El monedero del diablo (Bermejo y Roncero 7) De nuevo en la carretera
9%

De nuevo en la carretera

El asunto parecía de enjundia, nada menos que el asesinato de un conocido juez de instrucción en su domicilio malagueño.

Un caso que podía enquistarse desde un principio, sobre todo tras conocer Roncero de boca de su superior todo lo relacionado con el crimen, en una investigación que podría poner patas arriba toda la Costa del Sol, o al menos la comarca de Marbella y aledaños.

—No quiero que se nos vaya de madre, Pablo, ya sabes…

—le pidió Antúnez con tono serio—. Asaltaron al juez en su propio chalet y una patrulla de la zona se lo encontró muerto de madrugada.

Tendrás que hablar con los responsables del cuartel de Marbella, ellos llevaban el caso en primera instancia, pero ya les he confirmado que os haréis cargo vosotros a partir de este momento.

—De acuerdo, no hay problema. Un juez puede tener muchos enemigos a lo largo de su vida profesional, pero esto lo ha hecho alguien con poder y con medios, parece obra de un profesional por lo poco que me ha contado.

Habrá que descartar otras hipótesis, pero lo del expediente judicial abierto en presencia del cadáver, relacionado con la incautación de activos digitales, parece ser una buena pista para comenzar a trabajar.

—No te precipites, muchacho. Lo del juez Valcárcel es algo muy grave, no lo voy a negar, pero no iba a resultar todo tan fácil, este asunto tiene muchas más aristas.

Tengo al delegado del gobierno en la chepa, y ya le he asegurado que enviaré a mis mejores hombres a investigar, que la UCO resolverá el problema.

Tendréis que hablar también con la Brigada de Ciberdelincuencia de Málaga; ellos pusieron en marcha hace varios meses la operación Crypto, la misma que ha terminado por meter en prisión a un estafador holandés y no sé cuántos millones en criptomonedas incautados y puestos a disposición judicial. Pero eso no es todo…

—No se preocupe, mi coronel. Ahora mismo aviso a Andrade y Oliveira y nos ponemos en marcha mañana a primera hora.

Que nos envíen toda la documentación relacionada con el caso y así nos vamos empapando del expediente de camino a Málaga.

Iremos en coche, imagino que tendremos que movernos por la comarca y prefiero disponer de nuestro propio vehículo para andar con libertad por la Costa del Sol.

—Perfecto, así se hará. Te comentaba que hay más problemas en el tintero.

Al parecer, ayer por la tarde desapareció también el secretario judicial encargado del caso.

Bueno, tú ya me entiendes, el letrado de la Administración de Justicia, que no me termino de acostumbrar a llamarlos LAJ, yo soy de la vieja escuela —puntualizó Antúnez—.

Algo huele muy mal en Marbella, y creo que los compañeros del puesto se las están teniendo tiesas con la comisaría de la Policía Nacional para hacerse cargo de la investigación.

Antúnez le trasladó al capitán de la UCO la escasa información de la que disponía hasta el momento sobre dicho asunto.

Roncero vio complicaciones en el horizonte, sobre todo al imaginar que alguna potente organización criminal instalada en la zona era la causante de todos los problemas.

Algo que en otro lugar resultaría problemático, pero que en un ecosistema como el de Marbella, donde en una pequeña porción de terreno convivían más de cien bandas criminales internacionales, podría convertirse en algo imposible de manejar.

Por no hablar de sus propias cuitas a la hora de afrontar las pesquisas, con numerosos organismos oficiales implicados.

Un galimatías político, policial y judicial que habría que ir vadeando con paciencia.

—Ah, una cosa que se me olvidaba —continuó el coronel—. Tenemos a otro amigo que se apunta a la fiesta, os conocéis sobradamente…

—No me dirá que el inspector anda también en el ajo, ¿verdad?

—El mismo que viste y calza, Roncero. El bueno de Francisco Bermejo estará también por allí tocando las narices.

Mardones ha tenido a bien avisarme, por lo que pueda pasar.

Y yo no quiero problemas, ya sabes que lo que dice el secretario de Estado va a misa, así que el expolicía se convertirá en sus ojos y oídos sobre el terreno.

—No creo que tengamos ningún problema con Bermejo, aunque ya no ejerza labores de inspector. Me llevo bien con él, así que intentaremos que todo fluya con normalidad.

—De momento, creo que el asesor ministerial anda por Málaga capital, trabajando con la brigada de ciberdelincuencia, pero seguro que mete sus narices en lo de Marbella.

Al fin y al cabo, parece que está relacionado, así que tendremos que llevarnos bien.

Además, me ha dicho Mardones que tu amigo no piensa quedarse esta vez al margen, como en el caso de este verano en la costa cantábrica, que quiere mancharse las manos de barro, para que nos vayamos entendiendo.

—No hay problema, mi coronel. Siempre hemos formado buen equipo, en todos los casos en los que hemos trabajado juntos, aunque hayamos sufrido penalidades de todo tipo.

Entiendo que Bermejo echa de menos el trabajo policial y no está tan cómodo en su nuevo papel de asesor ministerial, pero mantendremos las formas y se seguirá todo el procedimiento legal. No se preocupe, todo irá bien.

Roncero sabía perfectamente a lo que se refería su superior.

Aunque él no hubiera participado de manera directa en el operativo que mencionaba Antúnez al encontrarse en Nueva York, Oliveira le había tenido puntualmente informado del caso, en el que el oficial de la UCO colaboró en la medida de sus posibilidades.

Así que era plenamente consciente del papel de Bermejo en la trama, por lo que tendría que andarse con ojo si es que el enviado de Mardones pretendía sobrepasarse con sus funciones sobre el terreno.

Tras colgar, Roncero sintió la presión de una misión complicada: un juez de instrucción asesinado en Mijas, un secretario judicial desaparecido en San Pedro de Alcántara, y en medio de todo, una enorme incautación de criptomonedas que podía poner patas arriba toda la investigación.

En un hábitat tan particular como el de Marbella, donde las apariencias lo eran todo y los diferentes clanes mafiosos luchaban por su cuota de poder mientras intentaban mantener la discreción, aquello suponía un auténtico golpe sobre la mesa.

Antes de preparar su maleta, Roncero avisó a los miembros de su equipo de las novedades.

Llevaba ya tiempo trabajando con Oliveira y Andrade, dos compañeros totalmente diferentes cuyas cualidades le ayudaban a conformar un trío bien avenido que había resuelto casos importantes desde que Antúnez los puso a trabajar juntos.

Y sabía que no le iban a fallar y se pondrían en marcha enseguida, aunque fuera fin de semana.

A la mañana siguiente, en el típico día de finales de otoño en Madrid, con el cielo raso y un frío que pelaba, Roncero madrugó para dejarlo todo listo antes de partir.

Ni siquiera pudo despedirse en persona de su pareja, Miriam Monfort, que la noche anterior había tenido un compromiso hasta tarde, por lo que prefirió no despertarla a esas horas intempestivas.

Así que se tuvo que conformar con una breve llamada la noche anterior antes de irse a dormir y un escueto mensaje a primera hora avisándole de su inminente marcha, algo a lo que ambos se habían acostumbrado a lo largo de los años.

Todo por una misión que esperaba que no se dilatara demasiado en el tiempo, aunque eso no podría asegurarlo de antemano.

Había quedado con su equipo en la sede de la Dirección General y de ese modo recoger el coche que había solicitado a la UCO para la misión.

Había pedido un vehículo discreto, sin distintivos, que les permitiera moverse por la Costa del Sol sin llamar la atención.

Tuvieron suerte, porque en esos momentos en el parque móvil de la Guardia Civil contaban con varios modelos potentes que podrían servirles, pero al final escogieron un Toyota Land Cruiser de color gris con el que Andrade parecía encantado.

Roncero le hizo un gesto a Andrade señalando el asiento del piloto y el oficial gallego asintió con la cabeza.

Dejaría que él condujera hasta Málaga, de esa forma podría centrarse en los aspectos más fundamentales de un caso que les iba a tener muy ocupados en las próximas fechas.

Un vehículo preparado que, aunque por fuera pareciera un coche normal, por dentro llevaba instalado el sistema de radio SIRDEE oculto en el salpicadero y el equipo de luces prioritarias V-1, los famosos led azules policiales, escondidos tras la calandra delantera y en el retrovisor interior, invisibles hasta que los encendieran.

El típico equipamiento de un vehículo policial camuflado, en su versión más moderna y actualizada.

—En marcha, chicos —ordenó Roncero con optimismo—. Tenemos un largo viaje por delante, así que tendremos tiempo de ponernos al día. ¿Has hablado con los compañeros, Oliveira?

El capitán le había dado indicaciones a su subordinada la noche anterior para que se pusiera en contacto con los miembros de la policía judicial que estuvieran al cargo del asesinato del juez.

Imaginaba que Antúnez habría movido sus hilos y no pensaba cargarle ese marrón a Oliveira, ya se encargaría él de hacer valer sus derechos una vez llegaran a su destino, pero esperaba que la joven hubiera adelantado algo de trabajo.

—Sí, y han sido muy diligentes. Ya me han enviado el expediente para que podamos echarle un vistazo mientras llegamos.

Por lo que sabemos, la patrulla inicial que llegó a casa del juez y se encontró con el percal, completó las diligencias previas —comentó Oliveira mientras tomaban la autopista—.

Se encontraron con una ejecución limpia y un escenario parcialmente revuelto, con algunos detalles que habrá que investigar a fondo.