El monedero del diablo (Bermejo y Roncero 7) Desembarco en la Costa del Sol #4
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Desembarco en la Costa del Sol #4

Andrade pensó que la idea de Oliveira podía estar bien tirada. Quiso intervenir a su manera, seguro que su jefe lo agradecía. A Roncero le solían gustar las tormentas de ideas que montaba el equipo, sobre todo cuando el camino a seguir en una investigación no estaba demasiado claro.

—Vale, te compro la idea, Milene —arrancó Andrade—.

Registraron la casa de Valcárcel y no encontraron nada.

Tal vez pretendían amordazarlo y atarlo con las bridas mientras rebuscaban en la casa, pero algo salió mal.

Y una vez muerto el juez, sin encontrar nada en su vivienda, solo les quedaba salir de allí a la carrera y encontrar al secretario.

Ya sea porque Diego es el cerebro que se la ha jugado a todos y se ha volatilizado entre la bruma, o porque lo tienen en un zulo intentando sacarle la combinación de las criptomonedas a base de golpes.

El sicario, un tipo con sangre fría que seguramente disfrutó con la ejecución, quiso vacilarnos un poco con su pequeña representación teatral, con la guinda final de la gota de sangre.

Un psicópata que puede volver a actuar en cualquier momento.

—Exacto, se dieron cuenta de que el juez ya no les servía —replicó Oliveira—.

No sabemos si hubo algún forcejeo y la víctima vio las caras de sus atacantes.

Ahí estaba perdido, no podían dejar cabos sueltos y acabaron por ajusticiarle.

Lo liquidan y van a por el siguiente. Pero si de momento no han encontrado lo que buscaban, necesitan a Diego Alarcón vivo.

Si es que de verdad el LAJ es el que tiene la llave de todo este embrollo.

Roncero parecía permanecer atento al duelo dialéctico de sus pupilos, sin querer intervenir, al menos de momento. Muchas incógnitas todavía que habría que descifrar a la carrera.

—Sea como sea, han dejado un rastro —continuó Andrade—.

En cuanto os deje en el cuartel con Vizcaíno para que adelantéis con las diligencias, revisaré los volcados de las cámaras de seguridad que hayan solicitado los compañeros locales.

Si no han rascado nada, regresaré yo mismo a la entrada de la urbanización.

He visto una cámara lateral en la garita de control de entrada y otra en el chalet grande que está en lo alto de la loma.

A los de seguridad privada ya me los conozco yo; con la excusa de que algunas cámaras no graban, que son una mera medida de disuasión, pretenden lavarse las manos y no meterse en medio de una investigación criminal.

Pero a nosotros no nos van a torear. Es posible que las imágenes se guarden en la nube, o en algún backup local de seguridad por el tema de las pólizas de seguro.

Roncero se alteró por fin, asintiendo con una chispa de aprobación en los ojos.

—Adelante, Andrade, sigue tu instinto. Revisa primero lo que tenga Vizcaíno en el cuartel para no duplicar trabajo, y si hay lagunas, ve a por esa empresa de seguridad.

Ya de paso, investiga todos los accesos a Los Encinares, creo que hay tres puntos diferentes por los que se puede entrar en la urbanización.

Imagino que llegarían hasta allí arriba en coche.

Y si son tan profesionales como parece, no habrán usado un vehículo robado que cante a la legua, sino algo que se confunda con el entorno.

Un SUV de gama media, algo gris o negro, poco llamativo.

—Hombre, jefe, tampoco es que esa sea la misión más sencilla del mundo.

En la Costa del Sol eso debe ser como buscar una aguja en un pajar —masculló Andrade con una mueca—.

Pero si salieron con prisa después de que el perro del vecino empezara a ladrar, quizá se saltaron algún stop o hicieron alguna maniobra brusca; habrá que peinar también las cámaras de tráfico, si los registros locales nos dan una ventana horaria.

Andrade sintió la adrenalina en la sangre; le gustaba encajar piezas en esos rompecabezas que siempre se encontraban al llegar a un nuevo escenario.

Nunca sabían dónde encontrarían el quid de la cuestión, pero no dejarían piedra por remover.

Y él prefería moverse, escarbar e inspeccionar.

Lo de bucear en papeles o en información digital se lo dejaba a otros, a él le gustaba más la calle.

Como al viejo amigo de Roncero, el exinspector Bermejo, si es que le hubiera pedido opinión al respecto al jefe de la unidad de la UCO.

—No te fíes, Andrade —le advirtió Roncero—. Hasta el mejor profesional comete un error cuando tiene prisa. Esas bridas en la buganvilla son la prueba de que esos tipos no son tan buenos como se piensan. Y esa pequeña brecha en su coraza será la que utilicemos para atraparlos.

—Eso haré, mi capitán. Si encuentro algo en condiciones en los vídeos, os aviso enseguida. Deseadme suerte.

Andrade aparcó frente al cuartel con delicadeza.

Roncero y Oliveira bajaron del coche, pero él se quedó un segundo de más frente al volante, observando el entorno.

El caso del juez Valcárcel acababa de empezar y él tenía la extraña sensación de que las bridas no eran lo único que los sicarios se habían dejado atrás.

Solo esperaba que, cuando encontraran el resto, no fuera demasiado tarde para el secretario judicial.