformado, decían las malas lenguas, pero eso nadie se lo terminaba de creer.