De nuevo en la carretera #2
Al parecer, según leyó Oliveira en el informe recibido, la víctima había sido ejecutada de un modo muy profesional, con un ataque con arma blanca dirigido a un punto muy concreto: la arteria subclavia.
Un lugar que no produce un chorro espectacular de sangre como la carótida externa, que puede escupirla a borbotones.
—Según el informe, la víctima queda casi inmediatamente incapacitada: mareo súbito, pérdida rápida de presión y colapso en menos de un minuto —informó Oliveira—.
El sangrado es interno en su mayor parte, y el externo puede ser también abundante, pero no explosivo; su propia ropa podría haberla absorbido.
Un golpe certero y silencioso que evita las salpicaduras.
—Tienes razón, parece una ejecución profesional.
Habrá que dilucidar si el crimen lo cometió un sicario o hubo más personas implicadas.
Pero el caso tiene otras aristas que no debemos olvidar —respondió Roncero mientras miraba por la ventanilla sin fijarse en nada concreto—.
La desaparición del secretario judicial es otra pieza clave en este puzle y debemos averiguar lo ocurrido.
—Por lo visto, se largó a media mañana de su puesto de trabajo y no se le ha vuelto a ver.
Alguien del juzgado dio la voz de alarma y la policía local se presentó allí para ver qué sucedía.
Ya han tenido sus más y sus menos con la Guardia Civil de Marbella, que piensa, y creo que con razón, que dicha desaparición tiene que ver con el asesinato del juez.
Roncero se quedó pensando en el último comentario de Milene.
Ignoraban si realmente el secretario, un tal Diego Alarcón, tenía que ver con los movimientos sospechosos que se habían producido en torno a las criptomonedas o había huido por miedo, al saber que habían asesinado al juez instructor del caso.
O incluso algo que no podían descartar a esas horas: que en realidad hubiera sido secuestrado o algo peor por alguna banda criminal de las que operaban en la zona.
El oficial de la UCO compartió sus dudas con el resto del equipo, quería conocer su opinión al respecto.
—¿Y si Alarcón es solo un peón en esta partida? —preguntó entonces Andrade, que no perdía ojo de la carretera mientras escuchaba la conversación.
—Es una posibilidad —admitió Roncero—. El secretario es de las pocas personas que ha tenido acceso al sobre con la frase semilla del monedero digital durante su custodia judicial. Se cargan al juez instructor en su casa y luego, este tipo desaparece misteriosamente. Están demasiado conectados.
—Por eso lo digo, mi capitán —añadió Andrade, ganando confianza—.
Los de Ciberdelincuencia admiten que han encontrado movimientos extraños en torno al dinero incautado, trazas de acceso que no deberían estar ahí, pero las criptomonedas continúan en su sitio.
¿Y si el secretario estaba haciendo pruebas para robarlo y le han pillado o se ha asustado ante las posibles implicaciones?
Roncero asintió, sopesando el argumento.
—No sabemos si actuaba por su cuenta y riesgo, o encargado por terceras personas, ya fuera como un trabajo bien remunerado o de otra manera.
—O tal vez se vio obligado a obedecer —apuntó Andrade—.
Quizá le extorsionaban o algo así desde alguna banda mafiosa importante.
Podría estar simplemente bajo presión y ha escapado al pensar que se encontraba en peligro si los malos no quieren dejar cabos sueltos al recuperar sus fondos en criptomonedas.
Si es que en realidad pensaba desviar ese dinero, algo que no está muy claro.
—¿Y si fue una especie de volteo de claves? —preguntó Oliveira—. Ya sabéis, como lo que hacen los narcos con los envíos de droga, que se lo roban a otras bandas.
—A estas alturas, todo son elucubraciones, chicos —respondió Roncero—.
De momento, solo sabemos que la Guardia Civil de Marbella también anda tras su pista.
Ignoramos si pudiera tener información sobre las criptomonedas y no sabemos si está bajo presión o en peligro. Habrá que tenerlo todo en cuenta.
Andrade, al volante, ajustó la velocidad y asintió sin añadir palabra.
El silencio dentro del coche no era incómodo; al contrario, les permitía procesar los datos y anticipar escenarios.
Cada kilómetro que los acercaba a Marbella aumentaba la tensión, y Roncero sentía cómo se activaban sus reflejos, acostumbrados a leer signos y predecir movimientos en situaciones críticas.
A cada curva de la autopista, Roncero repasaba las posibles alternativas: un equipo local ya había procesado el escenario criminal, tomado declaraciones y asegurado la zona; las diligencias estaban completas, pero eso no eliminaba la posibilidad de un descuido, de una prueba que se hubiera pasado por alto.
Cada segundo contaba, y la prudencia dictaba no precipitarse, pero la urgencia exigía presencia inmediata en el cuartel de Marbella para coordinar los pasos siguientes.
—Llegaremos al cuartel, revisaremos el estado de la investigación y hablaremos con la patrulla que estuvo en la casa del juez —anunció Roncero con tono firme—. Desde allí, decidiremos cómo actuar. No podemos perder tiempo ni dejar que la información se disperse.
El aire frío de la mañana entraba por las ventanillas mientras avanzaban hacia la Costa del Sol.
La ciudad aún dormía, ajena al caos que ya se había desencadenado en su entorno, pero Roncero sabía que cada mirada, cada gesto en el juzgado, cada mensaje o aviso, podía cambiar el curso de los acontecimientos.
Antúnez había dejado claro que ellos eran los ojos y las manos en el terreno.
Debían actuar con eficacia y discreción, porque cualquier error podría ser irreversible.
Oliveira rompió el silencio:
—¿Crees que alguien más podría estar tras el secretario? —Su voz reflejaba la misma preocupación que Roncero sentía en lo más profundo—. No hablamos de delincuentes comunes, esto es otra cosa, alguien que conoce las normas, los tiempos, y quizá esté observando cada movimiento desde hace semanas.
—Puede ser —reconoció Roncero—. Y es precisamente eso lo que nos obliga a actuar con cabeza fría. No podemos subestimar a nadie, ni siquiera al más discreto de los implicados. Y no olvidemos que, con todo lo que hay en juego, con cada paso que demos se podría alterar el tablero.
Mientras la autopista se abría frente a ellos, con el sol apenas despuntando en el horizonte, Roncero repasaba mentalmente las rutas de aproximación, los posibles puntos de control, la manera de interrogar a la patrulla sin alterar la cadena de custodia y la necesidad de mantener informada a la UCO en Madrid sin filtrar más de lo estrictamente necesario.
Cada decisión debía calibrarse con precisión quirúrgica.
—Cuando lleguemos, primero hablaremos con el oficial al mando de Marbella —añadió Roncero—.
Necesitamos confirmar qué diligencias se han completado, qué pruebas se han recogido, y evaluar si la desaparición del secretario tiene algún vínculo con la muerte del juez o con los criptoactivos.
Después planificaremos el siguiente movimiento.
Y recordad: discreción y rapidez. Cualquier filtración puede costarnos muy cara.