El monedero del diablo (Bermejo y Roncero 7) Blanqueo de capitales
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Blanqueo de capitales

Las cifras seguían ahí, delante de ella, incólumes y altaneras, desafiando su intelecto y su lógica.

Aparecían alineadas en columnas limpias, junto a nombres de sociedades interpuestas que no le decían nada a simple vista y fechas que se repetían con una regularidad inquietante.

Transferencias que, bajo el concepto de servicios de consultoría, movían sumas astronómicas con la precisión de un reloj suizo.

«¿Y si esa era la clave de todo?», pensó Miriam en esos momentos.

Cerró el portátil y miró a través del cristal del pequeño despacho que le habían prestado en la sede de la revista que le pagaba.

Un cubículo que compartía con otros periodistas y que solo había utilizado en un par de ocasiones, momentos antes o después de una reunión de seguimiento con los responsables del proyecto.

Miriam prefería trabajar desde casa y moverse sin agobios por cualquier escenario que le permitiera acelerar sus investigaciones, pero a veces se tenía que plegar a las exigencias de los que mandaban, aunque fuera compartiendo un espacio de coworking estrecho y mal acondicionado con unos becarios demasiado jóvenes, graduados recientes que ni siquiera conocían los logros de la periodista reconvertida en escritora de éxito.

Afuera, Madrid seguía su ritmo ajeno a los movimientos invisibles del dinero. Y ella andaba todavía muy lejos de encontrar la aguja en el pajar, tenía que cribar mucha más información y dar con la tecla adecuada.

Ni siquiera sabía por qué había aceptado el encargo tras regresar de un corto viaje promocional de su última novela.

Se hallaba en un impasse creativo, sin demasiado trabajo literario ni compromisos publicitarios o editoriales para las próximas semanas.

Sus últimas obras habían tenido un éxito moderado, algo menor que la vorágine en la que se vio sumergida años atrás con sus primeras novelas policiales, que se tradujeron a varios idiomas e incluso se llevaron a la pantalla en forma de una serie de tres temporadas producida por una de las grandes cadenas de streaming a nivel global.

Afortunadamente, podía vivir de lo que más le gustaba, escribir, pero también dedicaba algo de su tiempo a otros proyectos.

Había comenzado la escaleta y el esbozo de un nuevo borrador de novela cuyo título provisional sería La noche de los perdedores , una obra inspirada también de forma lejana en hechos reales, pero en los que esta vez ella no tuvo nada que ver.

Se trataba de una obra sobre los crímenes perpetrados en la costa cantábrica el verano anterior, en una operación en la que participó de forma tangencial Roncero y de forma algo más directa su amigo Bermejo.

Aunque la que sí estuvo involucrada hasta el final fue Milene Oliveira, compañera de Pablo en la UCO y amiga de la pareja desde hacía tiempo.

Miriam y Pablo se encontraban durante esas semanas en Nueva York, por lo que esta vez no se enfrentaron a peligrosos criminales sobre el terreno, sino que fue Milene quien se llevó la peor parte, algo que las dos mujeres habían comentado en profundidad a lo largo de los últimos meses.

La escritora no quiso presionar a su amiga y solo seguiría adelante con esa historia si Milene le daba su permiso.

En realidad, no lo necesitaba para escribir una novela de ficción que tuviera que ver con un caso real, pero prefería estar a buenas con la joven guardia civil, algo fundamental para conocer los detalles y los entresijos de una investigación de la que Pablo solo le había contado algunas cosas.

Y con lo aparecido en prensa no le servía, Miriam iba siempre al fondo del asunto en sus obras y esta vez no iba a ser la excepción.

Oliveira se había recuperado bien de aquel caso en las semanas posteriores, continuando con su labor como parte fundamental del equipo de trabajo de Pablo.

Intuía que Milene participaría también en la misión que les acababan de encomendar en Málaga a los miembros de la UCO, por lo que Miriam prefirió centrarse en su propio proyecto de investigación.

Sonrió al recordar algunas conversaciones de tono más privado con Milene.

La chica había tenido sus escarceos amorosos con otro de los implicados en aquella complicada investigación veraniega, a caballo entre Cantabria y Bilbao.

Su affaire con Koldo Galarza, subinspector de la Ertzaintza con el que había formado equipo policial, parecía haberse quedado en eso, en un aparente amor de verano.

Según le confesó Milene, ambos habían preferido darse un tiempo, valorar sus carreras profesionales y su situación personal antes de dar ningún paso en falso.

Así que cada uno seguía en su lugar, una en Madrid y otro en Bilbao, por lo que la relación parecía haberse enfriado bastante en esos últimos meses, enfilando ya la recta final del año.

Por todo eso, Miriam no desechó el encargo de la revista en primera instancia.

Se encontraba bastante ociosa en esas semanas y además, el contacto se lo había pasado su antiguo jefe y amigo, el editor Jaime Pinilla, al que le debía más de un favor.

Así que pensó que no le vendría mal ocupar su tiempo con algo diferente, aunque no sabía las dificultades del empeño.

En aquellos primeros días pensó que sería uno de esos trabajos alimenticios que se hacen sin pasión verdadera, solo influenciada por el buen dinero que podría ganar en una época de relativo barbecho.

Quería preparar un reportaje largo, bien documentado, sobre estructuras financieras opacas en el sur de España, con especial atención a las conexiones con Gibraltar y su entorno.

Nada especialmente atractivo para el gran público a simple vista, un texto de fondo, de esos que se leen con interés pero sin urgencia al echar un vistazo a la revista.

Así se lo había planteado el editor jefe que la contrató: «Algo serio, Miriam.

Con pruebas documentales y sin fuegos de artificio».

Un ensamblaje aparentemente insulso cuya impresión pareció confirmarse durante los primeros escarceos.

Una amalgama aburrida de sociedades instrumentales registradas en cascada, fundaciones privadas sin actividad aparente y entramados jurídicos diseñados para no levantar sospechas, nada demasiado excitante ni llamativo.

Justo lo que pensaba encontrar en un principio, esos movimientos que operan en el borde de la legalidad sin llegar a traspasarla del todo.

Una compleja red manejada por abogados expertos, asesores fiscales de prestigio o despachos que aparecían una y otra vez en distintos documentos.

El tipo de gente discreta que sabía exactamente dónde colocar cada pieza para que el entramado no llamara la atención.

Sin embargo, a medida que fue avanzando en sus pesquisas, Miriam empezó a notar una incomodidad difícil de explicar al profano en la materia.

No se trataba de una prueba concreta o una cifra fuera de lugar.

No había hallado ningún dato revelador por encima de los demás, pero sí se topó con una sensación de patrón demasiado atrayente.

El dinero parecía fluir siempre de un modo similar.

Entraba desde los mismos puntos de origen, se movía con una discreción absoluta por diferentes estaciones intermedias de paso y salía del diagrama de flujo con una elegancia excesiva, casi insultante, sin apenas dejar rastro.

Aparentemente, el capital circulante, o la mayor parte de él, provenía en su casi totalidad de Oriente Medio.

Más concretamente de los Emiratos Árabes Unidos, con Dubái como eje transversal de los movimientos.

Un capital que en origen parecía legítimo, pero que al entrar en el laberinto de empresas pantalla en Estonia y paraísos fiscales, perdía su rastro por completo.

Un dinero limpio que aterrizaba después en el sur de España para transformarse en supuestas inversiones inmobiliarias legales, participaciones en puertos deportivos, sociedades vinculadas al ocio de lujo o en servicios logísticos. Todo demasiado pulcro para ser cierto.

Nada ilegal sobre el papel, o eso le pareció en un principio.

Nada sospechoso o denunciable por ahora, ninguna traza criminal que llamara la atención de las autoridades.

Pero las coincidencias empezaban a acumularse y eso le había puesto sobre aviso.

Allí había algo oculto que debía investigar más a fondo.

Miriam volvió a abrir el portátil y repasó sus notas, fijándose en tres localizaciones demasiado recurrentes y próximas entre sí: Gibraltar, Sotogrande y Algeciras.

Tres nombres subrayados en rojo desde hacía días en su cuaderno de trabajo.

Tres lugares que no solo compartían proximidad geográfica en cualquier mapa, sino una posición estratégica clave con respecto al poder entre las sombras, siempre relacionado con esas fronteras invisibles en las que el dinero y las mercancías se mueven por el mundo a través de los puertos marítimos de carga.

El triángulo de las Bermudas se repetía en operaciones distintas, con actores que cambiaban en ocasiones pero con una arquitectura sorprendentemente similar que llamó poderosamente su atención.

A Miriam no terminaba de encajarle aquel entramado aparentemente opaco.

No creía que se trataran de simples estrategias de evasión fiscal, parecía demasiado evidente.

No, toda aquella estructura le resultó mucho más compacta, más grande y organizada.

Algo diferente que luchaba por pasar desapercibido a ojos ajenos al negocio, un complejo proyecto empresarial con la discreción por bandera.