Desembarco en la Costa del Sol
Hicieron un breve alto en el camino para almorzar, por si las circunstancias del viaje les obligaban a llegar demasiado tarde a su destino sin haber podido meter nada en el estómago desde el frugal desayuno.
Roncero conocía bien ese tipo de misiones y sabía que, una vez metidos en faena tras presentarse en el cuartel de la Guardia Civil, podían tirarse toda la tarde trabajando sin un minuto para comer.
Sobre las tres de la tarde se adentraron al fin en la ciudad más glamurosa de la región.
A esas horas de una jornada que había ido mejorando climáticamente a medida que se acercaban al sur de España, el sol todavía se dejaba sentir con más fuerza de la que podía suponerse en pleno mes de diciembre.
Aunque no podía dejarse engañar, ni siquiera porque aquella luz del Mediterráneo trufada de rayos solares acariciara su piel con sutileza.
Sabía que ese sol engañoso bañaba la ciudad con una claridad mentirosa, de esas que prometían un calor que desaparecía en cuanto girabas una esquina y te golpeaba en pleno rostro el viento de Levante que en cualquier momento se levantaba cerca de la costa.
Pablo Roncero observaba el trasiego de la entrada del cuartel de la Guardia Civil mientras Andrade apuraba los últimos metros antes de aparcar.
No esperaba alharacas ni ningún recibimiento de gala.
Con no encontrar demasiados problemas al llegar se daba por satisfecho.
No necesitaban ningún privilegio, simplemente querían obtener el tipo de información pura y dura que les ayudaría a comenzar con buen pie su periplo en Marbella.
—Parece que el avispero anda algo agitado, mi capitán —comentó Andrade tras apagar el motor y echar un vistazo a dos patrulleros que salían a toda prisa del aparcamiento oficial con las sirenas apagadas.
—Es normal, y debemos tener cuidado; no quiero que la paguen con los recién llegados.
No todos los días aparece muerto un juez de instrucción en tu demarcación, solo con ese crimen ya podemos hacernos una idea.
Y si, como parece, este caso va aún más allá y tenemos otras implicaciones, ya sea con funcionarios corruptos u organizaciones mafiosas intentando pescar en río revuelto, toda precaución es poca, compañeros.
—Nos andaremos con pies de plomo, no hay problema. Manda carallo que seamos nosotros los que paguemos el pato cuando solo venimos a ayudar.
Roncero se ajustó la chaqueta al bajar del vehículo, ante el incipiente viento cambiante que parecía estar esperando su llegada.
Se fijó entonces en Oliveira, que manejaba su tablet con destreza, apuntando quizá algún tipo de dato que pudiera servirles para más adelante.
Le hizo un breve gesto para que guardara su dispositivo antes de entrar en el edificio oficial.
—Os quiero bien despiertos en todo momento, sobre todo cuando tengamos que ir al juzgado. No sabemos de quién podemos fiarnos. Y ya sabéis, parafraseando ese lema apócrifo del cuerpo que tanto le gusta mentar a nuestro coronel: paso corto, vista larga y mala leche.
—A sus órdenes, mi capitán —respondió Andrade con sorna.
Roncero se adelantó el primero y se adentró en las dependencias de la Guardia Civil en Marbella con la seguridad que daban los galones y los años de servicio en la UCO.
Allí iba a toparse con un oficial de su mismo rango, el capitán Vizcaíno, un extremeño de pura cepa que por lo que sabía llevaba varios años liderando aquel puesto castrense.
Tras una breve espera en la entrada para identificarse en el control, el propio Vizcaíno les recibió y los invitó a entrar en un despacho que podía parecer pequeño a simple vista, pero en el que se acomodaron sin problema los recién llegados, el anfitrión y uno de sus hombres.
Roncero se fijó entonces en su interlocutor, buscando sus puntos fuertes y débiles a primera vista, una deformación profesional que como psicólogo llevaba a gala y que siempre procuraba utilizar en cualquier tipo de situación para afrontarla después con las mejores garantías.
Vizcaíno era un hombre enjuto, de mirada rápida y algo esquiva, con una actitud no exenta de gestos nerviosos.
El oficial madrileño no podía asegurar que se tratara de algo habitual en su anfitrión, tal vez se debiera simplemente a la visita del equipo de la UCO, unas siglas que en numerosos sitios todavía causaban un gran respeto.
Enseguida se dio cuenta de su error de apreciación.
El gesto de Vizcaíno al saludarles le dio otro tipo de pistas más sutiles, no había rasgo alguno de hostilidad en el ambiente.
Muy al contrario, el capitán agradeció la llegada del equipo desde Madrid con un apretón de manos que denotaba más alivio que protocolo.
—Gracias por venir tan rápido, capitán —dijo Vizcaíno, señalando el mapa de la urbanización Los Encinares de Mijas sobre la mesa—.
Esto es un desastre absoluto, necesitamos ayuda.
Y eso que aquí no andamos precisamente escasos de delitos graves, pero esto ha desatado una tormenta en la Costa del Sol.
El juez Valcárcel era un hombre respetado y el modo en que lo han liquidado ha puesto todo del revés.
Comenzando por mi propia unidad de policía judicial, que anda un poco desubicada con este caso.
—Hemos leído el informe preliminar —apuntó Roncero, sentándose frente a él—. Parece que se trata de una ejecución limpia, realizada con un único corte entre clavícula y cuello, ¿verdad?
—Sí, confirmado por criminalística y el forense.
Un sicario muy bien entrenado, eso está claro.
Nada de esos niñatos que nos han llegado a veces del centro de Europa e incluso de países escandinavos, en muchas ocasiones de origen magrebí, para cometer diferentes atentados.
Esto se trata de un trabajo muy profesional, de alguien experto que no es la primera vez que mata a alguien de esa manera.
Los integrantes del equipo de la UCO se miraron en silencio, asintiendo ante la aseveración del oficial al mando.
Oliveira ya les había puesto en antecedentes en el coche, con esa labor de hormiguita que tanto les facilitaba las cosas, buscando esos pequeños detalles que les hacían ponerse en situación antes de afrontar un caso complicado.
Roncero recordó un fragmento de esa conversación, producida en el primer tercio del viaje recién terminado.
Oliveira les leyó algunos datos escalofriantes sobre los delitos en Marbella, un ecosistema muy particular en el que convivían cientos de bandas criminales que procuraban no pisarse unas a otras.
Un escenario en el que se habían dado casos tan llamativos como los tres menores procedentes de Suecia y Bélgica que habían sido detenidos en los últimos meses por asesinar a varias personas, o intentarlo al menos, en diferentes puntos de la Costa del Sol.
—Al parecer, se han encontrado con adolescentes sin nada que perder, niñatos a los que se convence de manera mucho más fácil que a un adulto para atentar en tierra extranjera.
Dinero fácil y rápido, cobrando siempre menos que un sicario profesional, que recibían por encargo de mafias asentadas tanto en sus países de origen como en España —recordó Roncero que les había explicado Oliveira esa misma mañana—.
Les pagan un billete de avión, les facilitan armas de guerra y un supuesto método de escape que no siempre sale bien.
Roncero sabía que era una situación nueva que había puesto en alerta a las autoridades.
Esos adolescentes actuaban de forma inconsciente, sin miedo, sabiendo además que las penas de cárcel en caso de ser arrestados eran inferiores debido a su edad.
Ya se habían producido tiroteos en pleno paseo marítimo de algunas poblaciones o disparos efectuados en diferentes comercios de la zona, algo que tenía soliviantado a todo el personal.
—En este caso, al menos, parece que fue una operación rápida, de entrar y salir, según todos los indicios —comentó entonces Roncero—.
Si no hubo siquiera forcejeo, suena a operativo realizado por alguien que ha hecho esto muchas veces.
Y seguramente, en escenarios mucho más complicados que un chalet de Mijas en plena noche.
—Estamos de acuerdo, capitán —replicó Vizcaíno—.
Los de Criminalística terminaron de procesar la casa anoche y los de arriba han apretado para que todo fluya, hemos adelantado algo de trabajo.
Desde el Instituto de Medicina Legal de Málaga nos han facilitado también el informe preliminar de la autopsia, luego os lo hago llegar.
—¿Podemos acercarnos al lugar del crimen? —preguntó Roncero ante la mirada de sus compañeros de viaje.
—Sí, claro; en cuanto estéis preparados.
El ambiente en el chalet sigue siendo asfixiante, como si algo maligno flotara en el ambiente, ya lo veréis con vuestros propios ojos.
He dado instrucciones al sargento Ortega para que os lleve hasta allí y os facilite lo que necesitéis.
Él fue el primero en entrar y conoce el terreno mejor que nadie, no dudéis en preguntarle cualquier duda.
Roncero le agradeció su buen hacer al responsable de la unidad marbellí, dispuesto a continuar su periplo antes de hacerse una primera composición de lugar.
Media hora después, el equipo de la UCO seguía al vehículo de Ortega, un patrullero bicolor con el puente de luces apagado, por las serpenteantes calles de Los Encinares, la elitista urbanización de Mijas.
Roncero se fijó en el entorno mientras observaba las buganvillas que asomaban por encima de los muros en determinados chalets de alto standing.
Una nota diferente que también había llamado su atención al leer el informe, esas heridas de color púrpura que ahora, a plena luz del día, parecían simples adornos sin sentido, un aderezo que al juez no le sirvió de escudo protector en su propia casa.