Un toque de atención
Por eso no le atraía, lo veía demasiado real.
Él prefería trabajar en su despacho principal en la costa malagueña.
Y es que Marbella era otra cosa: una postal cuidadosamente construida sobre mentiras, un decorado perfecto de cartón-piedra, ideal para esconder a simple vista negocios sucios bajo capas de lujo, abogados caros y silencios bien pagados.
Allí, en cambio, todo era acero, contenedores de metal y hombres que no hacían preguntas innecesarias.
Al menos, mientras se les diera el motivo adecuado para mirar hacia otro lado, eso por descontado.
El ejecutivo aparcó su flamante coche, un automóvil de importación alemana recién sacado del concesionario, frente al edificio triste donde tenía su despacho operativo en Algeciras.
Nada de placas grandilocuentes ni logos significativos.
Simplemente, un apunte que podía significar cualquier cosa: una empresa de consultoría logística internacional más entre las cientos que funcionaban por toda la costa española.
Entró en el edificio, le hizo un gesto con la cabeza al conserje y subió a la tercera planta.
Abrió su oficina con la llave y cerró la puerta tras de sí con un gesto mecánico.
El despacho se encontraba vacío, tal y como lo había dejado días atrás, en su última visita.
Allí no necesitaba pasantes, ni secretaria para coger el teléfono ni administrativos a media jornada.
Se apañaba él solo. Tampoco requería que alguien le supervisara o le ayudara en su tarea, muchas veces ingrata, aunque eso sí, bien pagada.
Se trataba solo de una oficina secundaria desde la que tramitar ciertos asuntos cuando las circunstancias le obligaban a trasladarse a Algeciras para corroborar cualquier envío, o ayudar de alguna manera a que una mercancía oportuna hiciera el viaje previsto.
Aunque también le servía en ocasiones para otros menesteres.
Desde su ventana se veían las grúas en movimiento, brazos monstruosos de metal que levantaban contenedores que pesaban toneladas sin ningún esfuerzo.
Esos mismos contenedores, repletos de diferentes tipos de mercancía según la ocasión, que podían desaparecer de los registros oficiales con una facilidad inquietante.
Encendió el ordenador por inercia y revisó los correos cifrados.
Se llevó una pequeña sorpresa. Le habían llegado dos mensajes nuevos que debía considerar con calma.
Uno provenía de Málaga y el otro, de Gibraltar.
Necesitaba calibrar la importancia de cada uno para obrar en consecuencia antes de decidirse.
El de Málaga era escueto, frío y al grano: una empresa transitaria local con la que llevaban tiempo trabajando solicitaba confirmación sobre un cambio de ruta.
Nada alarmante, pero llegaba con un retraso que no le terminaba de convencer.
Lo estudiaría por si acaso, no podía dejar nada al azar.
No cuando se jugaba tanto con su trabajo.
El de Gibraltar, sin embargo, parecía más interesante, pero a la vez, también un poco inquietante.
Se trataba de una información que esperaba desde hacía días, relativa a una fundación recién creada, con capital inicial procedente de los Emiratos Árabes Unidos y unos beneficiarios finales aparentemente difusos.
No le terminaba de convencer, tendría que hablar con su contacto allí.
Tanta pulcritud podía hacer saltar las alarmas, en el sur de España los negocios suelen ser algo más caóticos, no tan limpios.
—Siempre con prisa, no es lo que se estila por aquí. Y ya se sabe lo que dice el sabio refranero, que las prisas nunca son buenas consejeras… —murmuró para sí, algo molesto.
Rememoró en su cabeza la última conversación con Dubái.
Una charla aparentemente irrelevante, sin importancia, en la que su interlocutor había dejado las cosas muy claras.
No podía obviar su tono altanero, el de alguien acostumbrado a mandar y a que le obedezcan sin rechistar.
Y, por supuesto, la forma en que pronunciaba su nombre, como si no fuera más que una variable prescindible dentro de una ecuación mayor.
Una conversación realizada en inglés, cada uno con su diferente acento, aunque al otro lado de la línea se escaparan algunas interjecciones en árabe.
Frases sueltas cuyo significado prefería ignorar, por el bien de su trabajo.
Y de su vida, tampoco iba a pecar de inocente.
Un idioma que su patrón utilizaba para las conversaciones importantes, esas que no compartía con simples intermediarios sin escrúpulos como él.
Sabía a quién servía, aunque no siempre supiera a quién obedecía en cada momento.
Algo en lo que prefería no pensar demasiado para no agobiarse.
Oír, ver y callar, como había escuchado siempre en su casa desde pequeño.
Mejor mantener una buena relación con los que llevaban las riendas y no molestar, por lo que pudiera suceder.
Abrió una carpeta de cartoné, de las pocas que aún conservaba que no fueran digitales.
En la portada, una sola palabra escrita a mano que apuntaba a un sitio concreto: Algeciras.
Y dentro de la misma, otros detalles a tener en cuenta.
Nombres y apellidos de contactos, empresas necesarias para la logística, almacenes y locales en diferentes localizaciones.
Y, cómo no, los contactos necesarios en aduanas para moverse con mayor libertad.
No se olvidaba tampoco de esas sociedades interpuestas, fantasmas societarios que cambiaban de nombre y de ubicación como un animal escurridizo. Un grupo de camaleones empresariales, necesarios para agilizar los trámites en un mundo tan complicado como el suyo.
Lo malo era que algunos de aquellos nombres, ya fueran de contactos o empresas necesarias para su trabajo, no le resultaban del todo familiares, y eso podía ser un problema.
Aunque conociera al resto de los personajes de su propia trama financiera, debía asegurarse de no cometer ninguna equivocación que pudiera dar al traste con toda la cadena.
Se fijó entonces en un documento concreto.
En él se mencionaba un almacén franco situado a las afueras de Marbella.
No le era desconocido, ese lugar ya había sido utilizado en ocasiones por la red, pero siempre como punto de paso, nunca como destino final.
Lo que le terminó por inquietar del todo al facilitador fue descubrir el nombre del intermediario asignado esta vez para ese movimiento.
No pertenecía a su red habitual, y eso no le terminaba de convencer.
—¿Quién te ha colocado ahí? —se preguntó en voz baja.
Marcó un número y esperó unos segundos a su interlocutor. Debía aclarar con él algunos aspectos de las diferentes operaciones en marcha.
—Necesito saber quién ha autorizado este cambio —pidió con sequedad—. No, lo siento, no me importa que venga recomendado. No pertenece a nuestra red de confianza, me parece arriesgado y no lo voy a permitir.
Escuchó en silencio la respuesta al otro lado de la línea mientras tamborileaba nervioso con los dedos sobre la mesa.
Necesitaba aparentar autoridad, un rasgo que no terminaba de cuadrar en una personalidad más bien anodina.
Y eso lo podía percibir cualquiera al que se enfrentara, ya fuera en persona o por teléfono.
—No me convence, prefiero evitar problemas —le interrumpió—. Y no, eso no me tranquiliza lo más mínimo. Díselo claro a ese tipo: aquí no improvisamos. No en este momento, nos jugamos mucho, ya lo sabes.
Colgó el teléfono cabreado y se reclinó en la silla.
Llevaba años moviéndose entre organizaciones que jamás se sentaban juntas a la mesa, pero que compartían intereses, rutas y enemigos comunes.
Los ingleses de Liverpool o Londres, los árabes de diferentes países del Golfo, los rusos o los mismos italianos, ya fueran de Nápoles, Reggio Calabria o Sicilia.
Todos necesitaban puertos francos, contenedores y un sistema que favoreciera sus negocios.
Un sistema que todos pensaban que se encontraba bajo control, por lo que no podía despistarse ni un segundo.
Y ese era su verdadero problema, que el sistema comenzara a resquebrajarse. Si una pieza fallaba y hacía más ruido del necesario, el colapso total estaría más cerca de arruinar lo que tanto trabajo les había costado construir.
Sudores fríos comenzaron a perlar su frente e incluso pudo atisbar el olor del miedo que supuraba su transpiración, una sensación angustiosa que no quería volver a vivir nunca más. Y entonces todo el castillo de naipes amenazó con desmoronarse sobre él.
Pensó además en esos últimos informes no demasiado prolijos, en esos retrasos que a veces ocasionaban otro tipo de contratiempos, en los pequeños desajustes que lo complicaban todo, esos detalles que por separado no significaban nada, pero que si los juntabas todos comenzaban a dibujar un patrón incómodo.
No quería llamar la atención sobre ellos, ya había demasiados ojos mirando al sur y eso siempre traía problemas.
Necesitaban rapidez y discreción, nada más y nada menos.
Cogió el teléfono de nuevo y escribió un mensaje breve en inglés dirigido a un contacto con el que ya había trabajado más de una vez en Marbella:
—Necesito servicios en tu ciudad, ahora te enviaré los detalles. Discreción absoluta, nada de movimientos innecesarios. Y si alguien te pregunta por alguna otra ubicación, tú no sabes nada.
Le contestaron rápido con un escueto OK. Sabía que aquel tipo no le fallaría. Era el momento adecuado para enviar otro mensaje a Gibraltar, a uno de sus intermediarios de confianza en el Peñón. No le importó utilizar una clave demasiado evidente, la cuestión era no dejar pistas concretas.
—Repasad bien la lista de invitados a la boda, no quiero que se nos cuele nadie en la fiesta. Nada de nombres nuevos a estas alturas, ya está el banquete cerrado.
Guardó el teléfono en el bolsillo interior de su americana y apagó el ordenador y su monitor, antes de levantarse del modesto escritorio.
Caminó despacio hacia la ventana y contempló la panorámica desde su cubículo.
Las grúas seguían trabajando a pleno rendimiento, indiferentes a todo, sin atisbar siquiera a lo que de verdad se enfrentaba el conseguidor.
Pensó en la facilidad de esconder y transportar cualquier tipo de mercancía en esos contenedores si se tenían los contactos adecuados: drogas, armas, personas o dinero, ya fuera en formato físico o virtual.
Especialmente dinero, el motor fundamental del mundo.
Aquel triunvirato le raspaba en el paladar, no le terminaba de coger el gusto.
Sabía que Marbella seguía siendo el escaparate principal, al menos de cara a la galería.
Algeciras se había convertido en el estómago de la bestia y Gibraltar les servía para poner en marcha la maquinaria.
Tres patas de un mismo banco que podían transformarse en cuatro, teniendo en cuenta que Valencia iba camino de convertirse en una salida natural hacia Europa, aunque a sus jefes no terminara de convencerles y prefirieran Málaga a las otras ubicaciones.
El tablero de juego se modificaba a cada segundo que pasaba, las piezas bailaban sin una armonía completa y eso era peligroso en su mundo.
Y de fondo, como una sensación incómoda que titilaba en su cerebro, creyó que alguien, allá afuera, podía dar con la tecla necesaria para unir las piezas del rompecabezas y dar al traste con su modo de vida.