El monedero del diablo (Bermejo y Roncero 7) Un momento de zozobra #3
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Un momento de zozobra #3

Se dirigió entonces a su dormitorio, dispuesto a preparar a la carrera el único equipaje que podría llevar consigo.

Buscó una mochila que le sirviera, grande y con varios compartimentos, para guardar lo imprescindible en su interior: algo de ropa, con prendas de abrigo por si acaso, y dinero en efectivo.

No sé olvidó de su portátil, por si tenía que efectuar alguna operación a través de la VPN que se había instalado.

Sabía que eso no detendría a la policía o a cualquier organización poderosa que le persiguiera, pero no iba a ponérselo tan fácil.

Y por último, rescató del fondo de un cajón un pequeño paquete envuelto en papel de seda que guardó con un cuidado casi reverencial entre sus camisetas.

Era su último recurso, el puente hacia una salida que todavía no estaba seguro de querer cruzar.

Cogió el teléfono por inercia, aunque sabía que lo podrían localizar a través de él.

Lo apagó, lo envolvió a continuación en papel de aluminio para bloquear cualquier señal y lo dejó guardado en el fondo del cajón de la mesilla.

Ya había preparado con anterioridad, por si le venían mal dadas, un plan de contingencia que incluía varios móviles de prepago y una colección de tarjetas SIM para moverse sin problemas, además de otro dispositivo adicional por si necesitaba hacer algún tipo de operación más compleja.

De todos modos, la información más importante la tenía duplicada en su disco duro y el acceso a algunas aplicaciones del teléfono también podía conectarse desde el ordenador con su versión de escritorio, por lo que prefirió olvidarse de su móvil habitual.

No tenía tiempo de escribir una nota de disculpa ni nada parecido, sentía el aliento de una manada de lobos en el cogote y sus piernas no le daban para huir a mayor velocidad.

La mala suerte quiso que se cruzara con su mujer en el pasillo, que salía del baño con el pelo recogido y la mirada entre curiosa y cansada.

—¿Qué haces aquí a estas horas? —preguntó Ángela de una forma desapasionada que contrastaba con el caos interno que gobernaba el organismo de su marido en esos momentos.

—Nada, se me había olvidado recoger unas cosas. Tengo que regresar al juzgado, ya sabes, me están esperando para unas diligencias urgentes —murmuró, evitando que el miedo se filtrara en su voz.

Ni siquiera fue capaz de mirarla a los ojos, porque Ángela sabría enseguida que le mentía.

Mucho mejor escapar de allí, dejarlo todo atrás y evitar que ella se viera involucrada.

Sabía que una organización criminal no se andaría con tonterías a la hora de tratar a un familiar directo de alguien que les interesaba, pero en ese momento no podía pensar en ello.

No se consideraba mala persona, pero prefería ponerse primero a salvo él.

Y en cuanto lo consiguiera, le mandaría de alguna manera un mensaje a Ángela para que desapareciera también una temporada de la circulación.

Entonces, él también se dio cuenta de la situación y contratacó:

—¿Y tú qué haces todavía en casa? ¿No tenías que estar en el curso ese del paro?

Su mujer se encontraba en esos momentos sin trabajo y se había apuntado a un curso para reciclarse y buscar otras alternativas de empleo. En Andalucía era complicado encontrar ocupación en determinados sectores, por lo que otras salidas podrían ayudarle en el futuro.

—No me encontraba demasiado bien esta mañana al levantarme, creo que estoy incubando algún virus. Pero vamos, que estoy bien, no te preocupes. No quisiera yo inmiscuirme en esas diligencias tan importantes, señor secretario judicial…

Su mujer lo hacía por tocarle las narices, le decía que se le había subido a la cabeza lo de ser el letrado de la Administración de Justicia encargado del Juzgado de Instrucción n.º 3 de Marbella.

Lo que toda la vida se había llamado secretario judicial y se seguía haciendo, aunque la denominación hubiese cambiado tras la publicación de la nueva ley de enjuiciamiento criminal.

—Muy bien, luego nos vemos… No me esperes para comer, tengo mucho lío.

Mintió a sabiendas de que no pensaba regresar y se marchó sin mirarla a la cara.

Su mujer no quiso darse por enterada, sabía que Diego ocultaba algo.

Tal vez le iría mejor sin él en su vida, eso no lo sabía, pero ella saldría adelante, de eso no le quedaba la menor duda.

Y a lo mejor se quitaba un peso de encima, ya que su matrimonio hacía aguas desde hacía varios años.

Su coche, un Ford Focus demasiado baqueteado, le esperaba en la calle, aparcado a escasos metros.

Condujo sin rumbo fijo, sin acercarse a las calles conocidas, buscando la manera de escapar.

Miraba continuamente por el retrovisor, temeroso de descubrir que le perseguían, una situación incómoda que le estaba provocando retortijones dolorosos en el estómago.

Así que decidió salir del pueblo y desviarse por carreteras secundarias en busca de un destino incierto.

Deambuló con su vehículo durante horas, buscando esa meta que cada vez veía más lejana, brujuleando en torno a la geografía de la provincia malagueña.

Cruzó varios pueblos dormidos, enfiló de nuevo la costa tras alejarse varios kilómetros hacia el este y entonces lo vio claro: se dirigiría hacia Nerja.

Cada kilómetro recorrido le parecía una eternidad; cada sombra a la vera del camino le resultaba una amenaza potencial.

Se preguntó qué haría si alguien apareciera de repente, si le tendieran una emboscada en el camino.

Alarcón conocía sus limitaciones, no era precisamente un hombre de acción.

Y aquella situación le sobrepasaba, no había medido bien las consecuencias desde un principio.

El miedo crecía, se enroscaba en su pecho y le cortaba la respiración.

Y entonces fue verdaderamente consciente de la terrible equivocación que había cometido.

Al llegar a Nerja estacionó en un pequeño aparcamiento cerca del mar, lejos de la carretera principal.

El sonido de las olas le pareció un bálsamo que, aunque mínimo, le permitió respirar un poco más profundo durante un instante que supo que no se repetiría con facilidad en el futuro.

Miró el horizonte, la bruma marina cubriendo la línea del mar, y comprendió que aquello no tenía retorno.

Que la vida que conocía, la rutina del juzgado, su casa, su mujer y todo lo demás, había pasado a mejor vida.

Solo le quedaba afrontar lo que llegara, por lo que tendría que estar preparado para lo peor y pensar en la manera de salir vivo de semejante trance.

Y mientras la tarde caía con lentitud sobre el Mediterráneo, Diego se abrazó a una certeza dolorosa: la huida no sería solo física, sino también mental y moral.

Cada decisión tomada lo había arrastrado más lejos de su vida anterior y nunca regresaría a ese pasado insípido.

El miedo sería su compañero constante a partir de ese momento, el café amargo de la mañana su única referencia tangible, y el dichoso monedero del diablo, ahora más que nunca, su maldición sobre la tierra.

Pero una esperanza se abría ante él, llamándole con voz lastimera, algo a lo que agarrarse en esas horas de zozobra que le martirizarían durante una buena temporada.