Una fría bienvenida
El contraste fue aún mayor al llegar a la zona del puerto, donde se encontraba su destino final, el Palmeral de las Sorpresas.
Un enclave que se abría ante él como una cicatriz reciente en el paisaje urbano, una franja cuidadosamente diseñada donde la ciudad parecía darse la mano con el mar sin estridencias.
Las palmeras alineadas, los paseos amplios y las superficies de hormigón claro componían un espacio pensado para ser transitado, observado y, sobre todo, mostrado al mundo.
Familias, corredores solitarios y turistas despistados compartían el mismo escenario, ajenos a que, bajo esa apariencia amable y casi festiva, se concentraban ahora infraestructuras estratégicas que nada tenían que ver con el ocio ni el turismo.
Málaga había sabido reinventarse sin renunciar a su condición portuaria, y aquel lugar era la prueba más evidente de su nueva naturaleza.
Dejó a un lado la terminal de carga del puerto con un ligero estremecimiento al evocar un verano vivido en otra ciudad portuaria que le traía demasiados recuerdos agridulces a su mente.
En Málaga también había grúas y contenedores, como en otros muchos puertos comerciales, algo vital para el desarrollo de la actividad portuaria.
Un recordatorio más de que la capital de la Costa del Sol, aparte de representar la consabida postal turística, también se había convertido en un nodo industrial y de comunicaciones vital, con movimientos que rara vez atraían la atención de quienes solo venían de vacaciones o se encontraban de paso.
El silencio en el interior de su vehículo, roto solo por el ronroneo del motor y el chirrido leve de los frenos al ajustar su velocidad al denso tráfico, le daba espacio para pensar en lo que estaba a punto de afrontar.
No sabía si Mardones lo había tenido siquiera en cuenta, pero él era un profesional y no podía arrugarse por sentimentalismos.
Era la primera vez que visitaba la ciudad natal de Macarena después de su muerte, un momento complicado que decidió afrontar de la única manera posible: centrándose en su misión.
La amalgama de sentimientos le estalló en plena cara nada más oler la salinidad del Mediterráneo, ese espejo calmo que le recibió con destellos a la luz del sol andaluz de invierno.
Su corazón se encogió un instante, amagando con estropearle el momento.
Todo ello se unía a esa sensación de recibir por fin un encargo especial, una nueva tarea en la que portar la autoridad del ministerio sobre sus hombros.
Una responsabilidad enorme que le obligaba a intervenir en un caso que podía salpicar a más de un estamento oficial, por lo que se obligó a olvidarse del familiar nudo que se había instalado en la boca del estómago.
Aquella mezcla de adrenalina y prudencia que siempre lo acompañaba cuando la situación se complicaba empezaba a intensificarse a su alrededor, por lo que debía actuar con prudencia.
El coche se encaminó hacia el Muelle 2 y giró en dirección a la sede de la Brigada de Ciberdelincuencia, una antigua nave reformada con cristales polarizados y sistemas de seguridad discretos que no llamaban la atención desde la calle.
Un moderno complejo, recién inaugurado, que concentraba en su interior tecnología, información y personas capaces de mover piezas que, para un observador externo, parecían invisibles a simple vista.
Al aproximarse a la entrada del edificio, observó el movimiento discreto de vehículos oficiales y privados.
Se fijó también en las cámaras y otras medidas de seguridad de última generación, así como en los uniformados que custodiaban el lugar, atentos a cualquier irregularidad.
Se identificó en el control de accesos y le facilitaron una tarjeta inteligente que le permitiría moverse por el complejo según su estatus.
Aparcó el coche en la zona reservada para visitantes con autorización especial y llenó los pulmones de aire antes de salir del vehículo para intentar calmar su mente.
La brisa marina le trajo un aroma salado que mezclaba la humedad del puerto con la lejanía de los montes cercanos; un olor familiar que lo reconectaba con la ciudad, aunque fuera por apenas unos segundos.
El pasillo de entrada era amplio y limpio, con paredes neutras y pantallas de control que parpadeaban con información variada.
Cada paso que daba resonaba levemente sobre el suelo de mármol pulido, generando un eco que le recordaba la solemnidad del lugar y la trascendencia de su misión en todo aquello.
En la recepción mostró de nuevo sus credenciales y la tarjeta recién entregada, lo que facilitó las cosas.
Al parecer, lo estaban esperando, así que se olvidó del moderno ascensor y se dirigió a pie hacia la segunda planta del edificio, donde se encontraría con un viejo conocido: Nacho Palacios.
Al llegar a la puerta de acceso restringido, respiró hondo de nuevo.
La tarjeta de identificación emitió un leve pitido y el acceso se abrió de modo automático.
Un vistazo rápido al interior le permitió hacerse una primera composición del lugar.
Detectó enseguida un patrón en la disposición de los principales despachos y de los puestos de trabajo, encontrándose con pantallas encendidas y técnicos concentrados en sus tareas.
Unos conversaban en voz baja, otros revisaban informes digitales o hablaban por teléfono a media voz.
Un lugar demasiado aséptico para su gusto, bastante alejado del caos del complejo de Canillas en el que había pasado tantas horas de su vida.
Bermejo no tuvo que esperar demasiado para encontrarse con Palacios.
Unos pasos firmes sobre el pasillo de la Brigada anunciaron la llegada del inspector jefe antes incluso de que apareciera ante él.
Su porte era el mismo que recordaba, un tipo seguro, ligeramente arrogante, con la mirada de quien conocía el terreno y no toleraba dudas sobre su autoridad.
Los años no parecían haberle suavizado la dureza de su carácter; si acaso, la habían acentuado.
A juzgar por su aspecto, se conservaba todavía en buena forma, y la sonrisita cínica que mostraba en ojos y labios le anunció el inminente choque de trenes.
—Bienvenido a Málaga —le saludó Palacios con un hilo de ironía. Su voz no parecía hostil, pero sí daba la sensación de medir cada palabra, como si quisiera que Bermejo supiera que recordaba muy bien ciertas viejas cuentas pendientes.
—Gracias, Nacho —respondió Bermejo, evitando mirarlo directamente a los ojos al principio y llamándole por el nombre de pila, como antiguamente—. Parece que os han avisado de mi llegada.
—Ya sabes cómo se las gasta Mardones, y yo no soy quién para enmendarle la plana al jefazo —replicó Palacios con una sonrisa contenida—. Creo que no vienes aquí de turismo, pero no te voy a engañar, Bermejo. Ya sabes que me gustan las cosas claras y el chocolate espeso.
—Dispara sin miedo, adelante.
Bermejo no se arrugó ante su contrincante. Si le mostraba miedo perdería su respeto y, lo que sería aún peor, le complicaría todavía más su misión en la Costa del Sol.
—No me gusta que me fiscalicen desde fuera, ya lo sabes. Y si Mardones te envía para poner orden en mi patio trasero, vamos a tener un problema. Mi unidad hace aquí un trabajo excelente y no toleraré que se dude de nuestra profesionalidad.
Bermejo tragó saliva, recordando la conversación con Mardones y el encargo que le habían asignado.
—No es eso, tengamos la fiesta en paz —empezó antes de que Palacios lo interrumpiera con un gesto leve de la mano.
—Tranquilo, sé muy bien quién eres y lo que representas, no quiero problemas con los de arriba.
Solo que no me gusta que me alteren al personal y no tolero que alguien venga aquí con ínfulas de la capital, esperando que todos bailen a su compás.
Eso me trae malos recuerdos, Paco, mejor no mencionarlos y comenzar de cero entre nosotros.
Sé que cometí errores en el pasado, pero me enmendé, cambié de vida y he trabajado mucho para llegar hasta aquí.
Nadie me lo ha regalado y no pienso permitir que todo eso se vaya al traste.
El viejo rencor entre ambos quedó flotando en el aire durante unos segundos, pero los dos sabían que no había tiempo para discusiones estériles. La urgencia del caso obligaba a establecer una línea de trabajo, aunque con precaución. Bermejo tragó saliva y calibró sus palabras antes de continuar.
—Tranquilo, no vengo a alterar nada, solo quiero ayudar —confirmó con voz serena—.
Imagino que el asesinato del juez lo llevarán desde la Guardia Civil, pero entiendo que ese homicidio se relaciona con el expediente que instruía el juez, el mismo que ha aparecido manchado de sangre en la escena del crimen.
Si no me equivoco, todo tiene su origen en un caso vuestro de criptomonedas, ¿verdad?
Palacios asintió lentamente, pero con una ceja arqueada.
—No andas desencaminado, pero sí un poco desactualizado a estas horas. Al parecer, han enviado a tus amigos de la UCO de Madrid a hacerse cargo del crimen. Espero que no nos toquen mucho las narices. Por otro lado…
—¿La UCO? —preguntó Bermejo en voz alta, relacionándolo enseguida con su amigo Roncero—. Tranquilo, tengo buena relación con ellos, no creo que haya problemas.