El monedero del diablo (Bermejo y Roncero 7) Una fría bienvenida #2
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Una fría bienvenida #2

—Cuidado, Bermejo. No estamos hablando de un caso rutinario, ya sabes cómo funcionan estas cosas.

Hay demasiado en juego y no podemos fallar, ni permitir que haya ninguna filtración.

Si algo se nos escapa, no solo afectará al operativo, sino también a toda la red que ya se ha puesto en marcha.

Estamos colaborando con la UDYCO y los GRECO Costa del Sol, creo que los conoces; andan detrás de un nuevo grupo criminal con muchos medios que quiere hacerse con el mando del narcotráfico en el Mediterráneo.

Una gente peligrosa, sin escrúpulos, una organización mafiosa con demasiadas ramificaciones.

Lo del contable holandés y las cripto para blanquear sus beneficios es solo la punta del iceberg.

El pálpito inicial de Bermejo había dado en la diana. Mardones no le iba a enviar a pasearse por Málaga para encargarse de un caso rutinario, allí había mucha tela que cortar.

—No hay problema, te lo aseguro —replicó Bermejo—.

No vine a estorbar, sino a colaborar y, sobre todo, a mediar entre tantos actores diferentes.

Nadie quiere que esto se estropee por un problema de jurisdicciones ni vamos a pisarnos los callos unos a otros.

Cada uno en su parcela, colaborando en la medida de sus posibilidades, y con buena predisposición por parte de todo el mundo.

Yo me encargaré de que los jefes no nos toquen las narices y podamos trabajar en paz.

Palacios pareció estudiarlo por un instante, evaluando su tono y postura. Luego relajó ligeramente su gesto y siguió hablando.

—De acuerdo, vamos a darnos todos un voto de confianza. Así que comencemos por el principio…

Palacios le explicó con un tono contenido pero preciso el origen de aquella complicada investigación. Bermejo puso todos sus sentidos en alerta, no quería perder detalle de una información que esperaba no fuera demasiado técnica.

La operación contra el contable holandés llevaba meses gestándose.

Un tipo discreto, sin antecedentes violentos ni el típico perfil de matón, de esos que prefieren moverse entre números y hojas de cálculos que con pistolas o drogas.

Un intermediario de confianza para terceros, especializado en mover grandes cantidades de dinero a través de sociedades instrumentales, fundaciones opacas y plataformas digitales.

No era el cerebro de ninguna organización, pero sí pieza clave de un engranaje que todavía no comprendían del todo.

Cuando la Brigada consiguió intervenir sus dispositivos y acceder a las hot wallets que gestionaba, el alcance real del asunto quedó al descubierto.

El detenido tenía en su poder más de veinticinco millones de euros convertidos en criptoactivos, al parecer procedentes en su mayoría del narcotráfico y de operaciones de blanqueo vinculadas a la Costa del Sol.

Se trataba de dinero sucio, bien empaquetado y distribuido en diferentes capas para dificultar cualquier rastreo apresurado.

—No fue una incautación cualquiera, te puedes hacer una idea —añadió Palacios—. Hubo que hilar muy fino para no cagarla. Autorizaciones judiciales, peritos en marcha, protocolos de seguridad y mucho más. Todo lo que exige una operación de este calibre, no se nos podía escapar.

—¿Y el juez Valcárcel? —preguntó Bermejo.

—El juez autorizó el bloqueo inmediato de sus cuentas y la custodia judicial de los activos —continuó el inspector jefe—.

Se siguieron los pasos preestablecidos en este tipo de operativos: generación de las carteras digitales bajo supervisión, actas firmadas y sellado de la documentación. Sobre el papel, no hubo fisuras.

Bermejo arqueó ligeramente una ceja.

—Sobre el papel… —repitió, dejando la frase en suspenso.

Palacios asintió, reconociendo el matiz sin necesidad de subrayarlo.

—El problema vino después. Durante el proceso de custodia, antes de que todo quedara definitivamente consolidado y enviado a la ORGA en Madrid, empezaron a aparecer pequeños detalles que no encajaban.

Nada evidente, nada que saltara a simple vista a no ser que estuvieras buscándolo.

No hablamos de un hackeo externo ni de una intrusión burda, con fuerza bruta.

Nadie forzó ninguna puerta digital ni nos saltó ninguna alarma evidente.

Palacios hizo una pausa breve, como si calibrara hasta dónde convenía llegar en los detalles. Bermejo, mientras tanto, permanecía con los oídos muy abiertos, atento a la explicación.

—Lo que detectaron nuestros técnicos fue algo más sutil.

Encontramos registros que no coincidían del todo, consultas a la blockchain desde IPs que no pertenecían al juzgado ni a esta Brigada.

Para cualquiera que no sepa qué está mirando es algo que puede pasar desapercibido. Para nosotros, no, claro.

Bermejo apoyó el peso del cuerpo en la silla más cercana, atento.

—¿Y eso qué significa exactamente?

—Que alguien olisqueó donde no debía, aunque fuera por curiosidad —respondió Palacios—. No sabemos aún a ciencia cierta si tocó algo, en qué cantidad concreta ni con qué intención, pero sí sabemos que esa cuenta digital no debía registrar actividad alguna. Y la registró, eso es incuestionable.

—Entonces, ¿falta dinero en esa cuenta? —preguntó Bermejo, directo.

Palacios negó despacio con la cabeza.

—Esa es la parte complicada, Bermejo. De momento, no podemos afirmarlo con rotundidad hasta que no se verifique todo en las instalaciones de la ORGA.

Lo malo es que con todo lo que ha sucedido, eso no sé cuándo lo tendremos.

Con la muerte del juez, la desaparición de su secretario judicial y demás, está todo paralizado hasta nueva orden.

—Pero seguro que algo sospecháis…

—Estamos hablando de activos digitales, fraccionados, con movimientos que no siempre implican una transferencia directa de dinero. Lo único claro es que una parte de los fondos ya no estaba exactamente donde debía estar cuando se hizo la última comprobación interna. Esa es la única realidad.

Bermejo guardó silencio unos segundos, ordenando las piezas en su cabeza.

—Así que, en principio, no tenemos un robo evidente —resumió—, sino una posible brecha interna de seguridad. Alguien con acceso legítimo que ha tocado o mirado algo en el momento justo.

—Eso es —admitió Palacios—. Y por eso el asunto es tan delicado, no podemos precipitarnos. No estamos hablando solo de dinero, se trata de confianza. Si la cadena de custodia se interrumpe, si se produce un fallo dentro del propio sistema, todo se desmorona a nuestro alrededor.

Bermejo levantó la vista lentamente.

—Y eso explica por qué el juez empezó a inquietarse, llamando la atención de quien no debía.

Palacios no lo negó.

—Valcárcel era un tipo muy meticuloso. Un juez que no se conformaba con los informes estándar.

Empezó a pedir aclaraciones a todo el mundo, a revisar los plazos, a solicitar documentación adicional y preguntar por qué se estaban dilatando los plazos del proceso digital.

Quería entender qué había pasado exactamente durante la custodia de los activos.

Y cuando un juez empieza a hacer demasiadas preguntas, ya sabes lo que ocurre.

El silencio se instaló entre ambos, espeso, cargado de implicaciones que ninguno necesitaba verbalizar.

—¿Tenéis una lista de sospechosos? —preguntó por fin Bermejo.

—Hombre, dicho así… Tenemos escenarios plausibles, no queremos precipitarnos hasta estar seguros —respondió Palacios—.

Perfiles que, por su posición dentro del sistema, podían tener acceso a la información real, a los tiempos, a los procedimientos en curso.

Te puedes hacer una idea: personal del juzgado, intermediarios técnicos, funcionarios, vigilantes de seguridad.

Pero preferimos no trabajar todavía con una lista de nombres hasta estar más seguros de lo que ha sucedido.

Bermejo pensó en el secretario desaparecido, en la extraña coincidencia de su ausencia.

¿Y si alguien le había amenazado o chantajeado?

No tenía por qué convertirse en un ladrón si ni siquiera lo tenían claro en la Brigada de Ciberdelincuencia, pensó entonces el antiguo inspector.

Quizá se tratara de una huida desesperada para no verse más implicado en una trama que dejaba muertos a sus espaldas, o tal vez ya fuera demasiado tarde para él .

—Y uno de esos posibles sospechosos ha desaparecido —dijo en voz baja.

—Exacto —confirmó Palacios—. Y eso nos obliga a ser muy prudentes. Aquí cualquiera puede estar jugando a varias bandas, no podemos precipitarnos.

Bermejo asintió despacio, albergaba la sensación de que acababan de cruzar una línea invisible.

A partir de ese momento, nada iba a ser sencillo, algo a lo que se había acostumbrado en sus muchos años de carrera profesional.

Y solo habían comenzado a escarbar en la podredumbre de un proceso del que desconocían todavía todas sus aristas.

Y, como siempre que el sistema empezaba a resquebrajarse desde dentro, el margen de error se había reducido al mínimo.