El monedero del diablo (Bermejo y Roncero 7) Desembarco en la Costa del Sol #3
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Desembarco en la Costa del Sol #3

—Saca buenas fotos, Oliveira. Y que nadie más toque esta zona hasta que vengan de nuevo los de Criminalística —ordenó Roncero con una determinación renovada—. Veamos si somos capaces de darle una buena noticia a Vizcaíno, que se pensaba que estos tipos no habían dejado pistas.

El sargento Ortega se había acercado hasta su posición al ver movimiento en la zona.

Le pareció distinguir algo de rubor en su rostro, tal vez le sobrevino el bochorno al saber que el equipo local no había encontrado semejante indicio escondido en el seto.

Roncero se dirigió directamente a él con tono calmado.

—Sargento, necesitamos que vuelvan los chicos de la científica y no dejen palmo sin recorrer, esto es importante.

Y que amplíen el perímetro de búsqueda en el exterior de la valla y un poco más allá si es necesario.

Si a los asaltantes se les cayó esto en su huida, quizá perdieron algo más antes de llegar al coche, no podemos descartar nada.

Salieron de la finca minutos después y Roncero miró en lontananza, donde el sol comenzaba a bajar, escondiéndose detrás de las estribaciones de una serranía cercana.

Allí quedaba todavía mucha tela que cortar, pero estaban en el buen camino.

Tras la muerte del juez y la desaparición del secretario judicial, debían encontrar la senda correcta para adentrarse de lleno en un caso tan complicado y salir indemnes de su investigación.

Y es que era allí, sobre el terreno, cuando la información leída en un informe escrito se volvía de verdad real.

Solo les quedaba encontrar a los culpables.

De regreso al cuartel de la Guardia Civil, Andrade conducía con suavidad y pericia, deslizándose sobre el asfalto.

No quiso apretar el acelerador después de la primera toma de contacto con el escenario del crimen, a expensas de que el jefe de la unidad le ordenase lo contrario.

Y es que, en esos momentos, tampoco tenían prisa por regresar, pero sí muchas ganas de entender lo que de verdad había sucedido en ese chalet de alto standing .

Dejaron atrás la urbanización Los Encinares y descendieron a velocidad constante por las curvas que les trasladaban desde aquella localización en el altozano de Mijas hasta la conexión con la autovía de la costa.

Sentado a su lado, Pablo Roncero mantenía la mirada perdida en el paisaje, con la bolsa de pruebas que contenía las bridas descansando sobre su regazo sin saber todavía su significado real en aquella endiablada ecuación criminal.

Andrade se fijó también en el retrovisor y distinguió a su compañera Oliveira, absorta mientras tecleaba afanosamente en su tablet .

Una chica despierta, ágil de mente, que había evolucionado mucho como investigadora a lo largo de los años que llevaban trabajando como equipo.

Oliveira buscaría probablemente alguna especificación técnica o pista sobre ese tipo de bridas industriales, un detalle que el veterano conductor no lograba tampoco quitarse de la mente.

De todos modos, prefirió interpelar primero a su jefe, a ver qué rumiaba en esa cabecita privilegiada después del primer acto de una función que esperaba que no se alargara demasiado.

—¿En qué piensas, jefe? —preguntó Andrade, rompiendo el silencio—. No sé qué opinas sobre toda la parafernalia del DVD, el reloj y el destrozo que había montado en la casa.

—Es algo curioso, la verdad —respondió Roncero sin alterarse—.

Estaba pensando en el tiempo que se tomaron para preparar semejante escenografía.

No fue entrar y salir, aunque el crimen en sí parece que fue rápido.

Pero después, como si no les pesara la urgencia en sus movimientos, se permitieron el lujo de quitarle el reloj, colocarlo con mimo al lado de un DVD que no sabemos todavía de dónde salió, e incluso les sobró tiempo para rebuscar antes de salir, sin saber todavía si hallaron lo que fueron a buscar a aquella casa.

—¿Como si fuera una ceremonia, mi capitán? —preguntó Oliveira.

—Tal vez, no lo sabemos. Aunque en las ceremonias, los anfitriones suelen querer dejar claro que tienen el control absoluto de la situación y aquí creo que se les fue de las manos, no sé.

Puedo estar equivocado y eso que dejaron su impronta en forma de gota de sangre sobre los documentos, una forma artificiosa de llamar nuestra atención. O de desviarla, más bien.

Andrade asintió, apretando un poco más el volante.

Él se había fijado en otras cosas, detalles que tal vez a otros se les pasaran por alto.

Como, por ejemplo, que el tipo que había entrado a hurtadillas en la finca, o dos criminales según pensaban sus compañeros, no escapó por la ruta más sencilla.

Aquella zona con el seto tupido a gran altura no era fácil de sobrepasar, pero sí se había fijado en que desde allí era más improbable que las cámaras de los chalets colindantes hubieran registrado alguna imagen de la huida, gracias al peor ángulo de visión hacia esa posición en concreto.

Explicó entonces en voz alta su punto de vista y Roncero se quedó un momento pensativo, buscando tal vez la mejor manera de enfocar ese detalle para su trabajo.

—Además, tampoco me convence el tema ese de las bridas —añadió Andrade—.

Si vienes a ejecutar a alguien con esa precisión, ¿para qué quieres esas bridas de alta resistencia?

O el plan principal era un secuestro que se torció a lo bestia, o las querían para inmovilizar a alguien más que no estaba en la casa. ¿Qué opináis, compañeros?

—¿Y si las bridas eran para el secretario?

—apuntó Oliveira desde atrás—. Pongámonos en un ejercicio de ficción criminal, de esos que le gustan al jefe de meternos en las cabecitas de los malos y pensar como auténticos delincuentes.

¿Por qué se comportaron realmente así? Tenemos dos opciones abiertas: o bien Diego Alarcón está compinchado y ha huido por patas con las claves aprovechando el caos, o bien lo tienen secuestrado y esas bridas eran para él.

—Adelante, Milene —la animó Roncero—. Sorpréndenos con tu sagacidad holmesiana…

—Sin presión, mi capitán. Si lo tienen retenido, es porque quizá no buscaban a nadie en concreto al principio, solo tenían orden de recuperar el dinero y fueron improvisando sobre la marcha.

Empezaron por el juez y ahora irán bajando en la lista.

No sabían si las criptos estaban metidas en un pendrive especial, de esos que usan los que no se fían de internet, o si el dinero seguía flotando en la red, en alguna cuenta del juzgado.

Si es lo segundo, solo les hacen falta las doce palabras de la clave semilla, la llave maestra.

El que tenga esa clave de recuperación tiene el botín, así de fácil.

Por eso revolvieron la casa: buscaban un aparato o un papel donde estuviera apuntada la frase semilla.