Desembarco en la Costa del Sol #2
Al llegar al chalet de Valcárcel, el silencio opresivo a su alrededor se volvió casi físico.
Tras atravesar el patio y la zona de jardines, el sargento Ortega les abrió la puerta del inmueble y les guio al interior del salón.
Oliveira caminaba a su lado y parecía querer tomar nota de los movimientos de su jefe, fijándose en todos los detalles.
Roncero parpadeó varias veces de forma rápida para acostumbrar sus ojos al cambio de luminosidad del exterior al interior, sin desdeñar la impresión que le causó el caos ordenado que reinaba en la estancia.
Todos habían leído el informe preliminar, por lo que los compañeros no se extrañarían de que se detuviera frente al sofá, uno de los elementos principales de aquella performance criminal.
Ortega les señaló el reposabrazos en el que se habían encontrado colocados, casi con mimo, el reloj del finado y un DVD vacío.
Los miembros de la UCO habían discutido durante el viaje desde Madrid sobre el posible significado de semejante representación, una escena extraña que sin duda buscaba enviar un mensaje.
O incluso despistar a los investigadores, eso tampoco podían descartarlo.
—Los compañeros de la Científica no han encontrado huellas ni en el DVD ni en el reloj —explicó Ortega—. El tipo que asesinó al juez seguramente llevaba unos buenos guantes tácticos, eso como poco.
—¿Un único culpable o más de uno? —preguntó Oliveira con buen criterio, recibiendo la aprobación silenciosa de su jefe.
—Yo me inclino más por la opción de que eran al menos dos atacantes. Quizá uno más experto, el que cometió el crimen, y el otro de apoyo por lo que pudiera pasar.
Roncero asintió, cabeceando de acuerdo con la tesis del sargento. Era lo más plausible, lo más común en un asalto de semejantes características era que dos hombres cometieran el golpe.
—¿Y lo de la gota de sangre? —intervino entonces Andrade.
Roncero tenía a su equipo bien aleccionado, nunca había una pregunta de más o una cuestión que no se pudiera tratar en una investigación.
Cualquier detalle podía ser el detonante que les condujera por el camino correcto.
Y no sería la primera vez que Andrade u Oliveira dieran con el quid de la cuestión, de ahí la confianza en su trabajo.
—Buff, eso también tiene su miga. Una gota de sangre en el expediente tenía que llamar nuestra atención por fuerza. ¿Un descuido o una provocación? No terminamos de decidirnos, esta pantomima es lo que más nos escama.
—¿Tal vez querían que supiéramos exactamente lo que estaba leyendo el juez antes de morir? —planteó Roncero.
—No me cuadra, mi capitán. No creemos que buscaran ese expediente en concreto dentro de los archivos de Valcárcel, lo dejaran ahí abierto, expuesto a la vista de todos y lo marcaran con una gota de la propia sangre del juez.
Yo me inclino más bien por suponer que el expediente ya se encontraba ahí cuando llegaron.
Otra cosa es que lo de la gota fuera un descuido o no.
Roncero no tenía una idea clara sobre el tema, al menos de momento.
Oliveira parecía que tampoco, su gesto no denotaba que estuviera totalmente de acuerdo con el sargento, lo hablaría después con su equipo.
Quizá nunca lo averiguaran, pero merecía la pena intentarlo.
Si el asesino o asesinos acudieron a ese lugar para sacarle una confesión al juez o buscar la manera de acceder a las criptomonedas incautadas, tal vez se llevaron un chasco y prefirieron no dejar testigos.
Recorrieron el resto de la casa, comprobando las estancias por las que el o los asaltantes habían pasado, dejándolo todo hecho un desastre.
Desde luego, allí se había producido un registro en toda regla, tal vez buscando algún dispositivo electrónico o las claves que les permitieran recuperar las criptomonedas incautadas.
No encontraron ningún otro detalle digno de mención que pudieran haber pasado por alto los de criminalística, al menos en el interior del inmueble.
El ambiente se encontraba muy cargado, no se había equivocado Vizcaíno al ponerles sobre aviso, por lo que Roncero decidió salir al exterior para tomar el aire y buscar una mejor perspectiva de toda la escena del crimen.
El oficial de la UCO no pronunció ni una palabra en voz alta, pero sus compañeros ya conocían sus métodos y no iban a sorprenderse.
Salió al jardín a través de la puerta lateral que los sicarios habían dejado entreabierta, tal vez con la idea de despistar a los investigadores al tratar de averiguar la data exacta de la muerte.
Quería inspeccionar con sus propios ojos el recorrido de huida que utilizaron los criminales para escapar del chalet.
Roncero se metió en su papel de profiler , con ese mismo comportamiento que a veces causaba desconcierto o incluso desprecio entre algunos compañeros, aunque el tiempo y sus éxitos policiales hubieran conseguido cambiar las burlas por un respeto casi reverencial.
Desechó en ese momento utilizar la libreta que siempre llevaba consigo para realizar su propio dibujo a mano alzada sobre el escenario del crimen y prefirió centrarse en otro tipo de sensaciones.
Seguro que si su buen amigo Bermejo lo hubiera visto en semejante trance le habría soltado una de sus frases míticas, algo a lo que se acostumbró en otros operativos en los que habían trabajado juntos.
El guardia civil intentaba ponerse en la piel del asesino, pensar y sentir como él a la hora de cometer un crimen.
Solo así, sumergiéndose en su psique y buceando en su subconsciente, aunque fuera de forma virtual, lograba a veces entender las causas que provocaban los delitos que luego le tocaba perseguir.
A veces era muy complicado, porque el rastro ya se había diluido, pero allá dentro había sentido un miasma insano que tal vez le sirviera para sus propósitos.
Se imaginó al sicario saliendo a la carrera del interior del chalet tras apuñalar a su víctima, escapando a través del precioso patio que hacía también las veces de entrada a la finca.
Roncero sintió incluso sobre sus espaldas el peso figurado de la mochila táctica a la espalda del agresor; el equipo necesario para portar las herramientas de corte con las que sabotearon la acometida exterior de seguridad e inutilizaron las cámaras, los útiles de apertura y el resto de los enseres.
Pudo descubrir así resquicios de esa prisa contenida del que maneja bien los tiempos, de un criminal avezado que no era la primera vez que se enfrentaba a un problema similar.
Debió escuchar en lontananza los ladridos de un perro nervioso por la intrusión en los alrededores, tal vez ruido de pasos o de vehículos moviéndose en las inmediaciones, por lo que intuía que el tiempo jugaba en su contra.
Caminó junto al seto de laurel real, siguiendo la línea de la valla perimetral, por el trayecto que pensó que había transitado en su huida.
Y, sin embargo, fue Oliveira la que dio con una buena pista en su deambular por el patio, pendiente también de las andanzas de su jefe.
La joven se había apartado un poco del grupo principal, dirigiendo sus pasos hacia una de las esquinas, un lugar en el que las buganvillas formaban una maraña especialmente densa cerca del muro.
Roncero comprobó cómo Oliveira se detenía en seco, con la mirada fija en un punto que no podía distinguir desde donde estaba. ¿Habría encontrado algo?
—Jefe, ven un momento —lo llamó Oliveira con un tono de voz que hizo que Andrade también se acercara hasta su posición.
Roncero se puso en cuclillas a su lado, contemplando el hallazgo.
Allí, enganchadas en una rama baja a la altura de los hombros y casi ocultas por las flores marchitas, brillaban dos bridas de plástico negro unidas por un pequeño resto de precinto.
Estaban nuevas, intactas, como si el enganchón con las espinas las hubiera deslizado de esa mochila mal cerrada que portaba a la espalda.
—Puede que se les cayeran al salir y no se dieran cuenta, esto es una buena pista —murmuró Roncero, rozando el plástico con la punta del dedo sin moverlo—.
Buen trabajo, Milene, esto puede ser importante.
De momento, lo embolsamos según el protocolo para no alterar la cadena de custodia.
Después tendrán que analizarlo los especialistas a ver qué nos pueden decir.
—Menos mal que nos habían asegurado que los compañeros peinaron bien la zona, pero esto se les había pasado por alto —apuntó Andrade en voz alta.
—Se fijarían más en la escena principal, había mucho que analizar ahí dentro —respondió Roncero—.
Pero sí, debieron haberlo hallado antes.
No se trata de unas bridas normales, de las que se compran en la ferretería del barrio.
Habrá que analizarlas al milímetro, parecen fabricadas de un material específico, nailon reforzado de alta densidad, de esas que aguantan tensiones de cientos de kilos.
Roncero se quedó mirando el cierre de la brida bajo la luz del atardecer.
No era el negro brillante del plástico barato.
Era un tono mate, casi grisáceo, con una robustez que gritaba «uso militar».
Sabía que el análisis forense de las trazas tardaría, pero su instinto le decía que no encontrarían una factura de una ferretería de la Costa del Sol.
Aquello venía de más lejos, de un lugar donde la eficiencia se medía en silencio y sangre.
Roncero se incorporó y miró en dirección al muro vegetal.
Los criminales habían cometido un fallo al intentar escapar a través de ese punto, un enganchón inoportuno con las espinas de la buganvilla al saltar.
Tal vez fuera el único error cometido, pero era un buen punto de partida para comenzar a investigar.
Quizá esa pequeña equivocación, esa pieza de plástico de apenas unos céntimos, se convertiría en un buen hilo del que tirar.